 Buenas noches.
El primer punto que quiero abordar es el del título del libro, que alude al silencio. Es muy difícil expresar el silencio con palabras. No basta dejar la hoja en blanco; es necesario elaborar una especie de vaciamiento verbal, a través de la fragmentación, las elipsis y la reducción del idioma a una especie de minimalismo terrorista. Digo terrorista porque ya el hecho de usar las palabras para atentar contra las palabras es un acto criminal. No sé si exagero. En todo caso, antes de escribir Shhh me procuraba todo tipo de lecturas y poco a poco fui llegando a donde quería, fui encontrando lo que suele decirse la voz personal. Sin embargo, una vez hallada la propia voz, empecé a producir poemas en donde lo importante era lo contrario: perder la identidad, desaparecer.
En su ensayo La estética del silencio, publicado en 1969, Susan Sontag señala: “El vacío genuino, el silencio puro, no son viables, ni conceptualmente ni en la práctica. Aunque sólo sea porque la obra de arte existe en un mundo pertrechado con otros múltiples elementos, el artista que crea el silencio o el vacío debe producir algo dialéctico: un vacío colmado, una vacuidad enriquecedora, un silencio resonante o elocuente. El silencio continúa siendo, inevitablemente, una forma del lenguaje (en muchos casos, de protesta o acusación) y un elemento del diálogo.” Un autor que ya es paradigmático de la estética del silencio es el irlandés Samuel Beckett. Este escritor logró con sus textos narrativos y dramáticos depurar el lenguaje, reducirlo al mínimo y lograr con esa disminución una sorprendente expresividad. En la célebre pieza teatral Esperando a Godot, las novelas Molloy, Malone muere, El innombrable y textos como Compañía y Rumbo a peor, Beckett propone una estética del deterioro y de lo mínimo, “lo mínimo minimísimo”, según sus palabras.
Beckett despoja a sus personajes de partes físicas, los hace reptar, les atrofia el habla y literalmente los vuelve inútiles. Todos son marginados, vagabundos en el límite de la vida, agonizantes. A nivel psicológico, los encierra en sí mismos, de tal modo que la mayoría de sus historias son en el fondo soliloquios, ejercicios solipsistas circulares, que empiezan y terminan en el mismo punto, que no acaban y pocas veces evolucionan. A menudo, el silencio se presenta como la solución al mundo, a la incomodidad del cuerpo dentro del mundo. Todos los personajes beckettianos creen que lo mejor sería no hablar, no vivir, no estar en ningún sitio, salvo, quizá, en el vientre de su madre. Se recurre al silencio como al acto de suprema rebeldía y la única posibilidad de salvación.
Por otro lado, la utilización del mutismo dentro de las estructuras literarias suele emplearse para frenar el clímax de una historia. La tensión crece cuando el momento crítico llega y la acción se interrumpe. Y si esa tensión se alarga hasta el final sin resolverse en un acto impactante, la catarsis del lector queda trunca. El silencio, en este caso, sirve para frenar la grandilocuencia y resolver de un modo frío el crescendo de una circunstancia dada. Este recurso aparece en la primera parte del poemario.
Si dividiéramos salomónicamente el libro en dos, diría que la primera parte usa el silencio de modo tal que la violencia permanece congelada. El Soliloquio del payaso y las secciones tituladas Little child, Libro del silencio y Auschwitz fueron escritas con un lenguaje duro para plantear la ruina y el abandono. La atmósfera glacial recrudece el sentimiento de pérdida. En más de una ocasión se alude a la infancia, al calor intrauterino, a la orfandad, y el acto poético se radicaliza hasta alcanzar una especie de grado cero.
La segunda mitad del libro inicia con un texto titulado Marcha fúnebre. A partir de este punto los poemas se envilecen con metáforas grotescas y un lenguaje abiertamente ofensivo y transgresor. Es necesario señalar la influencia de los escritores existencialistas franceses y toda la literatura del absurdo que cayó en mis manos. Sartre, Camus, Ionesco, Cioran, Sabato están aquí, del mismo modo que los poetas Fernando Pessoa y Leopoldo María Panero, este último recluido en un hospital psiquiátrico de las Islas Canarias. De esta forma, un lector que haya leído Eróstrato de Sartre, Los poemas del manicomio de Mondragón de Panero y el Informe sobre ciegos de Sabato reconocerá que el relato Platón y toda la parte titulada Las manos del ciego son una prolongación del universo de tales autores. Y el segmento final, titulado Fuga mundi, es un homenaje a Fernando Pessoa, en específico al heterónimo Álvaro de Campos.
