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Lo que se dijo en la presentación de Nancy Mayanz
oyes el tono del sol presentado entre estudiantes de letras
María José Pasos
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Pero aquél que trabaja con palabras, debe recordar que existe lo indecible
Tao Te kin


Silencio

Debería empezar por nombrar el silencio. Sí. Debería decir: he aquí que estamos reunidos para rodear al silencio. Pero luego acabaría de un plumazo todo mi discurso. Vamos, necesitas decir las cosas claras, presentar a la autora: he aquí que estamos reunidos, para presentar el libro. Una idea, sólo una. Establecer la línea que te llevará cada vez más lejos de la orilla del silencio. Y las palabras del tao que nos saludan allá afuera, en el borde de las páginas de un libro.

Mentira. Nadie va a tragarse eso. Comienza con una frase contundente. Vamos, eso no está mal. Cómo era: Los bordes de la memoria. A continuación hablaré del libro, como de un álbum de fotos en el cual se nos muestran los bordes de la memoria.

Bien pensada cualquier frase puede iniciar bien un texto. Más aún, si ese texto está destinado a hablar de otro texto. La familia de las letras, como en una fotografía de estudio. Aquí está, habla ya, a estas alturas el auditorio (sí, existe, mira, está allí, el que oye) a estas alturas ya estará un poco impaciente. Tacones que se escuchan, los golpes de la máquina en la que escribo esto que tú, ahora, comenzarás a entender. La escritura como tema. Siempre.

Perdón, comenzaré así: con las páginas del libro y los 99 poemas como en un cuento lejano. Está bien. Escuchen: comenzaré mi discurso. Ya voy a comenzar. Silencio.

El libro

Yo no soy quien para decirles, queridos lectores,  pero al abrir el libro de Nancy Mayanz que hoy presentamos, se topará usted, lector curioso, con un epígrafe:

Ni lo quemado borra lo escrito.


Así dice el epígrafe. Y es cierto. Pero, me atrevo a completar: ni lo escrito borra lo indecible. Eso también es cierto. Y nos andamos con la poesía como en un remolino, siempre bordeando el centro, claro, para no ser tragados por él. Nos llenamos la vida de palabras, inclusive, vaya atrevimiento, las analizamos, para bordear lo indecible. Eso que está en el centro mismo del poema. Estudiantes del lenguaje, estaremos siempre en sus orillas. Artesanos de la palabra, jamás accederemos a ella. Por eso escribimos.

Quisiera hacer hincapié en esta idea, pues ha definido mi lectura del  poemario oyes el tono del sol, de Nancy Mayanz. La poesía está ahí para recordarnos lo no dicho. Y, es  en ese sentido que  el poeta construye su propio lenguaje: para hacernos creer que casi lo tocamos, o, en este caso, para hacer visible la ausencia de un significado totalizador. Me estoy saliendo de la línea. Regreso.

Como he dicho antes, la escritura se convierte en el tema de la propia escritura. En la poesía de Nancy Mayanz, esta idea constantemente nos guiña un ojo. La razón de la propia escritura, sus mecanismos, sus alcances y sus exigencias. No hay que perder esto de vista.

oyes el tono del sol continúa con la experimentación iniciada por la autora en Las muchachas de Biarritz, su primer poemario, y en donde, precisamente, podemos encontrar el origen del epígrafe:

Tanto escribir el paisaje
Dibujar el pensamiento
Ni lo quemado
Borra lo escrito
¿Qué borra lo que se dejó de escribir?

Recuerdo haber divagado antes sobre el álbum de fotografías. Es así como se construye la escritura del primer  trabajo poético de Nancy Mayanz. La memoria fracturada, en la cual las imágenes le son arrancadas a la hoja en blanco. Los recortes de periódico esparcidos en el libro, más que recortados, parecen arrancados de su lugar original. Tal como la voz lírica que expresa haber venido a buscar lo que quedo de su padre, al inicio del trabajo. Este álbum de fotografías que nos habla de un lugar y tiempo extraños para uno mismo, pero que invariablemente guardaremos en la memoria:

Relicarios

Cajas en cuyo fondo hay algo que ver

(Vientres abiertos, tumbas profanadas)

En su segundo poemario, Nancy Mayaz reduce los significados a su mínima expresión. Es este un libro de poemas de la miniatura, cuatro, cinco, dos versos para con ellos construir su libro. Mayanz intenta alcanzar un tono agudísimo, minimalista, hacernos escuchar el tono del sol. Y la escritura juega un rol determinante en todo esto.

Ya vera el poema escrito
Las cosas que le di

Presenciamos el juego de la escritura y la lectura, en donde no desaparece la sensación de que todas las palabras deberían borrarse para dar pie al silencio. Nuestra lectura se trasladaría, entonces, del artificio de las palabras, el negro sobre blanco, la tinta, a lo más esencial, el significado que se escapa de entre las páginas del libro.

Algún día /alguien aprenderá/ a leer las lágrimas. Pero mientras tanto, seguiremos leyendo las palabras, desentrañando el sentido. Lectores obsesivos. Porque tal vez, me atrevo a decirlo, tal vez las lágrimas no nos digan más que todas las palabras que nos hablaron de ellas.

Leer desde. Esta será nuestra premisa. Leer en la perspectiva de otro lector. Lawrence Durres, Iris Murdoch, Galileo: los paratextos aludidos al final de algunos poemas, Personajes que se mencionan como posibles intertextos de la obra. La lectura también desde nosotros mismos. Leemos, desde el principio, somos lectores.

tener sentido
de sí
como lectura pura

Un par de cosas más, y dejaré este simulacro del que escribe sobre el que escribe. Las minúsculas, lo mínimo, claro, se resalta desde el principio. La renuncia a la regla ortográfica de las mayúsculas es la principal apuesta tanto de la autora como de la editora. Hablar desde las cosas mínimas, desde las “letras chicas” a las que nadie toma en cuenta. No sé. Habrá que leer en ello más que un mero capricho de la forma.

Y también, la ausencia de los títulos, que de existir tal vez atacarían lo minúsculo del poema con su grandilocuencia de protagonistas. Es así que el libro puede leerse como un solo y único gran poema, o como 99 piezas sueltas.  El ritmo, de cualquier forma se presenta inconstante de página a página.

Después de todo lo dicho, no están de más rescatar mis primeras impresiones. Sirva también para equilibrar la balanza. El aliento poético que no es desarrollado más allá de una imagen, una idea, no es suficiente, y esto no tiene nada que ver con la extensión del poema. No importan dos o tres versos, veinte o cincuenta. A veces una palabra puede ser todo el  poema.

matar de dolor
echar sal en sus rendijas
escozor benigno


ni
pecado
ni
virtud
sólo
inercia

Recodaré por última vez el tao, aquél que trabaja con las palabras. Trabajar con el lenguaje es hacerlo hablar de una forma nueva, desde su significado y desde su sonoridad, crearnos reminiscencias de lo indecible. Esto no sucede con todas las piezas de oyes el tono del sol, al menos, no sucedió en mi lectura. El libro visto en su totalidad puede, tal vez, alcanzar una fuerza que algunos de sus poemas no tienen individualmente. Quizá algún día seamos lo suficientemente sagaces para darnos cuenta de que a la poesía  no le hemos hecho nada con nuestras palabras. La poesía permanece siempre un dedo más allá de nuestra pluma. Mientras tanto, leamos. Mientras tanto, que las mínimas palabras de mayanz se difuminen, se abran o se inclinen para dar paso, de nuevo, a la inmaculada hoja en blanco. Al silencio.

Estoy acabando mi discurso. Punto final.