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| Álbum poético Catorce grandes éxitos de Marco Díaz |
| Nueva publicación de unas letras industria editorial |
| Marco Díaz (Fotos: Omar Said Charruf) |

Carta introductoria
La poesía es la palabra del canto. Pero cuando quiero imaginarme qué fue primero, cierro los ojos, recurro a la clarividencia y encuentro que primero fue el cantar y luego las letras, y que fueron precisamente los pájaros los únicos maestros del canto, pues me niego a pensar que lo haya sido un perro o un jabalí. Por lo tanto, la poesía es un descubrimiento del lenguaje o la más hermosa de sus consecuencias. Afortunadamente, desde hace mucho tiempo, se acepta y se tolera que la poesía no lleve música, porque hay el acuerdo secreto de que los versos por sí solos pueden ser capaces de invocar un sentimiento musical. Por desgracia, escribir hoy poesía en las lenguas clásicas europeas es difícil porque son ya idiomas viejos y exhaustos; pero eso no me importa, porque estoy orgulloso de mi lengua materna que es el español. Pues en secreto, cuando intento escribir, creo sentir los influjos de tantos que lo han hecho en esa lengua, desde el primer versificador del Cid Campeador hasta el mexicano Octavio Paz. Sólo así, engreído por esta herencia, logro escribir y aprovechar al máximo el escaso talento que Dios me concedió. En este punto, recuerdo que la escritura de la poesía es un acto religioso que le debe reverencia a un cielo de pocos dioses: el propio Dios, la mujer, la valentía, los paisajes, el otoño y quizá la ciudad. Nuestra tradición, la poesía europeo americana, desde Dante por lo menos, está hecha en las ciudades y para las ciudades. Por eso, cuando el Romanticismo redescubrió la naturaleza lo hizo desde los ojos cándidos de las almas que conocían ya las calles empedradas, las fábricas, los boulevares y los almacenes comerciales. Y aunque no lo conocían, también es seguro que en su corazón ya estaba anidado eso que se daría a llamar materialismo dialéctico y que tanto tiempo le quitaría a los buenos poetas.Yo, como cualquier niño, leí mis primeros poemas en la escuela pública, mas ignoraba que mucho de lo que recitaba en el catecismo católico era también poesía. Cierto día, cuando no pasaba de los quince años, decidí no leerla más. Me había vuelto más materialista, y en mis presentimientos creía que un poema era inútil porque se basaba en las semejanzas, en las metáforas. “Los poetas sólo saben comparar una cosa con otra”, me decía una y otra vez con ruin reduccionismo.
Las cosas cambiaron cuando estaba yo por cumplir veinte. Me enamoré y sentí la necesidad de palabras hermosas, y cuando ella no me hizo caso, lloré e intenté por primera vez escribir un poema. No pude. Entonces regresé a la biblioteca por todos los libros de poemas, y recordé cuánto odio tenía por la poesía del siglo diecinueve. Pero ya estaba decidido a escribir aunque fuese un solo verso. En una noche de aquellos días, a mediados de 1997, acompañé a un par de amigos a una lugar llamado “taller literario”, sostenido por el “Centro Yucateco de Escritores”. Ahí, presentaron sus versos y le pidieron al maestro Jorge Lara que los “tallereara”, es decir, que diera su consentimiento y aprobación. No lo dio, y de inmediato les soltó una letanía que yo más o menos recuerdo así: “¡escribir poesía no es decir ‘hoy me levanté, me bañé, comí frijol con puerco’!”. Cuando él dijo “comí frijol con puerco”, y como lo dijo, sentí que el mundo se me abría y repentinamente tuve el sueño de que algún día escribiría un poema que tuviera ese verso. Era evidente que a mis amigos les estaban dictando el buen modo de escribir versos a través de un supuesto mal ejemplo. Pero esa línea me asombró tanto, que me enojó que fuera maldecida. Yo ya soñaba con salvarla. Pero hay más; terminada la exposición del maestro Lara, apareció el maestro Roger Metri con un paquete. Ante nosotros, lo abrió y salieron ejemplares gratuitos del último número, el 14, de la revista Papel de Literatura, publicada por el gobierno