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Capote, el compañero ideal para un día del libro
Eugenia Montalván Colón

Mérida, 24 de abril. Ayer fue Día del Libro y, para celebrarlo, me quedé en la hamaca leyendo Breakfast at Tiffany’s de Truman Capote (originalmente publicada por Random House Inc., New York en 1958) en la versión al español de Enrique Murillo para la editorial Anagrama, publicada en 1987, tres años después de la muerte del autor (1924-1984).

Recuerdo que compré este libro en un tianguis en Estados Unidos, quizá en Manhattan, donde transcurre la novela, en mi desesperación por leer algo en español durante un viaje de placer y, sin embargo, no lo leí entonces. Ahora mi situación es diferente y reconozco que me da pena no poder llegar a los escritores en lengua inglesa en su propio idioma, sobre todo a autores contemporáneos con los que me identifico, como Truman, con una sensibilidad descomunal hacia la naturaleza humana, tal como lo exhiben en la película Capote (Bennett Miller, 2006) -que continúa vigente en algunas carteleras cinematográficas del mundo- y hacia el lenguaje mismo.
 
De Desayuno en Tiffany’s tengo la edición  publicada en 1988, y ahora me es imposible investigar si Anagrama ha seguido circulando la misma traducción o si existe en otro país de habla hispana alguna versión que no corresponda necesariamente con la manera de hablar en España, ante todo por curiosidad, pues finalmente lo importante es que se conozca la obra de Capote, en este caso, sin importar que se lea al pie de la letra.

Lo mío por el inglés es un capricho o, visto de otra forma, un gusto que quiero darme, así como cuando vuelva a New York  conocer los lugares a que se refiere el escritor en su novela, empezando por la joyería Tiffany’s en la 5ª Avenida y la Calle 57 en Manhattan, un cruce por el que he pasado varias veces, pero sin la conciencia de que a este lugar se refería Capote, o la biblioteca pública de la calle Cuarenta y dos (así la ponen en el libro), referida también en  la novela.

También tengo esa otra fijación con los libros: leer a autores de cada lugar al que viajo durante los días que vaya a estar ahí, si es que queda tiempo para leer, evidentemente, o traerlos conmigo al regresar aunque sea para ocupar un lugar en el librero, como le pasó a Capote y su exquisita novela que, por cierto, no me imaginé acabar de golpe, dado que el libro es de 153 páginas y yo me lancé a leerlo sin ver el índice o siquiera echarle un ojo a la contraportada, donde claramente se especifica que en las últimas páginas del libro vienen tres cuentos para ofrecer una muestra de los diversos registros del autor: Una casa de flores, Una guitarra de diamantes y Un recuerdo navideño, cuentos que dejo para otro momento en tanto que el día del libro ya terminó y hoy, ni modo, hay que trabajar.