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Andanzas eusebianas
Columna semanal
Eusebio Ruvalcaba
http://www.unasletras.com/v2/../data/166.devils_dance.jpg
Prosigo la lectura de Vidas escritas de Javier Marías y caigo en la cuenta de que los Retratos literarios (Paidós) de Salvador Hernández Padilla es un buen complemento de este libro. Entre ambos textos se traza una muy recomendable cartografía literaria. Claro está —y esto no es a modo de comparación—, que cada autor pone el ojo en  determinadas facetas de sus estudiosos estudiados. Mientras que Javier Marías —ácido y carroñero, irónico y corrosivo como excusado de hotel de paso de La Merced (hay que ver lo que dice de la esposa de Stevenson, del estómago de Mann, de la lírica de Rilke)— apunta su arma hacia las manías, esas características chuscas propias de los llamados escritores, Hernández Padilla se detiene en tal o cual circunstancia adversa que se atravesó en la vida de aquel hombre, y que contribuyó a hacer de ese hombre lo que fue. Más aún: Javier Marías se ocupa especialmente del hombre-individuo, mientras que Hernández Padilla reflexiona en ese hombre y su contorno social. Vale la pena leer ambos libros a la par, o uno enseguida del otro. Respecto de los escritores en que coinciden —Conrad, Stevenson, Faulkner...—, queda un buen sabor de boca. Da la impresión —mejor si se les ha leído— de que finalmente se les conoce un poco más.

Tengo en mis manos un libro de música extraordinario, tal vez el más hermoso que me ha tocado ver: Músicas nocturnas (Paidós) de Michel Schneider (acaso superior en cuanto al esfuerzo y deleite editorial a la biografía de Beethoven en cinco volúmenes de Romain Rolland  y a la guía de música de cámara de François René Tranchefort). Lo iré desgajando poco a poco, tal como se educa a una mujer en el amor. De entrada, dice: “Hablar de la música es difícil. Escribir sobre ella, peligroso y quizás inútil. No porque tenga que ver con lo incomunicable, con lo inefable, con el sentimiento, con lo borroso, con el alma y lo vago del alma, o que las palabras destruyan, al expresarlos, ese conjunto de movimientos afectivos. Al contrario, es un pensamiento más preciso que el pensamiento verbal, y las palabras son las que siembran vaguedad en esta lógica mucho más rigurosa que la de la lengua. La música es un lenguaje que no miente, que no engaña. No tiene piedad. La música es el límite del lenguaje”.

Escucho a uno de los grandes del violín de los últimos tiempos: Gil Shaham. El disco, que lleva el hermoso título de Devil’s dance (Deutsche Grammophon) y que me obsequió María Elena Vilchis, esa íntegra mujer que desde los más diversos cargos, tanto en la burocracia como en la iniciativa privada, ha puesto su granito de arena por impulsar la música en México, el disco, pues, constituye un homenaje tanto al carácter demoniaco del instrumento (por sus dificultades técnicas irresolubles) como a cierta fase negra del repertorio violinístico. Se trata de 13 —¡13!— piezas, cuya simple enumeración habla por sí misma, y que van de la “Danza del diablo” de John Williams a la “Canción de cuna de Transilvania” de John Morris; de la “Danza macabra” de Saint-Saëns a “El fantasma elegante” de William Bolcom, sin dejar de lado la celebérrima sonata de “El trino del diablo” de Tartini. Habría que añadir que Gil Shaham, acompañado al piano por Jonathan Feldman, toca endiabladamente bien.

eusebius1951@cablevision.net.mx