nacional. Es de esas revistas destinadas a sufrir el dolor de los siglos en las bodegas. Pero como la novedad obliga, ambos maestros se pusieron a revisarla y discutirla. De pronto, se detuvieron a la mitad de la revista donde aparecía un poema de un poeta que nos era desconocido, Eduardo Milán, que había ganado recientemente el “Premio Nacional de Poesía Aguascalientes”. Entonces vi sus rostros constreñidos, como si hubieran probado un muy agrio limón, y antes que iniciaran sus sermones, miré mi ejemplar para leer ese poema tan molestoso:Doblar, prolongar el mundoDoblar el cielo, multiplicarEstrellas iluminar: luz, más luzEs tres en la Comedia. Hoy vuelve,Como el eco apaleado del león, el bramido,La onomatopeya. Ella es el gesto más lejanoA la belleza, a la lluvia (ala mojada por la lluvia)Al ayer, la reyerta del tiempoPor quedarse. En vez de dejar irVa con ella, con la vez, quiere besarlaPoseerla en duplicado: “posa para míSin ser mi esposa”. Es una especie dePecíolo, indica que estás en la IndiaCuando no estás en México. No es salvajeComo fue África. Es una imagen fónica que tuvoFrío en el primer derrumbe, dolor durante el derrame,Falta de aire en los cuaternarios. Duplica todo,Explica el ruido de los rubios, su odio a los morenos,La demasía.A mí la cara se me iluminó porque andaba buscando urgentemente poesía contemporánea con la cual identificarme, y he aquí que la tenía entre mis manos. Pero a los maestros el poema les pareció horrendo: lo encontraron sordo, arrítmico, cacofónico, mal hecho. Esa misma noche, de regreso a casa, lo releí tantas veces hasta el punto de memorizármelo. Y cosa inaudita, me prometí comprar cualquier libro de este poeta que ya me entusiasmaba. El sábado siguiente fui a una librería subvencionada por el gobierno nacional, llamada Educal, y solicité al dependiente algún libro de Eduardo Milán. Me ofreció Circa 1994 por 25 pesos; justo lo que tenía en el bolsillo. A partir de ese momento, prácticamente dediqué el resto del año a ese libro y profundicé en el singular estilo del poeta, que me parecía agua nueva, refrescante, como una coca cola:Quiero dejar claro que eso es completamente distintoA lo que escribí antes. Halo, alas, aura, las que teníaSon otras. Yo sólo quiero que me quieran. YoSólo quiero ser un pelícano como mi padre, hijo de pelícanos.(…)Tiempo después, hallé más cosas de él, como sus engorrosos ensayos, que no disfruté, mas sin embargo, me ofrecieron la clave de su obra poética. Pero cosa más importante, aquel libro me sirvió de puente para regresar por completo a casi toda la poesía y redescubrirla. Así, hacia el otoño de 1998, muy contento y surtido de la influencia de Eduardo, me dispuse a escribir un poema:No aún si el color del viento se destintasi el árbol del corazón desangrano no aún.No aún si las abejas bailan el ocho en un dos por cuatrobuscando tréboles de cuatro hojasNo aúnLa suerte no es mi religiónateo del azar, temo de mis pasosa mis espaldas no hay pasado temo más lo que veoEl viento, incoloro, pinta de polvo mi casala de ahora: caliente, mezquina y pequeñaentonces dicen que hay suerte sin embargola casa caducará en cuatrocientos añoscomo un camposanto sin floreses decir, viviré como un minero.Debo, desde luego, estar feliz¿acaso somos felices?(el asfalto, espejo antiespejo, me refleja)no no aún.Y aquí empezó para mí otro drama. En el fondo, sabía que deseaba imitar a Eduardo, y por otro lado sabía que no podía. Era ya un deber hallar mi “propia voz”. Alguna vez leí a Carlos Pellicer diciendo que la descubrió cuando en un paseo a caballo se bajó a tomar la sombra de un árbol, escribió un poema y sintió que ya era su voz. Me alarmaba que un instante como ese nunca llegase a mí.Faltaba entonces reconciliarme plenamente con la poesía decimonónica que aún me causaba escozor al leerla. De nuevo volví a la biblioteca (pública, por supuesto). Empecé con Víctor Hugo y finalicé con él. Mi súbita emoción me hizo pensar que su tiempo está mejor escrito en él que en Baudelaire o Whitman. Hoy así lo sigo creyendo. Quisiera entonces