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Breve repaso sobre la vida del poeta Alain Derbez
Presentará en Mérida y el Caribe su libro más reciente
Ángel Miquel
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Mérida, 8 de junio. El libro El jazz según don Juan y otras silbables ráfagas (lo que quiere decir: otros poemas) de Alain Derbez se presentará el próximo miércoles 14 de junio en unas letras industria cultural con Alain Derbez al sax y Emiliano Marentes en la guitarra. Éste es el punto de partida para un tour por el Caribe (ver invitación adjunta), animado –a la distancia– por las palabras de Ángel Miguel:

Alain y yo somos amigos hace poco más de 30 años, y de esos amigos encimosos que necesitan estar en contacto todo el tiempo. Como tenemos relaciones más bien raras con los teléfonos (por ejemplo, aún no nos animamos a usar celulares), mantenemos nuestra comunicación viva en buena medida por escrito. Hace años, cuando los dos vivíamos en el Distrito Federal, nos mandábamos cartas cuando viajábamos; ahora que vivimos en ciudades de rumbos muy distintos, nos enviamos correos, casi todos los días, en los que ponemos una o dos palabras clave que nos alegran la mañana y nos abren un universo de vivencias y recuerdos compartidos. Todavía no hemos incursionado en el chat, pero, a diferencia de los celulares, no dudo que integremos pronto ese adelanto tecnológico a nuestra correspondencia, seguramente inducidos, y adiestrados, por Eréndira y Jonás, los hijos de Alain. Hace un par de años, usando también el correo electrónico, escribimos una novela juntos, un poco a la manera de los autores de Fantomas, llamados Marcel Allain y Pierre Souvestre, en la que le planteábamos al otro problemas narrativos, o más bien problemas vitales, que le pasaban a los personajes que de manera no muy disfrazada éramos nosotros mismos, y que el otro tenía que resolver de alguna forma, al mismo tiempo que preparaba el siguiente conjunto de situaciones para que lo resolviera el que estaba del otro lado de la línea, en la otra computadora. Quedó una novela intensa, pero también extraña, que nadie ha querido publicar, y que tuvo la virtud de haber sido una especie de terapia entre nosotros en la que exploramos detenidamente zonas de nuestra subjetividad difíciles de reconocer en la comunicación cotidiana. Si tienen amigos o parejas a los que les interese conocer mejor, o con quienes quieran aclarar cosas una manera divertida, les recomiendo que escriban una novela por e-mail.

Pero aquí no quiero sólo presumir y enorgullecerme de mi amistad con Alain, que muchos de ustedes también comparten. Lo que quiero además es aprovechar haber sido durante tanto tiempo algo así como un testigo de su vida para mostrarles en este libro que hoy se presenta alguna de las tramas biográficas subyacentes, alguna de las condensaciones de acontecimientos recogidas en el mundo interior de Alain que se tradujeron, a través del misterio de la creación poética, en los ritmos y las hermosas e inusuales combinaciones de palabras de este libro.

El jazz según don Juan, ¿de dónde sale? Para la gente de nuestra edad, el jazz es una excentricidad. Según mi experiencia no era algo que le brotara de manera natural al mexicano. Para estar en ese mundo, había que ser de alguna forma distinto. Alain, quién lo duda, siempre fue diferente: y yo diría, incluso: lo diferente. Lo sigue siendo y en sus muchos campos de actividad, la música, la literatura, la historia, la radio, el periodismo, navega a su aire. Su credo anarquista lo acerca peligrosamente a ser, en todo, una minoría de uno. No pertenece a ninguna capilla reconocida, ni a una corriente principal de la cultura mexicana. Pero metido ahí, como desbalagado, tiene la fuerza necesaria para ir labrando, como en una montaña rocosa, su propio main stream. Es cierto que al mismo tiempo Alain tiene una veta más acorde con la normalidad –y que lo hace, por ejemplo, ser un buen esposo y padre de familia, un fanático del Atlante, un gran conocedor del cine mexicano de la época de oro, un crítico de los malos políticos, y un escritor muy apreciable de canciones populares–, pero incluso esa veta es, para mí, la concesión que su excentricidad se vé obligada a hacerle a la sociedad en la que vive.

