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Celebramos con Manuel Calero el Día del Libro
Porque sabe narrar la nostalgia...
Texto y fotos: Eugenia Montalván Colón
http://www.unasletras.com/v2/../data/412.abab.JPG

Mérida, 23 de abril de 2007. El cuento Más nostalgia que otra cosa forma parte del libro El licenciado Mata. Isabel y otras historias que no están de más (Instituto de Cultura de Yucatán, 2006) de Manuel Calero (Izamal, Yucatán, 1946), que se presentará el próximo viernes 27 a las 8 PM en la Biblioteca “Manuel Cepeda Peraza”, y por tratarse de una tentadora novedad literaria, adelantamos este cuento para celebrar el Día del Libro.

Ese recuerdo surgió por los niños prietos y descalzos que vi a las puertas de la escuela. Mientras mi papá cobraba en el único banco de la ciudad, yo me fui tres cuadras al oriente y llegué hasta el zaguán de mi antigua casa.

Ahí, a la sombra de la escarpa, la memoria me arrastró a 1953, cuando sólo bastaba saltar de la hamaca, beber la leche, tragarse el pan del desayuno y después del rápido aseo de dientes, ya se estaba en el mesabanco junto al compañero Petronila Azul. Petonilo había grabado su nombre muy cerca al de Gloria Fuente en la superficie áspera y rugosa del viejo mueble escolar, aun cuando Gloria no le hiciera casa, porque era indio y negro. Lelo Nieves hizo lo mismo y Gloria enloqueció por él.

En la esquina oriente la calle se volvía blanca, algo sinuosa y llena de huecos que la lluvia transformaba en charcos de color por las mariposas. Era también un callejón de peregrinaje, de cantos y oraciones al Cristo negro de Sitilpech, milagrosísimo pero al mismo tiempo severo. Muy dado al castigo de nuestras faltas.

—No, Lelo. Ya te dije que es pecado, me casiga Cristo.

—Pero si sólo te la voy a untar.

—No, la tuya está re’grande.

Pude recordar el patio de frutales y hortaliza, el viejo camión con su carga de bloques y polvo de piedra. Más al fondo, la pileta de los pájaros. ¡Ah, nuestros baños de pila con Gloria Fuente!

—No cabemos tantos aquí.

—Ya sé, que primero se salga Rach y nos quedamos los tres…

—A ver, a ti y luego al otro.

—¡Raaach, espérate! no soy pulpo.

La nana desde el lavadero nos gritaba preguntando qué ociosidades hacíamos ahí.

—Raach, no me la untes en el pelo, no seas cochino.

—Sht, sht, nos van a oír.

Esa calle me devolvió a los olores de la mañana cuando el abuelo, montado en una bicicleta de llantas gordas, me llevaba al mercado para hacer las compras del día:

—Mira qué guapo es mi nieto, Charito. Dale un beso.

—Ay, don Fernando, cómo va a creer. ¿No está viendo que es un niño?

De estos recuerdos, me dije, podría escribir una historia. Una larga historia. Pero mis insomnios, ¿serían por los cuentos de aquel vecino solitario, flaco y largo como la muerte? Su voz se quedó grabada en el zaguán. Zaguán que era caverna, oscuridad de pasos, chillidos de puerta y de murciélagos que vendrían a chuparme… el pito, agregaba para cobrar valor.

La culpa. Era la culpa de matar pájaros, iguanos, zorros, la que me mataba el sueño. Pecado tan grande como el de la masturbación –tumultuaria– de la temprana adolescencia. Y estaban las gallinas, bestialismo horroroso, inconfesable.

¿Cómo narrarlo en un libro? El asunto de la pila era, a fin de cuentas, lo más natural y humano. En eso andaban mis pensamientos cuando llegó mi padre y nos marchamos a la finca.

Durante el camino seguí pensando en aquella historia. Era cosa de darle vueltas. Importaba la forma, el acertado manejo del lenguaje. La buena ambientación del relato, los recuerdos técnicos. Y no. Podía contarse de manera natural, con la palabra llana.

Así anduve por el camino, dándole vueltas hasta mi regreso a Mérida. Ya en la oficina y frente a la máquina de escribir, recordé la noche de la víspera cuando mi papá, al despertarse por la mañana me dijo que se iba al rancho para dormir temprano.

—Tú no hiciste más que hablar y hablar de tonterías como un chiquito malcriado.

La cabeza, me dije. La historia está en la cabeza. Claro, daba para más, pero era cosa de darle vueltas. Muchas más vueltas.