You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Golondrinas como buen augurio
Joaquín Bestard Vázquez presenta una nueva novela
Daniel Torres (Fotos: unasletras)
http://www.unasletras.com/v2/../data/241.daniel torres.JPG

“la felicidad se encuentra, no se busca…

es algo que llega siempre, inevitable
y puntual cuando menos se le espera” Ángeles Mastretta

La construcción de la memoria por medio de la escritura es una de las actividades humanas más arduas y difíciles. Recordar no es volver a vivir, sino inventar y recrear a través del prisma de la nostalgia lo que quisimos que hubiera sido. Seleccionamos siempre aquello que mejor nos parece para hacer del recuerdo todo un montaje. Es por eso que a los escritores hay que creerles muy pocas cosas de las que nos escriban o digan directamente y, en cambio, sus personajes nos dicen su verdad.

Éste es el caso del trío formado por Juan, Fredi y Joaquín, el personaje que no debe confundirse con el escritor aquí presente. Estos tres eternos adolescentes forman una pequeña pandilla de amigos entrañables que nos cuentan sus peripecias en la novela Memorial de golondrinas.


Asistimos, pues, a sus iniciaciones en el juego de la vida, a través del desarrollo de un bildungsroman o novela de educación que nos da grandes lecciones acerca del ficticio pueblo de Beyhualé de sus ensueños, de la Mérida ya ida, borrada y recobrada en el recuerdo, hasta llegar a la ciudad de México, como espacio netamente citadino, donde Fredi es testigo de la apertura del metro con un memorable tono picaresco sobre su primera prueba de caviar:

De pronto Fredi gritó; ¡Por eso mi estómago no resistió los frijoles negros de orita! Y el mesero: no seas güey, manito. Era caviar del bueno… ¿qué son? y el mesero ¡güevos! y Fredi ¿y así nos llevamos carnal? Me estás albureando canijo estirado y el mesero: son güevos de pescado… me cae que voy a tener una sirenita, ya siento los coletazos en la barriga. (128)

En veintidós entregas, los tres narradores nos hacen la crónica de un país donde se venden las marquetas de hielo, las casas de cultura son cementerios, se cambia de piel en infinitas variaciones (“Juan Polendas” [15], “Juan Polainas Bech” [15], “Juan Porainas [7]), las corridas de pueblo son todo un acontecimiento, se viaja hacia “la sábana de los sueños” (47). El barrio de Santiago se convierte en un microcosmos del espacio fijado en la memoria con: “El Circo Teatro Yucateco” (94), la inauguración del cine Rex, los miércoles de box o la feria de Santiago. La sola unidad de veintidós divisiones rememora el paso del Cielo al Infierno de los mayas tras la cosmovisión de esas “esferas subterráneas” del inframundo dominadas por nueve deidades… llamadas bolontikú, que representan también una unidad” (5). Ésta es la disertación de “El recopilador” al inicio del libro donde nos explica”

Cada entrada o capítulo, a manera de epígrafe, cita el fragmento de alguna novela o cuento, importante por ser de autores de gran relevancia y sin tener que ver ni con el texto en sí o estar interaccionados… También demuestran estos escritores, que en su momento, se identificaron causas y sucesos de pueblos como Beyhualé, Mérida y México, sociedades urbanas, indígenas o mestizas, que remarcan la universalidad de la literatura americana. Ocurrencia de Fredi; la apoyamos Juan y yo de inmediato. (6)

La utilización de epígrafes al inicio de cada entrada, enmarca la intertextualidad de la novela más allá del texto mismo, estableciendo puentes culturales con toda una literatura universal como: Doctor Jivago de Boris Pasternak, Ulises de James Joyce, La noche navegable de Juan Villoro, El espejo de Lida Sal de Miguel Ángel Asturias, Hijos de nuestro barrio de Naguib Mahfuz, Canek de Ermilo Abreu Gómez o El ruido y la furia de William Faulkner, entre muchos otros. La función de las citas es la de preparar o no, intercalar o no diversas narraciones que pueden iluminar o no el relato de la novela misma. Es casi un muestrario de lecturas que hace Joaquín Bestard Vázquez como guiño al lector por su complicidad desde el territorio de la página. Al contextualizar eventos relevantes para Beyhualé, Mérida o la ciudad de México, el narrador contamina su memorial con palabras de otros para ejecutar todo un palimpsesto de textos divergentes que coinciden en su escritura como un diálogo variado de grafías múltiples. Por ejemplo: en la entrada número 6, titulada “Ni de aquí ni de allá”, unas palabras de Borges sobre Kafka y el acto de soñar sirven de preparación para el anecdotario de Fredi, quien:

…hizo una casa por rumbos de san Sebastián… pero según me confesó, levantó una barda de dos metros porque la gente se reunía en la acera de enfrente a espiar, como si fueran pájaros de mal agüero o mejor dicho, en extinción, dignos del Centenario. Fredi comenzó a pelear con todo el mundo, porque conservó sus costumbres capitalinas.