Por esto muy pronto el jazz encontró en Alain un prosélito perfecto. En nuestra adolescencia estuvimos un tiempo juntos en París. Teníamos el pelo largo, una que otra ilusión y muy poco dinero. En un restaurante dilapidamos nuestros últimos ahorros. El piano del lugar estaba libre. Alain se levantó de la mesa y se puso a tocar un blues. Fue todo un éxito, y con lo obtenido nos pudimos comprar otra botella de vino. Desde entonces, por lo menos, me consta que hace jazz para un público. Luego estudió con maestros como Henry West, quien le enseñó los misterios del dominio del escenario y de la respiración circular. (Si ustedes no saben lo que esto significa, escuchen estos versos de Alain: “West da una nota larga y la hace respirar / hasta que da la vuelta. / En la borrasca las ballenas realizan un acto parecido.” La respiración circular es entonces una nota que respira y da la vuelta, como las ballenas.) Después de que Henry West le otorgara el derecho de usar el saxofón, como si hubiera sido ungido caballero en una ceremonia medieval, Alain ha ido creciendo en la música al lado de compañeros como Emiliano Marentes, Juan Cristóbal Pérez Grobet, Jazzamoart, Iraida Noriega y muchos otros. Continuamente se presenta con sus grupos en distintos lugares del país y también en festivales en el extranjero. Si se le presentara la oportunidad, no me parecería extraño que emigrara con su familia para sumergirse completamente en esta profesión en alguna ciudad más propicia para el jazz como Nueva York, Montreal... o París. Hasta el momento Alain ha editado cuatro discos, además del que otros intérpretes, que incluyeron a Tania Libertad, Eugenia León, Óscar Chávez y Alex Lora, hicieron sobre canciones escritas por él. Por cierto, su disco más reciente, titulado Código postal, se presentará en el Museo de las Culturas Populares de Coyoacán el próximo 11 de junio a las seis de la tarde.

Pero además de interpretarlo, Alain también documenta, historia y divulga el jazz, en programas radiofónicos y libros como la antología Todo se escucha en el silencio, o como la auténtica enciclopedia que es Datos para una historia. El jazz en México, publicado en el Fondo de Cultura Económica. Por si fuera poco, y como era de esperarse en un escritor que intuye que todo está conectado con todo, probablemente a través de armoniosas e invisibles ondas musicales, también lo vuelve tema de su obra literaria personal.

En ese mismo viaje de nuestra adolescencia Alain llevaba en la mochila una edición de “El perseguidor”, ese cuento maravilloso en el que Julio Cortázar hace que un personaje experimente permanentemente la maleabilidad del tiempo que todos los demás apenas atisbamos en los sueños, o en instantes sublimes como los propiciados por el amor, el arte u otras drogas. La noción del tiempo uniforme y rígido que usualmente asumimos en nuestros horarios desaparece para este personaje, inspirado por cierto en el gran saxofonista Charlie Parker, que en el metro tiene recuerdos, pensamientos y fantasías que lo hacen sentir que en los escasos minutos que transcurren entre dos estaciones ha incorporado vivencias espacio-temporales que normalmente tardarían en manifestarse semanas o meses, o que se extravía en la intepretación de su propia música al grado de llegar a decir “Esto lo estoy tocando mañana”.

Charlie Parker y Julio Cortázar son dos de los personajes que aparecen en los poemas de este libro, como aparecen John Coltrane, Miles Davis, Thelonius Monk, Gato Barbieri, Eric Dolphy, Charlie Mingus, Luois Armstrong, Sonny Rollins y otros grandes jazzistas que, como en una jam-session, aparecen, nos dan placer tocando y vuelven a la sombra. Pero también hay otros nombres incluidos, de personas que no son músicos pero que tuvieron la suerte de haber pertenecido, al menos por un tiempo, al círculo de seres importantes para Alain, como un Marcelo bebedor de pernod y calvados; como una cantante que, dice, “me ha guardado el mar en la cabeza / robándome el silencio”; como la indefinible y adorable Malka, que usaba suéteres de lana y poco más, o como la otra Janis, que juntaba algunos francos mañana tras mañana para adquirir “crepas, Gauloise y viento”. Y a este grupo amplio de músicos y no músicos, a esta fiesta, también se suman Marlon Brando, José Revueltas, Vincent Van Gogh, Igor Strawinski, Ludwig Wittgenstein, ¡vaya, hasta Dios y el Diablo!, orquestados todos por Don Juan, que no es el que enseñó a Carlos Castaneda el arte del ensueño, sino otro Don Juan, más viejo y joven a la vez que el indio yaqui, y que los días de muertos nos recuerda que lo que nos mantiene vivos es el amor.

Nadie podrá robarme el siglo XX”, dice Alain en uno de sus poemas. Y de ahí habría que partir para interpretar este conjunto de nombres, esta fiesta por la que transitamos, en medio de acordes deliciosos, con deliciosa gente. Porque el siglo XX es el jazz. Y en parte gracias a esta defensa que hace Alain, gracias a sus poemas, a sus libros de cuentos, a sus discos, a sus programas de radio, podemos recuperar algunos fragmentos entrañables de ese siglo.

El jazz según don Juan es un libro como nuestras vidas, o mejor aún, como lo mejor de nuestras vidas, como esos instantes plenos en los que estamos en comunión con todo y con todos. Alguna noche de vino y hierbas fumables –y aquí me robo la frase que Julio Cortázar escribió acerca de otro poeta–, con The Soft Machine o John Coltrane afelpando el aire de reconciliación y contacto, lean en voz alta los poemas de Alain. Léanlos como si los silbaran, como si los cantaran, como si los estuvieran convirtiendo en música. Y al leerlos así sientan que los están leyendo mañana.