 Eusebio Ruvalcaba no es –como él aclara insistentemente– ni músico ni historiador de la música ni musicólogo. Para fortuna nuestra, es nada más –y nada menos– un melómano que escribe.
En palabras del propio Ruvalcaba, el melómano
Compra discos, lee biografías de músicos, colecciona programas de mano. Por sus venas circula música. Y muchas veces ama aún más la música que los propios músicos. Pero llora en vez de tocar.
Y es verdad que Eusebio ama más y comprende mejor la música que muchísimos músicos. Y que, escuchando ciertas obras, solo o acompañado de un mezcal y/o de una mujer, suele ponerse a llorar como aquel niño que asistía con su padre, el maestro violinista Higinio Ruvalcaba, a los ensayos del Cuarteto Lener, y que creció escuchando a Haydn, a Mozart, a Beethoven, a Schubert y también –cómo no– a Agustín Lara y a Guty Cárdenas. Sin embargo, Eusebio ha ido más allá que los melómanos comunes y corrientes, aprovechando que, aunque él hubiera deseado escribir notas, su obra ha crecido en forma de literatura. Así, nos ha dado poemas –algunos Con olor a Mozart (UAM-Verdehalago, 1998)– y artículos –reunidos muchos de ellos en Con los oídos abiertos (Paidós, 2001)– que son otras tantas vías hacia el arte de los sonidos, y un libro que es un fervoroso homenaje a su padre: Higinio Ruvalcaba, violinista: una aproximación (Conaculta, 2003).
Ahora que el mundo entero celebra el cumpleaños 250 de Wolfgang Amadeus Mozart, el autor de Un hilito de sangre no ha querido quedarse atrás. Un año con Mozart: 52 tips para escuchar a Mozart festeja al genio salzburgués mediante una propuesta feliz: escuchar, a lo largo de este 2006, una composición de Mozart por semana. El libro, pues, presenta 52 obras de El divino, elegidas por Eusebio Ruvalcaba según su muy soberano gusto. Pero Un año con Mozart es mucho más que tips. El autor se sirve de una gran variedad de recursos para incitarnos a escuchar las obras: relata las circunstancias en que se concibieron, cita testimonios del compositor y de sus contemporáneos, platica anécdotas relacionadas con ellas, las describe en el plano que Copland llama expresivo, nos confía pasajes de su vida personal ligados a ellas, transcribe pasajes biográficos o juicios musicológicos…; por último, para cada composición, sugiere una discografía.
Y sí, claro, hay tips sobre cuándo, cómo y dónde escuchar las obras. El Quinteto en sol menor para dos violas K 516, por ejemplo, “ayuda a soportarse aun en las circunstancias más adversas”, mientras que el concierto para violín apodado “El turco” es indicado “en momentos extremos”. La Sinfonía N. 40 es “de esa música que podría acompañar a un hombre toda su vida”, en tanto que el Cuarteto “De las disonancias” “es ideal para declarar el amor”. La Fantasía en re menor para piano alivia el corazón que ha sufrido una pérdida y, para los “momentos desgastantes, en que la vida parece caminar a marchas forzadas”, nada mejor que el Cuarteto “Prusiano”. El Trío para piano, clarinete y viola “De los bolos” “bien podría acompañar los últimos minutos de un hombre colmado de beatitud”. Para la falta de inspiración artística o para cualquier circunstancia adversa no hay como la Sonata en mi bemol mayor para violín y piano K 481. Y la Sinfonía N. 29 –lo asegura el autor con conocimiento de causa– es ideal para vencer la resistencia de la mujer de un amigo. (No hay que desdeñar las sugerencias en las que el autor vincula la música con el amor o con el alcohol. Como cuando afirma que el Quinteto en re mayor para dos violas K 593 debe escucharse con un mezcal y una mujer. O cuando asegura que la Sonata en sol mayor para violín y piano K 301 va bien con un buen vino, “de esos que invitan a la seducción”.)
Lo que Ruvalcaba se ha propuesto, en primer término, es tender “un puente entre la música y la palabra escrita que no pretende (…) crear confusión sino provocar un acercamiento y compartir una emoción”. Porque “la música brilla con luz propia, no requiere de interpretaciones de ninguna especie; cualquier disquisición verbal, plástica o metafísica sólo tiene validez en el sentido de que nos acerque a la obra, de que nos abra caminos para oírla”. Y el puente que construye en este libro, hecho de su devoción por Mozart, su experiencia como escucha y su oficio de escritor, cumple admirablemente con ese propósito, pues, después de leerlo, uno se siente más amigo del genio y desea escuchar enseguida su obra para identificar alguno de los hallazgos que en ella ha hecho el melómano. Pocos análisis musicales o musicológicos –de por sí difíciles de transitar para los no iniciados– podrían lograr algo parecido.
