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A la luz Memoria del viento
Manuel Calero reedita libro publicado en 1999
Luis A. Ramírez Carrillo

El cuento es un género que escapa siempre a una buena definición. Cuando pienso en un buen cuento siempre se me aparece la frase un artista del hambre. Y es que el buen texto es como ese cuento de Kafka. Un proceso constante de desprendimiento, de reducción, de adelgazar la carga de las palabras y reducirlas a su mínima expresión, a su carga semántica más elemental, a la expresión básica. El buen texto, es el que no nos permite detenernos en él, sino que nos obliga a llegar hasta el final, es el que se entrega para que la historia se haga realidad en el lector.

Como lector uno avanza por el texto de Calero conforme al ritmo y por los caminos que ha decidido el cuentista. Hay un esfuerzo necesario y medido en la lectura, y el éxito de estos cuentos es que el esfuerzo nunca es ni más ni menos que el necesario, el que requiere la anécdota.

Su extensión no es breve ni larga, es precisa. Da el ritmo y el tiempo que la historia necesita. En el fondo estos cuentos son imágenes, son recuerdos, son resultado de miradas, perfumes, emociones singulares a las que Calero busca dar una explicación.
Estos cuentos están movidos sobre todo por el miedo. Miedo a perder la infancia, el pasado, los amigos. Son también el resultado de una búsqueda. La respuesta que nos da Calero sobre el sentido mismo de su vida.

Sin estos cuentos el autor no existiría, pero tampoco el hombre. En la literatura, en la búsqueda de la palabra más que en su hallazgo el autor se construye a sí mismo, como hombre. Se dota como si fuera un pequeño Dios, de un sentido, de otra existencia, diferente y mejor que la conocida antes de que existiera el texto. Buscando un pasado que probablemente nunca existió, Calero produce personajes, ambientes y diálogos con los que va creando la pequeña saga de un mundo íntimo. Un mundo mejor, más vivo, más maduro y más real que la vida externa a las palabras.

En estos cuentos Calero descubre el verdadero poder literario de la nostalgia que es el poder de la recreación, el poder de la explicación, el poder de alimentar las palabras y crear un ambiente en el que la vida del autor y de nosotros, sus lectores, quisiéramos vivir al menos por unos segundos. Escribir un buen texto es una hazaña. Hace mejor al autor y al lector. Y cuando los textos son cuentos como los de este libro uno los cierra con  sensación de que Calero ha identificado las vetas amargas e irónicas de nuestro pasado y presente.

Hay una complicidad con el autor. El lector siente que “ya ha estado allí”, en el lugar donde sus cuentos nos llevan. Que uno ha tenido también esos pensamientos perversos y esas debilidades que acosan a sus personajes, que Calero ha identificado parte de nuestra infancia, de nuestro pasado y que comprende la manera en que vemos y -a veces- nos sonreímos de nuestros conocidos y de la gente a la que sólo vemos pasar.

No hay gente buena, ni mala, decía Wilde, sólo gente aburrida o divertida. Los cuentos son como la gente, en el sentido de que no hay cuentos malos ni buenos, pues la literatura, -y en especial el cuento por la tensión que implica el relato para existir como texto literario- tiene que ser buena. El texto malo son sólo palabras malogradas, no es literatura. Pero lo que sí es cierto es que además los cuentos siguen pareciéndose a la gente, en el sentido de que aun logrados pueden ser aburridos o divertidos.

Hay que proclamar que uno sólo debe leer textos divertidos, textos como los que nos ofrece Calero en estas páginas. No encontramos en ellos una literatura regional ni de autor. Se trata con sencillez de una buena, divertida y evocadora escritura.

Como aprendiz de lector que sigo siendo, siempre pensé que lo más difícil del cuento es el final. En él queda condensada la imagen que se quiere dar, la anécdota y sobre todo la ironía que debe acompañar un buen relato. Los finales de Calero son secos, tajantes, como portazos en la cara. Le dan el tono y el ritmo a la historia.

Pero si uno lo piensa mejor, lo más difícil del cuento no es el final sino el principio. Un cuento se define en sus primeras líneas. Algunos -caso extremo- en su primera frase. Esa primera frase que condensa el ambiente, el ritmo y el humor que tendrá el relato. Es el principal reto para un cuentista.

Calero asume el reto y en estos cuentos nos ofrece varias aperturas al texto que son logrados y divertidos ejercicios de estilo. Estos cuentos, en fin, no son tanto un reto para el lector, sino un acto de generosidad, una invitación a divertirse con humor y tristeza desinhibida. Las palabras de estos cuentos nos evocan la sensación de estar escuchando a un grupo de amigos con tragos en la mano. Sugerimos que así se lean.