recordar aquí el primer párrafo de su “Tristesse D’Olympio”: Les champs n’étaient point noirs, les cieux n’étaient pas mornes;Non, le jour rayonnait dans un azur sans bornesSur la terre étendu,L’air était plein d’encens et les prés de verdures,Quand il revit ces lieux où par tant de blessuresSon cœur s’est répandu.De esa investigación y estudio, recuerdo también con cariño a Giacomo Leopardi y su encantador “La quiete dopo la tempesta”:Passata è la tempesta:Odo augelli far festa, e la gallina,Tornata in su la via,Che ripete il suo verso. Ecco il serenoChe rompe là da ponente, alla montagna;Sgombrasi la campagna,E chiaro nella valle il fiume appare.Ogni cor si rallegra, in ogni latoRisorge il romorioTorna il lavoro usato.(…)Y por supuesto, no olvido a William Butler Yeats, quien sin ser propiamente un tipo de ese siglo, tiene ese sabor que antes me hacía enojar y ahora me sume en profundas imágenes, como este poema suyo, llamado The Wheel:Through winter-time we call on spring,And through the spring on summer call,And when abounding hedges ringDeclare that winter’s best of all;And after that there is nothing goodBecause the spring-time has not come –Nor know that what disturbs our bloodIs but its longing for the tomb.Así que en esta encerrona poética aprendí que el paisaje es una musa poderosa, una inspiración intensa. Es decir, a los campos, a los valles, a los ríos, a las montañas y hasta la ciudad, se les puede asociar las pasiones y los sentimientos de uno, como en este fregamento de Czeslaw Milosz, un poeta del siglo 20 que conocí en la revista Letras Libres, de Enrique Krauze:Vastos territorios. Cintilantes trenes en la bruma.Los niños andan a campo abierto, todo es gris más allá de una aldea estonia.Royza, capitán de la caballería. Mowczan. Furiosos ventarrones. Nunca más me arrodillaré en mi pequeño país, junto al río,Para que lo pétreo en mí se pueda disolver,Para que nada quede más que mis lágrimas, lágrimas. De pronto, con estas reflexiones, hallé que el paisaje meridano y el yucateco, en general, estaban a mi disposición. Así que sencillamente me puse a escribir un poema tras otro, hasta que un día, el 2 de abril de 2002, escribí ese soñado poema que es “Hoy”, en donde vino a figurar aquella línea de “comí frijol con puerco”. Varios días después y recordando justamente que abril es el mes más cruel, caí en la cuenta de que, al igual que Carlos Pellicer, me sentía justo bajo un árbol sombreado descubriendo quién era yo y qué cosa tan mía había yo escrito. Para diciembre de ese mismo año, di por concluido éste mi primer poemario.Originalmente, pensaba yo titularlo “Nueva poesía tropical”, incluso pensaba buscar a un compositor de cumbias para que le pusiera música (idea a la que aún no he renunciado). Pero mi amigo Víctor Pavón decidió que tendría más impacto si se llamaba como se llama ahora: Catorce grandes éxitos. En tal sentido me siento fuertemente impactado por la música popular contemporánea y en su idea del álbum. Así que este libro es en realidad un álbum poético. Creo que cada uno de los catorce poemas más el bonus track merecen una pequeña explicación de mi parte. “No caer y levantarse” es el único poema que escribí antes de 1997, es de 1996, y que vale la pena. Era cuando leía con militancia a Octavio Paz y Jorge Luis Borges (y lo sigo haciendo). “¿Quién soy?”, del 22 de octubre de 2001, está dedicado a las chorradas del existencialismo francés. “Un día”, del 8 de noviembre de 2001 es una introspección a la comedia de ser un poeta provinciano. “En esta ciudad no hay colinas”, del 7 de octubre de 2001, es la molestia que a veces me da Mérida, la ciudad donde vivo. “Descalzo de futurismo”, del 1 de octubre de 2001, es mi sensación sobre el horrible atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York; como se notará por las fechas, este evento fue un impacto grande para ponerme a escribir, pero en ese momento no me di cuenta de ello. “Antes de que caiga la lluvia”, del 12 de agosto de 2002, es un contra poema a “La quiete dopo la tempesta” de