Mérida, 17 de agosto de 2007. Al Papa Benedicto XVI la revista masculina Esquire le adjudica ser el "mejor portador de accesorios" del año por sus zapatos rojos de cuero. ¿Calzado oficial o puro buen gusto? Lo primero, pues Juan Pablo II, aun en su lecho de muerte vistió un lustroso par del mismo color, quizá procedentes de una firma distinta, pequeño detalle que marca la diferencia, y que no podría escapársenos teniendo en las manos el libro La muerte de un papa, con la foto del cuerpo de Su Santidad en la portada, tal como lo vieron miles de fieles en la Basílica de San Pedro durante los días que permaneció expuesto.
La muerte de un papa, de Eduardo Lliteras, enviado a cubrir el suceso que puso de cabeza a la Ciudad Eterna, narra las “Entretelas y secretos del fallecimiento de Juan Pablo II y de la elección de Benedicto XVI”, y asimismo es un testimonio de las peripecias del periodista en búsqueda de información y fotos para los medios que representaba: El periódico La crisis, el programa Encuentros y desencuentros (Radio Centro) del periodista Carlos Ramírez, y el Por Esto! periódico de la península de Yucatán, dirigido por Mario R. Menéndez Rodríguez.
A manera de crónica, Lliteras narra las repercusiones callejeras, mediáticas y políticas de la defunción de “El Grande”, como llamó a Juan Pablo II la prensa italiana en esos días catárticos.
“Formados como escolares, regañados y vigilados (y en ocasiones inclusive insultados) por los censores de la Sala de prensa del Vaticano, los periodistas pudimos detenernos breves instantes ante la lápida y contemplar su austeridad”.
El 8 de abril el Papa Juan Pablo II yacía bajo un mármol en las Grutas vaticanas, una sepultura sencilla contrastante con los poderosos catafalcos labrados de muchos Papas.
Por otra parte, Lliteras denuncia el ostracismo del portavoz de El Vaticano ante reiterados cuestionamientos, uno de ellos es por qué el cadáver de Juan Pablo II no fue entregado a los herederos de la familia Signoracci —técnicos en anatomía patológica del Instituto de Medicina Legal de la Universidad romana de La Sapienza—, quienes desde hacía varias generaciones se encargaban de embalsamar los cadáveres de los Papas, sustituidos por el Policlínico romano de Tor Vergara sin mayor explicación.
Más adelante, Eduardo Lliteras señala que la “enésima vuelta de tuerca de la censura vaticana tuvo lugar cuando el 10 de abril, Joaquín Navarro Valls anunció que los cardenales no concederían más entrevistas a los periódicos y medios en general. El ‘portavoz’ del difunto Papa dijo que los purpurados habían elegido por unanimidad el ‘silenzio stampa’, es decir, el silencio ante la prensa”.
La aparición de La muerte de un papa en la capital yucateca pareciera un hecho de sobrada perspicacia, pues aquí el Diario de Yucatán se ufana en dedicar diariamente un gran apartado de su sección Imagen de la cultura y la sociedad a la religión (católica), con lo cual podríamos dar por sentado un sobrado interés en el tema y, por tanto, ventas seguras, pero no hay tal, Eduardo Literas vive aquí y por eso lo publicó en esta ciudad (editado por CEPSA), con fortuna en el mercado debido a su buena hechura.
Desde el origen, esta investigación periodística se llevó atinadamente, cuanto más si consideramos la estrategia que el autor armó para estar ahí como corresponsal y permanecer tres meses en Italia.
—Llegué a Roma el día que oficialmente se da la noticia de que murió. Aterrizo al atardecer, y cuando es de noche escribo, con el cansancio del viaje, la primera nota sobre las últimas semanas y meses del Papa, tiempo que nos había mantenido en vilo a los periodistas de todo el planeta… Años de permanente especulación.
—¿A qué atribuye esa especulación?
—Fue uno de los pontificados más largos y, por otra parte, fue un Papa que marcó de forma contundente a la Iglesia católica y el final del siglo XX por su participación en la destrucción del “Eje del mal”, el imperio ateo, la ex Unión soviética.
En realidad se esperaba que en cualquier momento pudiera morir o quedara en una condición de vegetal, sobre lo que se especuló mucho, ante todo porque ya no pudiera expresarse por ningún canal. La famosa sedia impedita de gobernar la iglesia porque no se puede comunicar con los fieles, lo cual generó un fuerte debate en la Iglesia.
—Todo el mundo observó su paulatina decadencia física.
—Su salud estaba muy deteriorada porque empezó a padecer el Parkinson y, además, sufría los efectos colaterales del atentado de la Plaza de San Pedro, aparte de otros malestares propios de la edad.
—¿En qué periodo cubres la fuente de El Vaticano?
—Viví en Roma del 98 al 2003. En esta época trabajé para el diario Reforma, ANSA y Por Esto! como corresponsal. En mi oficio de periodista, el Vaticano era una de las fuentes más importantes, pero tratándose de un Papa polaco que derrotó el comunismo, y el enorme prestigio que esto le dio a nivel mundial, pues era la fuente de las fuentes.
Interesaba mucho qué pasaba con él, —explica Lliteras—, pero también los juegos políticos: ¿Quién podría sucederlo? ¿Sería Norberto Rivera? Lo menciono en el libro, aunque para mí el hecho de que dijeran su nombre era sólo un busca pies, una cortina de humo para esconder a los verdaderos candidatos, o un impulso de su carrera eclesial en México, es lo que yo pienso.
—¿Cuál es el meollo de este libro?
