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Las argucias de la cultura
Víctor Roura presenta su libro Codicia e intelectualidad en Mérida
Eugenia Montalván Colón

Mérida, 1 de mayo. El escritor y periodista Víctor Roura tiene muy presente que Raúl Maldonado Coello le prometió poner una placa de cerámica en la casa donde nació para conmemorar aquel 28 de julio de 1955. Maldonado, de no haberse ido tan pronto,  hubiera sido el responsable de que una fachada en deterioro de la calle 72, cerca del Parque de Santiago, hubiera envejecido con este emblema aun en su abandono.

La semana pasada Víctor trajo a su madre de la Ciudad de México para revivir la época en que vivieron aquí, hace ya 50 años y, acompañado también por su hija Melissa dedicó un rato de su estancia en Mérida a presentar su libro Codicia e intelectualidad en unas letras industria cultural.

La batalla que Víctor Roura mantiene contra las ideas y prácticas antidemocráticas de los funcionarios culturales está claramente expuesta en Codicia e Intelectualidad (Lectorum 2004), y se trata –quiero verlo así– de un desafiante reto a una batalla limpia, frontal. Veo sus juicios y valoraciones como el punto de partida para una confrontación abierta, confrontación hecha a base de palabras: palabras punzantes y filosas, fabricadas para horadar la mente del adversario.

Los funcionarios culturales con todo su séquito, es decir, un número sustancioso de intelectuales y artistas, sin embargo, lo dejan con el arma desenvainada en medio del campo, abandonado, para que ahí vea él contra quién se enfrenta; ellos están en otra cosa, pertrechados en los aplausos, incólumes.

¿O acaso han aparecido libros rebatiendo lo que Roura critica de la administración cultural? No. Los burócratas culturales no dan pie al debate, ni siquiera a eso.  

Contra la crítica, los burócratas culturales no esgrimen argumentos sino castigos, ellos tienen el poder. No les pagan para pensar, generar una nueva idea, desarrollarla, justificarla, darle vida, hacer que se expanda. Les pagan para manejar dinero, para manejar la imagen del gobierno en los tres niveles: federal, estatal,  municipal, y sobre los cuales generalmente los propios funcionarios anteponen intereses personales en su capacidad de gestores culturales.

Y como para un director o jefe de departamento de cultura saber escribir no es requisito indispensable, esto les significa un reto anticipadamente superado, un obstáculo que quizás si estuvieran en la arena pública defendiendo proyectos propios tendrían que enfrentar.

Por eso escribir, y escribir para criticar,  sobre todo, se percibe como una tarea de locos. De loco, justamente, es tachado quien se obstina en emitir juicios y valoraciones sin descanso sobre la función pública. Además, como dice Roura citando a Said, siempre habrá personas preparadas e inteligentes dispuestas a todo lo contrario, asumir posiciones sumisas ante el Estado para “ver si algo les cae de las cuantiosas ganancias que se manejan en las nubes del poder”.

Roura se pregunta: “¿Puede un intelectual escribir críticamente sobre cierta actitud gubernamental pero no dejar de cobrar, cada mes, su bono gratificador que le otorga con puntualidad el propio gobierno por concepto intelectual?”.
 
Sin embargo, en Codicia e intelectualidad están expuestos también casos puntuales que descubren la pericia de algunos intelectuales como administradores de la cultura y, especialmente, la manera en que a lo largo de la historia han filosofado acerca de este quehacer.

De tal forma que Roura contextualiza la realidad mexicana recapitulando la historia del saber desde hace algo más de dos mil años, empezando con los griegos y retomando a algunos pensadores contemporáneos a partir de  muchas citas bibliográficas que incluyen, por ejemplo, a Tomás Maldonado (¿Qué es un intelectual?, Paidós,1998), Pascale Casanova (La república mundial de las letras, Anagrama, 2001), José Ortega y Gasset (La rebelión de las masas, Artemisa, 1985) y Edward Said (Representación del intelectual, Paidós, 1996); con ellos arma su propio teatro de las ideas con asientos VIP reservados para los que deseen apreciarlo más cómodamente.