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¿Quién dijo que Mario Bellatin hace literatura?
Premio Mazatlán 2008 por su obra El gran vidrio
Eugenia Montalván Colón (Fotos: Casa de las Américas)
http://www.unasletras.com/v2/../data/571.mari.jpg
Mérida, 4 de febrero de 2008. No se las vio fácil el compañero Mario Bellatin en Cuba para sacar dinero del cajero; ahí anduvo, impaciente, deambulando de banco en banco, y nada. Todo indica que el sistema bancario de la isla no es compatible con Master Card, ¡qué locura!

Por ratos se le notó agobiado, como puede estar cualquier persona sin dinero, pero hizo de tripas corazón y continuó trabajando, al fin que la Casa de las Américas le había reservado una habitación en el Hotel Jagua de Cienfuegos para que leyera cuentos que la institución premiaría una semana más tarde.

Entre broma y broma, Mario compartió la noticia de que al regresar a México le esperaba un premio (equivalente a poco menos de 8 mil dólares) y que al momento de recibirlo pediría la conversión inmediata de la suma a CUC, moneda circulante en Cuba junto/o paralela a los pesos.

Finalmente, Mario Bellatin cumplió su misión. Dictaminó, en unanimidad con sus colegas, otorgar el premio de cuento a una escritora argentina. 24 horas después de leer el laudo, él estaría —a su vez— escuchando las motivaciones de otro jurado, éste cien por ciento mexicano, tuvo para darle el Premio Mazatlán de Literatura 2008, otorgado por la Universidad Autónoma de Sinaloa y el Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte por su novela El Gran Vidrio (Anagrama, 2007).
 
La buena suerte me hizo compartir con Mario Bellatin este ínter, y tuvimos tiempo hasta para cotorrear. Por suerte, igual, en algún momento pude grabarlo y así comprender mejor cuál es su filosofía ante la escritura.

—Pongo por encima de todas las cosas a la escritura.  No sé qué es la literatura. Lo que hago evidente es el ejercicio de escribir: poner una palabra detrás de otra convirtiéndome en una suerte de lector de este proceso hasta el momento de hacer transmisible esa escritura y, entonces, poder continuar con este ejercicio.

Lo único que realmente me interesa es ver aparecer una letra detrás de otra. Para mí eso es algo mágico, y es lo único que me acompaña en la vida desde que soy niño, y trato de mantener ese estado primigenio todo el tiempo. No sé si eso se llamará literatura, si se tratará de un cuento o una novela; eso dependerá del otro.  A mí lo que me interesa es lograr que este ejercicio tenga una coherencia determinada para poder seguir ejercitándolo.

La magia implica ingenio. No es el truco por el truco, ¿o si?

—No sé si es un acto mágico o patológico (risas). Ahora me siento más tranquilo respecto a este deseo de pasar horas y horas escribiendo, pues hubo épocas en mi vida en las que la necesidad de escribir por escribir era terrible, sobre todo porque esto es algo intangible, tan sutil... Aparentemente no viene de ninguna parte ese deseo.

Ahora tengo todo mucho más domesticado, por decirlo de alguna manera, pero hubo épocas en mi vida —sobre todo las que viví aquí en Cuba, en los años 80— que pasaba 20 horas con un mismo texto, con esa carga, esa necesidad de escribir por escribir… Era terrible, y encima sentía terror de despertarme en la mañana y que eso ya no existiera más.

El talento no desaparece.

—Eso no es talento, es una locura, es fanatismo… No sé qué es (risas).

El autor de El arte de enseñar a escribir (Fondo de Cultura Económica, 2006), libro de portada engañosa que aparentemente es un ensayo y que consiste solamente en la recopilación de textos de diversos artistas sobre su participación en la Escuela Dinámica de Escritores fundada por Bellatin, transmite —personalmente— una actitud ambigua. Aparentemente es "pesado", pero para nada. Es un ser de paz.

Para él por encima del talento hay “una fuerza y para que ésta no se te revierta tienes que tratar —por todos los medios— de construir con ella algo que tenga una dimensión estética y una dimensión comunicable.

“Ese era el temor que yo tenía al principio, dice, que se revirtiera esta fuerza”.

Se refiere a cuando era niño y escribió su primer libro sobre historias de perros, cosa que “generó confusión en mi familia porque hacía algo que no estaba previsto que hiciera. No era una tarea escolar y tampoco formaba parte de un juego o concurso que me fuera a dar como premio un viaje a Disneylandia”...

Para Mario Bellatin la esencia de su oficio como escritor deviene de cuando en aquellos años de infancia copiaba incansablemente en su cuaderno toda la información de las etiquetas de los envases del café, la leche, el cereal, la mermelada, etcétera. Igualmente dice que copiaba, en una vieja máquina de escribir, páginas enteras del directorio telefónico, los recibos de la luz y el agua…

“Ahí surgió todo, asegura. Siento que no tengo absolutamente nada qué decir y tampoco quisiera tener algo que decir, como cierta literatura, ¿no?

"Al momento de dejar libre ese espacio (la obsesión de tener algo que decir), dices muchas más cosas y dejas de pretender usar la escritura para hallar respuestas —impostadas, falsas o imaginarias— a preguntas que no las tienen. A mí  esto a su vez me permite encontrarme con sorpresas todo el tiempo”.


¿Y, partiendo de esto, qué importancia tiene para ti publicar?

—Mucho. El fin de la escritura es generar nueva escritura. No me interesa ser parte de un circuito literario o lo que se le parezca, sino estar constantemente escribiendo. Escribo para escribir más. Es la premisa de la que no quisiera apartarme, pues la detecté después de muchos años.

Que consideres tu primer libro aquel que escribiste de niño hace indispensable volver a él. ¿Por qué sobre perros?

—Tenía prohibido tener perros (risas).

La conversación continúa... Hablamos posteriormente del libro que recién me había regalado: La jornada de la mona y el paciente (Almadía, 2007) y que leí en las madrugadas en mi habitación de la calle E en El Vedado. Por ahora, sin embargo, transcribo sólo una primera parte de la entrevista, sin dejar de mencionar que
el jurado del premio Mazatlán por obra publicada, integrado por Vicente Leñero, Juan Villoro y José Agustín, coincidieron en que El gran vidrio de Bellatin (México, D.F., 1960) refleja a un escritor sumamente original, que hace una literatura fragmentaria.

Villoro, por su parte, asegura que el lenguaje de Mario Bellatin es muy claro y fácil de entender; lo que es bastante complejo es la imaginación que él pone en juego en la forma en que estructura sus libros.

Tiene razón. Yo cada noche apagaba la luz pensando lo mismo...

Bellatin tambien ha obtenido el Premio Médicis por su novela Salón de belleza en el 2000 y el Premio Villaurrutia por su novela Flores en el 2001.