Pero el puente edificado por el escritor vale también por sí mismo. Un año con Mozart es también una obra literaria que se disfruta sin música. Léase, por ejemplo, el pasaje en que se describe el Adagio y fuga en do menor para cuarteto de cuerdas K 546: “El adagio es introspectivo, la fuga es extrospectiva. Para escribir y comprender un adagio se requiere humildad, para escribir y asumir una fuga se precisa de la hermosa frivolidad de los números, que en el cerebro se orinan como los perros hasta hacer suyos territorios minados.” O este otro en el que se refiere a la cadena de la belleza que une a los grandes maestros y a los simples mortales: “Mientras vivamos, mientras haya un hombre sobre la tierra, esa cadena se mantiene. Y crece, como esos enjambres que se agolpan a la luz de la mañana, como esos cardúmenes que crecen ante nuestros ojos espantados.” O éste, a propósito de la Sonata en sol mayor para violín y piano K 301: “Es éste el Mozart del deleite y el arrobo, de la música por la música, un Mozart a quien parecía no hacer mella nada que no fuera la mística de la música. Es decir, que le bastaba con sacudir los dedos para que las notas escurrieran, semejante al que sumerge las manos en agua y de ese modo se las seca.” ¿Hace falta decir otra cosa?
Por lo demás, debe ponderarse la selección realizada por el autor. Aunque se echan de menos las óperas, Eusebio ha distribuido sabiamente a lo largo del año dotaciones y géneros para conformar una dieta rica y balanceada: sonatas, tríos, cuartetos, quintetos, conciertos, sinfonías, misas… (Sólo me quedan dudas sobre las razones que lo llevaron a escoger determinadas obras para determinadas semanas. ¿Por qué el Quinteto en la mayor para clarinete y cuerdas es la mejor composición para empezar el año? ¿Por qué la Pequeña serenata nocturna es recomendable para la última? ¿Qué ignota razón lo llevó a elegir la Sonata en si bemol para violín y piano K 378 para la semana en que elegiremos al nuevo presidente de México?) La ventaja es que, a diferencia de lo que ocurre con los regímenes para bajar de peso, con éste no pasa nada si, pongamos, en lugar de escuchar el Ave Verum Corpus en la semana indicada lo hacemos ésta o la próxima. De todos modos no es una mala idea escuchar a Mozart con la rigurosidad con que, digamos, se asiste a misa. Es más, ¿no sería excelente hacernos dietas similares para escuchar a otros músicos? ¿O para leer a autores imprescindibles? ¿O para ver películas u obras plásticas?
Por lo pronto, los invito, con Eusebio Ruvalcaba, a seguir este régimen (no es difícil ponerse al día, pues apenas vamos en la undécima semana). Como para abrir boca, el libro viene acompañado de un CD que incluye una grabación histórica del Concierto para violín N. 4 interpretado en vivo por Higinio Ruvalcaba con la Orquesta Sinfónica Nacional bajo la dirección de Carlos Chávez (la memorable cadencia es del propio violinista). Tengan en cuenta que, según Eusebio, “el único requisito para oír a Mozart es ser mayores de amor”. Y que “aunque opongas resistencia, Mozart logra vencer cualquier resistencia” ¿Que qué resultados pueden esperar después de la semana número 52? Pues casi nada: no pesarán menos ni tendrán cintura de avispa o músculos de Charles Atlas, pero serán considerablemente más felices.
Para querer (más) a Mozart
“Mozart no hizo música para subir al cielo; él bajó de ahí mismo para hacerle la vida menos ardua al ser humano.” (P. 16)
“Mozart hace suyo al escucha porque le da lo que quiere oír: una historia de amor y alegría, de sentimientos desgarradores y desgarrados.” (P. 29)
“(…) de haber vivido en esta época, Mozart encabezaría los emblemas más inclementes de los jóvenes. Compondría música de gran calidad que la juventud dilapidaría en los reventones. Y Mozart estaría feliz. Porque para eso fue hecha la música. Como la poesía, para destruirla a los pies de una mujer.” (Pp. 39-40)
“Eso y no otra cosa es la música. Un puente entre los hombres.” (P. 45)
“Si hubiera nacido en el siglo pasado o en este que ahora estamos viviendo, WAM sería el compositor más solicitado para musicalizar películas. No tendría rival. Porque el sabía.
Wolfgang Amadeus Mozart sabía cómo atrapar al escucha, cómo captar su atención, cómo darle a ese hombre la música que ese hombre querría oír.” (Pp. 70-71)
“WAM sabía qué música le iba mejor al amor, o qué música estremecía como si esa música equivaliese a un beso en el cuello –o, mejor aún, en el lóbulo y la oreja toda–, y qué música era ideal para acompañar la alegría, para sentir la alegría en carne propia, o la tristeza o la ira. El desamparo o el cortejo. Wofgang Amadeus conocía a la perfección el tramado de la condición humana y no había emoción a la cual no fuese capaz de ponerle música, exactamente como las alas que debe ajustarse aun el ángel más modesto antes de abandonar el paraíso.” (P. 71)
“A los poetas se les nombraba vates porque vaticinaban a través de la palabra (…) En ese sentido, Mozart es un poeta. Su música nos permite conocernos y nombrarnos como seres humanos.” (Pp. 82-83)
“¿Cómo es posible que de una sola obra emanen todas las emociones humanas? Justo es ahí donde se reconoce la voz del genio-maestro, en que al momento de crear nos muestra el atajo –y el horizonte– a nosotros, simples mortales.” (Sobre el Quinteto en mi bemol mayor para piano e instrumentos de viento K 452, p. 83)
“La música sobrevive por encima de los cometidos religiosos. La religión es nada al lado de la música. La religión se arropa con la música.” (A propósito de la Gran misa en do menor K 427, p. 91)
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