Shhh es un libro visceral, muy violento, que se pelea con el lector, con el autor y con la propia literatura. Todo se mezcla, se retuerce y termina por hacerse un amasijo de sentimientos dolorosos. De hecho, antes de titularlo Shhh se iba a llamar Dolor. Me dediqué a indagar el tema del sufrimiento en sus distintas variantes: soledad, infancia perdida, cáncer, falta de afecto, suicidio, ausencia de Dios. Son los temas que funcionan para elaborar un material turbulento y desde un principio tenía claro que lo mío era un tipo de literatura combativa, que busca remover las entrañas. Joaquín Peón menciona al principio del prólogo que mi poemario es una venganza. Lo asumo; creo que tiene toda la razón. Me estoy vengando de Mérida, de su doble moral y de quienes en algún momento me jodieron la vida. Familiares, amigos, gente del ambiente cultural, todos pusieron su granito de arena para que nazca este libro. En cuanto a la decisión de mezclar prosa con poesía, tengo la sensación de que los géneros literarios se han diluido. El libro agrupa poemas, relatos en prosa y abre con una miniatura teatral. Ese carácter híbrido es intencionado, pues quería dar forma a un discurso esquizofrénico. Y al hablar de locura, debía ser consecuente. La locura no se ordena, no es homogénea. Podemos darle un sentido, pero no hay que falsear su carácter disperso. El poemario recupera el discurso fragmentado de los esquizofrénicos y las características generales del padecimiento: fantasías del fin del mundo, cuadros depresivos con arranques psicóticos, delirios de persecución, lenguaje desorganizado e incoherente, embotamiento afectivo, catatonia, pobreza del habla y dificultad para disfrutar de los placeres. Shhh es una síntesis de poesía, locura y silencio. No sé hasta qué punto sea válido defenderlo ni decir que estoy orgulloso. Me parece un material honesto, y deposité seis años de mi vida sacrificando básicamente mi salud mental y emocional. No por el gusto de hacerlo, sino para entender qué había del otro lado de la línea roja. Tuve la suerte de encontrar a Eugenia Montalván, con quien el trabajo ha sido muy satisfactorio, y tuve la doble suerte de involucrarme al cien por ciento en el diseño, que estuvo a cargo de Alberto Ávila.
Mención aparte merecen los collages, que si bien poseen valor estético por sí mismos, de alguna forma constituyen una extensión del universo literario. En el 2004 empecé un catálogo al que titulé Libro de las paranoias, que más tarde se expuso en la galería del Pasaje Picheta. Luego, en diciembre del 2005, presenté en el Centro Cultural José Martí otras series bajo el título El fin ya no puede estar muy lejos, en las que la nota principal era la exploración del vacío: los personajes aparecían contemplando el horizonte, esperando alguna desgracia, muchos de ellos sin cabeza, sin brazos o físicamente completos pero sin posibilidades de salvación. En marzo del año pasado, el curador Joan Duran seleccionó algunas obras para la quinta edición del proyecto landings, celebrada en Washington DC, y diseñamos un collage sobre fondo negro que medía un metro. La idea era contar una historia mediante diversas acciones simultáneas: un niño arrancando hierba mientras Jesús agoniza en la cruz, una niña rezando desesperadamente, una mujer sin cabeza, un ángel arrodillado del lado derecho y un conejo enorme en el izquierdo. El collage de la portada también fue incluido en landings 5, y es una de las imágenes más emblemáticas. En estos días, en el Museo de la Ciudad pueden verse dos series, tituladas Dolor y Aliento, en la expo Visión de una ciudad. Y aquí, en La luz, presentamos los trabajos que ilustran el libro.
Creo que este es un buen momento para explicar porqué me incliné hacia los collages. Yo creo que es bastante difícil alcanzar un conocimiento absoluto de la realidad, una visión de conjunto. Siempre conocemos retazos, fragmentos de las cosas y las vidas ajenas, de los lugares que frecuentamos y hasta de nosotros mismos. A partir de esos fragmentos construimos explicaciones más o menos coherentes que terminan por satisfacernos, pero que no son más que aproximaciones. Ni siquiera la ciencia es capaz de ir más allá de los fragmentos, y sobre esos trozos fabrica teorías y formula leyes. Pero todo es un caos, un caos que se ordena, una esquizofrenia racionalizada con rigor. Con los collages lo que afirmo es lo siguiente: no sabemos gran cosa sobre casi nada, no podemos emitir juicios categóricos, es mejor guardar silencio, es mejor aceptar que las preguntas fundamentales nunca son respondidas, aceptemos la incertidumbre, el silencio es la mejor de las respuestas.
Ya para concluir, agregaré que este libro resume lo que he venido haciendo desde los primeros días en que aposté por el arte. Cumple una función catártica y una exigencia formal muy elevada. Shhh reúne el dolor y la tristeza acumulados durante 20 años. En cualquier caso lo mío no es una pose, una moda o una ocurrencia. Me he tomado en serio la literatura y si me abstuve de publicar antes fue porque no hallaba las condiciones adecuadas para hacerlo. Es hasta hoy que gracias a Eugenia Montalván este proyecto se concreta. Le estoy infinitamente agradecido. Agradezco también a los dueños de la galería La luz y a Claudia, la directora administrativa, las facilidades otorgadas. Es un gusto presentar el libro aquí, en el contexto de la exposición de Douglas Argüelles, con un cubo titulado Silencio a la entrada. Creo que el libro se presentó en el lugar exacto y en las mejores circunstancias, y que el esfuerzo valió la pena. Estoy a un paso de acabar definitivamente mi discurso. Ahora, por fin, siento que las palabras me abandonan y eso me llena de emoción. Buenas noches a todos. Gracias por venir. Ahora callémonos.
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