Leopardi. “Un viento norte, tempestuoso”, del 19 de octubre de 2001, es un canto de alegría a la fuga del calor. “Al fondo de la ciudad”, del 22 de noviembre de 2002, está inspirado en la “Tristesse D’Olympio” de Víctor Hugo, sólo que sin un romance que recordar. “La tarde se abandona”, de esa misma fecha, es un modesto himno a la quietud del domingo. “La calle”, del 12 de agosto de 2002, me recuerda una larga lluvia vespertina que estuvo cayendo hasta bien entrada la noche. “Rebosa de blanco”, del 17 de octubre de 2002, es un remake de un viejo poema de 1997 que no quería desechar. “Hace calor”, del 11 de junio de 2002, revela una noche húmeda y calurosa y un insomnio agobiante.“Es una hora de la noche”, del 1 de octubre de 2001, expresa mi admiración a la tranquilidad de una noche. Finalmente, “Hoy”, que ya expliqué antes. Y en el Bonus Track, “Una oración”, que me parece una excelente despedida y que salvé entre los muchos poemas que había descartado para este álbum. Quiero aclarar que estas explicaciones no revelan todo lo que en verdad quise decir en cada poema, porque ni yo lo sabría detallar. Espero que ustedes sí.Quiero dar las gracias al poeta Eduardo Milán por haber escrito Circa 1994. Gracias a ese libro, está existiendo éste que ya es mío. Por desgracia, nunca he conversado con Eduardo, espero hacerlo pronto para que escuche de mi propia voz la palabra maestro. Ahora recuerdo que la única vez que lo vi fue en una conferencia que dio aquí en Mérida. Sólo recuerdo que fui porque quería verle la cara, pues por un asunto de trabajo no podía quedarme. Lo lamento. Quiero dar las gracias a Eugenia Montalván por ofrecerme su proyecto editorial para dar a conocer este libro mío. Me gustaría aclarar que he financiado la mayor parte de la producción, pues no deseo ser un pobre escritor que se muere esperando la limosna de una editorial pública o privada, y encima de eso insultarles por dizque negarme. Quiero dar las gracias a mi amigo Víctor Pavón por el título del libro. Quiero destacar que juntos creamos un personaje llamado The Death Eliot, un poeta mexicano políticamente incorrecto; fue un ejercicio que nos ayudó a entender qué es hacer poesía. Ello ocurrió a mediados del 2001. También nos sirvió para que en el 2002, junto con Guillermo Díaz y también César Salazar, creáramos el personaje de Deisy Loría, por el cual somos conocidos aquí en Mérida. Quiero dar las gracias al fotógrafo Omar Said Charruf, amigo también y testigos mutuos de nuestras cortas carreras. Él ha aceptado siempre que yo haga los panegíricos de sus exposiciones. En esta ocasión, ha aceptado amablemente tomar las fotos de la portada y la contraportada de este libro que, no les había dicho, yo lo diseñé y diagramé por completo. Quiero dar las gracias a los maestros Jorge Lara y Roger Metri, que independientemente de que nunca me identifiqué con sus poemas, creo que su labor de difusión literaria fue un buen respiro para la ciudad. Les agradezco que en esos años, hacia 1997, hayan publicado un poemucho mío en un número especial de su revista, Navegaciones Zur, dedicado a la “poesía novísima” (extraño título por el cual Víctor, Omar, Josué Palomo, Brenda López y Rebeca Huerta se burlaron de mí, ¡vaya amigos!). Quiero dejar en claro que este conjunto de poemas pertenece, a pesar de no saber si estoy en lo correcto, a algo que quiero llamar, ufano, poesía yucateca. Por lo que aprovecho este momento también para definirme: soy un escritor católico; no se qué signifique, pero me llena de orgullo. Siendo así, pido para este libro las bendiciones de Nuestra Señora de Izamal, que es la Virgen de los yucatecos. Por último, quiero dedicar éste mi primer libro, mi primer álbum poético, a Valeria Leyva, una estupenda artista de Tijuana, a quien le prometí en el 2005 que le dedicaría este poemario. Y como las promesas nunca hay que olvidarlas, pues he aquí que el libro es para ti, mi querida Vale. Espero que lo disfrutes.
Marco Díaz 23 de octubre de 2006 Mérida, Yucatán
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