—El enfrentamiento que estamos viviendo entre las grandes fes monoteístas, incluyendo el catolicismo, el cristianismo, el islam y la libertad de prensa. Esta preocupación está a lo largo del libro, eso por una parte, y, por otra, refleja mi interés en clarificar la importancia que está recobrando el tema religioso en el mundo. La muerte del papa es un buen pretexto, pero también es un símbolo del renovado protagonismo de las religiones, entre ellas la católica, y del protagonismo de El Vaticano en la vida pública. Yo considero que estamos viviendo un pasaje histórico hacia una nueva era.
Puede ser que surja un mundo nuevo, —dice el periodista—. Estamos viviendo la crisis del cambio climático, un jaque mate a nuestro modo de vida, a nuestra cosmovisión, y a la par está el tema de la crisis energética del petróleo.
—¿Cómo abordan los Papas Juan Pablo II y Benedicto XVI el tema del cambio climático?
—Juan Pablo II empezó a tocar el tema ecológico y ambiental al final de su pontificado, y el Papa Benedicto ha mencionado el tema del cambio climático en reiteradas ocasiones. En realidad, el tema ambiental está de forma casi cotidiana en sus discursos; desde Juan Pablo II empezó a ser tema principal en la agenda, y Benedicto hace unos días dijo que las guerras están convirtiendo en un infierno este paraíso, este jardín paradisíaco que Dios nos dio.
Y estoy de acuerdo con él, —agrega— lo que ha hecho la administración de Bush es infernal.
—¿Cómo conjuga religión y política el presidente Bush?
—En la política a nivel internacional como en la cultura, la religión está presente cada vez más. Si revisas la explicación del origen del mundo, te darás cuenta que hay gobernantes que dicen que el mundo fue creado en una serie de días. Pero bueno, en términos prácticos, sabemos que el presidente estadounidense siempre termina sus discursos con la frase Dios los bendiga, lo mismo que el presidente de México, y eso a mí me resulta preocupante, pues es necesario preservar los espacios de libertad que se han conquistado, y no sólo preservarlos, sino ampliarlos. Está en juego construir un mundo mejor. Cuidado con los extremismos.
—En la presentación de su libro (julio 2007) enfatizó el hecho de una renovada vigorización de la fe monoteísta. ¿A qué se refiere concretamente?
—Antes que otra cosa, quiero dar a conocer algo que observo. ¿A qué me refiero? En Europa hay 13 millones de musulmanes viviendo ahí, y este fenómeno es determinante en la conformación del rostro de Europa en los años venideros, pues se han erigido mezquitas por todos lados. En Moscú, Roma, Holanda, o ciudades como Milán uno encuentra seguidores de Mahoma rezando a su Dios en la calle. Yo los he visto en las estaciones del metro, inclusive. Sé también que en Córdoba (España) hay una mezquita, y recientemente se hizo la petición de rehabilitarla.
En México, mientras tanto, estamos viendo un renovado protagonismo de la Iglesia y la recuperación de espacios perdidos en el pasado. Juárez y las leyes de Reforma crearon un estado laico, y puede que haya cuestiones discutibles, pero, ante todo, creo que las libertades hay que ampliarlas y respetarlas.
—¿Qué podría decirnos de cuando Juan Pablo II viajó a México a canonizar a Juan Diego y aquella memorable estancia en Cuba?
—Evaluar el papel del Papa Juan Pablo II en México y en Cuba va más allá de mis pretensiones en este momento. Lo que sí te puedo decir es que tanto para el Papa anterior como para éste, pero sobre todo para Juan Pablo, México era un país crucial, determinante para la fe católica a nivel mundial, sí, pero mucho más en este continente por ser puente entre Estados Unidos y América latina, al grado de que creó una capilla de la Guadalupana en la Basílica de San Pedro, justo a un lado de la tumba de San Pedro Apóstol. México tenía para él una gran importancia, y él apoyó que la Iglesia recobrara la libertad de la que se le privó en algún momento.
—¿De qué forma?
—Cargos de elección pública en México. Hace poco Norberto Carrera Rivera pidió que se ampliaran las libertades religiosas en México, quieren financiamiento del Estado, que la educación pública imparta religión católica, y ahí hay un conflicto muy severo. El gobierno no les debe dar dinero de ninguna manera.
—¿Llegará la feligresía mexicana a querer a Benedicto XVI tanto como a Juan Palbo II?
—La imagen del Papa es fundamental. Juan Pablo II fue un gran comunicador. Su imagen mundial es inigualable. La Iglesia católica se preguntó mucho tiempo quién lo podría reemplazar, y aparentemente se buscó una figura que no se le pareciera, y está bien porque la gente, de cualquier manera, vive comparándolos. Se dice, incluso, que Benedicto es una versión desabrida de Juan Pablo II, y yo no sé si sea así, pero ciertamente no pretende ser como Juan Pablo. Por el contrario, inteligentemente ha buscado desmarcarse.
Lliteras, mexicano de nacimiento, creció en España y estudió en una escuela madrileña católica, recalcitrante, autoritaria y oscurantista. Así la define. Tenía aspiraciones literarias desde adolescente, escribió algunos poemas y, finalmente, decidió ser periodista. Con el maná de la fuente episcopal en su poder, convencido de que las agencias filtran información, y a sabiendas de que las versiones oficiales no coinciden —a veces— con la realidad, se impulsó a publicar éste su primer libro.
Conclusión: Juan Pablo II nunca apareció en la escala de los caballeros más elegantes del mundo; su marketing era el opuesto. Lliteras nos presenta a un maestro en el arte de comunicarse con la gente, bromear y transmitir sentimientos…
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