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Poemario real
Catorce Grandes Éxitos, una reseña
Jorge Cortés Ancona (Foto: unasletras)
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Decía Ernesto Cardenal que la poesía exteriorista, como él la llamaba, es decir, la poesía cercana al habla común, al coloquialismo, no era común en México por la influencia de Octavio Paz. En realidad, no era así, ya que por una parte, el propio Paz escribió poemas imbuidos del habla común y celebró a menudo esa conquista de la poesía del siglo XX, y por otra, hemos tenido una valiosa tradición de poesía coloquial donde figuran Salvador Novo y Efraín Huerta como puntales.

Más bien las causas de ese limitado coloquialismo (que en las últimas décadas se ha revertido) provienen de cierta idea de que la expresión complicada es más literaria por sí misma que la expresión sencilla, lo cual implica una tendencia al artificio por encima de lo natural. Nos da miedo la austeridad y preferimos atiborrarnos de palabras asombrosas y de metáforas encadenadas como alhajas.

Por otro lado, todavía subsiste un preciosismo que hace ver la poesía como un ejercicio fatuo de sonoridades, aptas para crear reacciones de diletante placentero. Poesía inane cuyo interés es más que nada en cuanto a las causas por las que ha surgido y los gustos a los que responde tanto de quienes los hacen como de quienes los leen.

A ello se debe que nos parezca refrescante la aparición de poemas que busquen el acercamiento al habla común, que se basen en una experiencia directa y vivida del mundo cotidiano, en especial de la ciudad. La poesía de tema urbano no ha sido muy frecuente en los poetas yucatecos, más que para cantar glorias pasadas y ese “pasadismo” nos ha anclado en una ilusión sin asideros reales.

Un poemario de reciente aparición que rompe con esas características es Catorce grandes éxitos, de Marco Díaz, a quien conocíamos como artista conceptual -miembro del colectivo Deysi Loría-, arquitecto y docente e investigador de arte y arquitectura.

Como edición, el poemario (o “álbum” en este caso) es muy pequeño, de 39 páginas y se acompaña de una Carta introductoria en la que narra las razones de su interés por la poesía. Empieza señalando su resistencia a la poesía decimonónica y cuenta con buen humor una anécdota donde aparece tal cual el modo en que se mal orienta el camino poético en Yucatán y los prejuicios y discapacidades que todavía pesan en la apreciación de la poesía.

Es raro que un poeta o un artista exprese de modo tan explícito sus deudas culturales y sus agradecimientos a las personas vivas y muertas que lo ayudaron o estimularon, y Marco Díaz lo hace de modo extenso. Reconociendo como sus guías a dos ilustres poetas de la gran tradición decimonónica: Víctor Hugo y Giacomo Leopardi, así como a un heredero de la misma, William Butler Yeats, y siguiendo la poesía de Eduardo Milán, pero sobre todo sus propias inquietudes, escribe sus poemas (que a fin de cuentas son quince) sobre su propio yo y su relación con la ciudad y los elementos de la Naturaleza que se viven en ella. Al respecto, es de notar el protagonismo de la humedad, ya sea en forma de viento, nubes o lluvia, así como de la luna y los árboles, a la vez que de esos objetos domésticos que nos hacen posible la convivencia con esos elementos, como son los ventiladores y la televisión.

Por ahora, sus poemas no serán del gusto general, dada la tendencia a lo exquisito, que ha corroído la posible existencia de una pluralidad de voces poéticas en Yucatán, entre las que figurasen las de un habla y una temática de la vida común. No caben en ciertas comprensiones la inclusión de frases como la del poema 14 que inicia con “Hoy / me levanté / oriné y bañé / comí frijol con puerco”, o el final del poema 07, que liga la naturaleza en su intersección con la realidad casera y que luego de un ascenso (“Se escucha raro el silencio / Pero se anima cuando las nubes se quiebran. / A veces, también los árboles se quiebran / y el viento que se arremolina / pega más a mi ventana: / la lluvia escupe a través del mosquitero) culmina con la frase que nos rebota en un presente cotidiano: “Voy por un trapeador”, que crea un maravilloso efecto de vuelta a lo doméstico, de estar pisando sin embargo la tierra.

Lo que queda claro en cuanto a la Carta introductoria y los poemas es que no existen tópicos ni palabras ni imágenes poéticas por sí mismas, sino que todo es cuestión de cotextos y de contextos, y que con estos poemas se hace posible un regreso a los cauces de la comunicación literaria con el público.

Por lo demás, puedo señalar también ciertas distancias. Como la de “eso que se daría en llamar materialismo dialéctico y que tanto tiempo le quitaría a los buenos poetas”. La apreciación de Marco no tiene más respuesta que el hecho de que cualquier corriente filosófica (y “eso” que se llama materialismo dialéctico lo es) puede ir ligada en esencia a lo poético, sin que tenga necesariamente que ser un obstáculo o un impedimento para la creación literaria.

Y hablando de prejuicios, me parece muy chabacano el título del poemario, sugerido por Víctor Pavón, otro miembro de Deisy Loría. No en sí mismo, sino por la temática, que correspondía mejor al título que pensaba ponerle Marco Díaz que es el de “Nueva poesía tropical”. Demasiada frivolidad existe en nuestra realidad inmediata como para que le sigamos agregando más paletadas de lo mismo.

Marco Díaz cambia sus datos personales a gusto (su nombre de batalla: Marco Aurelio, o su lugar de nacimiento: Berlín, en lugar del verdadero que es Tizimín) y solo o en coautoría con Víctor Pavón, ha creado nombres y personajes imaginarios que pasan por reales, biografías ficticias contadas como si fueran ciertas. Me parece que este es un poemario real, un auténtico álbum de sus vivencias en la poesía.

Díaz, Marco: Catorce grandes éxitos, Unas letras, Mérida, 2006, 39 pp.

Texto publicado en Por Esto! (24 de abril de 2007).