
Hablar de la importancia de la obra de este escritor yucateco no es fácil. Sobre todo en tan poco tiempo y en el marco de un merecido homenaje organizado por la Universidad Autónoma de Yucatán. Comenzaré diciendo que el Macondo del Nobel Gabo, el Comala de Rulfo y el Yoknapatawpha del también Nobel estadounidense William Faulkner me recuerdan a Beyhualé, esa idea concebida por Bestard de abigarrar (o poner a una cosa varios colores combinados en desorden) lo que es la península de Yucatán como una entidad cultural. Y mi colega la Dra. Margaret Shrimpton, ya nos ha hablado sobre el impacto de ese universo literario en el área del Caribe. Como ella muy bien nos ha probado hasta la saciedad, Yucatán también es parte del Caribe. Y me atrevo a echar mano del choteo caribeño que inaugurara el cubano Jorge Mañac en su Indagación al choteo caribeño, con el cual los habitantes de esta región solemos burlarnos de lo que admiramos. Dios me libre, no oso yo burlarme de Joaquín sino de los actos de homenaje porque creo que a ningún escritor le sientan bien y los deja un tanto incómodos. Pero mi rol aquí es hablarles de Bestard y para decirlo en caribeño “ojomenearlo” más que “homenajearlo” porque así decimos en las islas cuando se recurre a estos actos para reconocer la trayectoria de un gran artista.
De todos los libros que he leído de él, siempre se me ha quedado en la memoria Ciento un años Koyoc. Ésta es, para mí, su obra cumbre y Don Maximito, su mejor personaje. Es éste un señor muy bestardiano que nos canta las verdades como las ve, desde su rincón en diálogo con sus arañas. Él se burla de la globalización, de la modernización y de todas las nuevas tecnologías que no hacen otra cosa que atrasarnos como seres humanos. También El cuello del jaguar y su crónica verídica de la Guerra de Castas contada por las mujeres de la península, es una de sus novelas mejor logradas. Ahí se inaugura lo que en otro lugar llamé “narración en rumor”. Es decir, cómo lo que oímos/leemos son meras versiones de la guerra desde el punto de vista tanto criollo femenino y masculino así como indígena y mestizo. Son los rumores de lo que va sucediendo en el cerco del pueblo mítico de Beyhualé, de Valladolid, de Mérida y también sobre las disputas internas de los héroes mayas (Jacinto Pat y Cecilio Chí) por el control del poder. Y esta "narración en rumor" tiene la factura o la hechura de la elipsis poética que nos oculta siempre un punto de apoyo para que el discurso narrativo no sea lineal.
Esta aparente oscuridad de la prosa de Bestard, es una de las quejas más comunes de sus lectores pero no hay nada más que adentrarse sin prisas y a todo pulmón para leerlo y volver de ese viaje totalmente deslumbrados. Porque en su prosa hay toda una poética de lo yucateco en su máxima expresión. Desde sus cuentos, sus ensayos y cartas de Don Maximito publicadas en el periódico Por Esto!, hasta en las conversaciones que sus amigos tenemos con él, podemos escuchar a un narrador nato que no puede hacer otra cosa que inventar. El otro día le instábamos un grupo de maestros a que escribiera algo sobre algún personaje que todos conocemos y Joaquín simplemente nos dijo que él quería seguir yendo por allí y, por eso, no se arriesgaba a inmortalizar el personaje en cuestión. Y ésta es la cautela de los grandes narradores.
Pero quiero cerrar esta brevísima intervención con unos comentarios sobre su primera novela restaurada y publicada por entregas y que todavía espera por un editor valiente que quiera recuperarla para la narrativa peninsular en forma de libro. Me refiero a Un tigre con ojos de jade. En este discurso narrativo podemos encontrar toda la trayectoria del narrador que nos diera después tantos y tan variados libros. En el miedo por ese tigre perdido en la selva yucateca, está también el escritor al acecho de lo difícil que siempre ha sido publicar en nuestro medio desde Mérida, Yucatán hasta San Cristóbal de La Habana, pasando por Santo Domingo y San Juan de Puerto Rico.
Para el escritor del Caribe hispánico, publicar es un reto en una zona tan corta de editoriales y con un mercado ya demasiado viciado por la literatura de emergencia o la también llamada subliteratura.
Un tigre con ojos de jade puede ser una especie de bitácora de lectura para no iniciados en el mundo beyhualense de la tensión entre dzules y mayas durante el periodo de la Guerra de Castas que ha sido recreado ya en sus narraciones posteriores De la misma herida y El cuello del jaguar. Esta primera novela cuenta con todas las claves narratológicas de la descripción para sostener la respiración del narrador que se regodea en su adorada tierra del Mayab como el eje central de toda su obra. Y ése ha sido el centro solar de la obra del escritor Joaquín Bestard Vázquez que esta noche “ojomeneamos”, para decirlo con acento boricua en franco choteo caribeño, porque sé que a nuestro amigo Joaquín los homenajes siempre lo han de poner un poco nervioso. Pero no cuando se trata de hacer justicia y de dar honor a quien honor merece.
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