—Tanto año para conseguirlas y aquí vienes y quieren que vuelvas a ser un huiro igual a ellos. (36)

En esta deliciosa cita se transparenta el humor yucateco de Joaquín Bestard Vázquez, el mismo que ha explorado ya en Ciento y un años Koyoc (2003). Este episodio de Memorial de golondrinas aglutina los personajes de Fredi, Juan y Joaquín para comentar el shock de la vuelta de todo exiliado a su lugar de origen. Después de haber vivido entre Beyhualé y el D.F., los personajes han hecho el viaje del eterno retorno a la blanca Mérida reconociendo que cuando uno se va y vuelve, ya no es el mismo que una vez fue. Como dice el mismo Joaquín:

Mejor haz como yo… Desde que regresé, me dediqué a viajar por el interior del estado y sin darme cuenta, influenciado por empleados y gentes de los pueblos que visitaba, me fue volviendo el pasado en cada palabra al oírla y recuperaba mi léxico, se me aflojó la memoria... (37)

Este acto de aflojarse la memoria es la novela en su totalidad, como un vuelo de oscuras golondrinas becquerianas que volverán a nuestros balcones aunque ya inevitablemente no seremos los mismo. El epígrafe borgiano que enmarca este fragmento, insistiendo en la capacidad de soñar, está editorializado y comentado por el narrador omnisciente que nos dice, antes de iniciar el capítulo, lo siguiente:

Tuve en la vida tres oportunidades, viajé en busca de ellas, bajé a Beyhualé y al        interior del estado, me situé en la ciudad de Mérida y ascendí hasta los grandes         volcanes y la enorme metrópoli que ronronea a su sombra. No fui el cazador que         supuse, me convertí en Juan sin sueños. (35)

Este montaje de textos es el montaje de la nostalgia en un memorial que aparece definido desde sus inicios como: "el concepto" libro o cuadeno en que se apunta una cosa para un fin" (3). Lo apuntado en Memorial de golondrinas lleva el fin de encontrarse con la felicidad que no se busca, que llega siempre cuando menos se le espera, como nos dice sabiamente el epígrafe de Ángeles Mastretta que abre este ensayo. Porque al leer esta novela seremos partícipes de la euforia de tres amigos que viven a merced de sus recuerdos, instalados en la felicidad de otras épocas, perdidos "en el mismo espacio donde antes [se] movía[n]" (151).

Así como se encuentran con la felicidad de frente también se topan con la muerte debido a las ocurrencias "desaguisadas" del tío Ueto, quien los lleva cuando niños a presenciar lo que parece ser la autopsia de un cadáver, de la cual salen todos pringados de sangre y con la sentencia del tío a cuestas: "son unos hombrecitos bien machos los tres. Eso quería comprobar, porque ustedes se la pasan soñando, hoy tuvieron su primer contacto con la muerte, lo malo es que ninguno será doctor" (142).

La novela se cierra con la reunión de Juan, Fredi y Joaquín en el café La flor de Santiago, donde los personajes se juntan para platicar y tertuliar sobre sus andanzas recientes. Joaquín ha vuelto de Beyhualé, donde habita el perenne Maximito Koyoc, quien "[t]odavía está... colgado de las ubres de sus arañas, de las que mama inmortal, pero a veces el viejo se marea y suelta y no atina al banco, cae como guanábana madura" (151). Al final de la novela el tío Ueto ha muerto y ante su deceso, Joaquín se pone a filosofar y nos dice esta gran verdad: "Para eso se llega a viejo, para llorar a los muertos por dentro de nosotros" (151). Perdido por los caminos del recuerdo, hace memoria de la Mérida de antes, de cuando según aconsejaba el mismo tío Ueto, había que agarrar siempre los coches calesa porque eran los únicos que habían memorizado cada bache de la ciudad compuesta por los barrios de Santa Ana, La Mejorada, San Sebastián, San Cristóbal, Santa Lucía, San Juan y Santiago (152). En contraste con la descripción de la flamante Mérida de ahora, la globalizada y posmoderna, con la que inicia esta última entrega del libro narrada por Juan:

Dice la canción y dice bien, porque mientras Fredi, Joaquín y yo existamos para mover nuestras sombras en las carpetas pavimentadas de las calles de Mérida, sus Plazas comerciales Fiesta, Oriente, Las Américas y demás edificios como Chapur, Chedrahui, San Francisco, el Puerto de Liverpool, Sears, las cadenas Oxxo, Extra y tantas otras y los hoteles Holiday Inn, Fiesta Americana, Mérida Misión, el Castellano, el Conquistador, los Aluxes, Maison Lafite Ambassadeur y Hyatt, entre tantos otros caracterizados por el aire acondicionado, retar el clima de la ciudad y transformarlo en otro agradable, porque mientras sigamos entrando y saliendo de escapada a la ciudad de México o el pueblo de Beyhualé, los sucesos seguirán cabalgando... (150)

Este entra y sal de los personajes por toda la topografía de la ciudad, por los resquicios de la memoria, construye, hace inventario, ficcionaliza sus recuerdos, "cabalgando" los sucesos, y hace de la lectura de Memorial de golondrinas de Joaquín Bestard Vázquez un vuelo obligado de la imaginación que todo yucateco debería emprender. Si a mí, puertorriqueño como ceiba en el tiesto que ha sido trasplantado por seis meses al año a este paraíso del reggeatón en que se ha convertido Mérida, me ha conmovido hasta las lágrimas; a ustedes, que son originarios residentes, viajeros o estacionarios aquí, también los conmoverá. No debemos olvidar que la memoria siempre se construye inevitablemente por medio de la escritura como un deliberado amasijo de recuerdos.