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Aversión a los talleres
Entrevista con Joaquín Peón Iñiguez
Ricardeo E. Tatto (Foto: unasletras)
Mérida, 6 de julio de 2007. A raíz de la presentación de su novela, La casa de todos, en el auditorio de la Universidad Modelo hace poco más de un mes, se programó una charla con el autor, Joaquín Peón Iñiguez, en el espacio literario “Rumor de letras”, en el local del restaurante Amaro (calle 59 x 60 y 62), el miércoles 4 a las 8 de la noche.

 Antes de dicho evento, el sábado 30 de junio para ser exactos, me propuse entrevistar al joven escritor y columnista de un periódico local en la peña del mismo nombre que el libro. Sin embargo, debido a situaciones inesperadas e interrupciones impertinentes, nos vimos obligados a finalizar la entrevista el lunes 2 de julio en el confortable Café Pop de la 57.
 
¿Cómo nace la idea de hacer una novela?

—Estuve escribiendo unos cuentos, y lo más largo que había escrito fueron relatos de 8 páginas. Después me sacaron de la preparatoria y decidí aprovechar ese tiempo; así empecé a concebir la novela, tratando de hacer algo original ya que me sentía inconforme haciendo sólo una obra estética, quería algo que no fuera estático, literatura con una función social. Me tomó 8 meses escribirla y año y medio en revisarla y corregirla. Surgió como una inconformidad con la realidad y la situación del hombre posmoderno, queriendo cuestionar ciertos asuntos básicos enfocados a Yucatán. Considero que hay muchas cosas particulares que se reflejan universalmente, los problemas que hay aquí son los problemas del hombre actual.

¿Cuándo empezó el proyecto y cuando finalizó?

—En marzo del 2005 empecé a escribir y terminé alrededor de diciembre de ese mismo año. Después lo dejé descansar y, eventualmente, lo retomaba por periodos para que el texto reposara y pudiera tener una visión mas objetiva. Lo trabajé con mi padre (que es licenciado en filosofía y letras), quien me apoyó con la corrección del proceso dialéctico que fue bastante exhaustivo; a cada capítulo que escribí él le dio algunas leídas y luego lo discutíamos juntos.

¿Qué tanto de lo aprendido a lo largo de un año de carrera (en letras hispánicas) incorporaste en el libro?

—Nada. Eso se verá reflejado en lo que escriba a futuro, donde creo que se verá una madurez y una mejoría porque sí aporta mucho el análisis académico. Si acaso se note en la corrección realizada en los primeros meses que empecé a cursar la licenciatura, pero todo fue escrito anteriormente a este periodo. Lo que aporta la universidad es una visión mas completa y ayuda a saber qué clase de literatura no quieres hacer; en mi caso, literatura superficial y hueca.

Sé que eres metódico, obsesivo y, por lo mismo, riguroso; es decir, tienes oficio, ¿qué me puedes decir acerca de eso?

—Te confieso que en este momento estoy en una crisis en cuanto a la escritura, ya que no sé qué valor social tenga en realidad, en el sentido de que posea el potencial para transformar a la sociedad, ya que si la literatura no alcanza un poco de esa función para mí no sirve de nada. Desprecio que se vea al escritor como una figura inmortal y mítica, ya que es sólo un trabajo. Al menos yo no busqué eso,  me salió con relativa facilidad y lo que yo estaba buscando era hacer una literatura contracultural, de oposición, anarquista e irreverente.

Con respecto al proceso, yo sabía que García Márquez y Hemingway se sentaban mínimo 4 horas al día para escribir, así que obviamente yo debía hacer lo menos las mismas horas diarias o más, ya que lo mínimo que debía hacer era asumir un compromiso con el trabajo de escritor; no perder de vista la misión ética, y tener esa rutina con el proyecto, lo que significa sentarte a diario a escribir, corregir y reflexionar. Yo le tengo cierta aversión a los talleres, ya que entorpecen el proceso creativo porque te dicen cómo escribir, y yo prefiero la angustia de odiar y de amar el texto; todas esas etapas muy íntimas por las que pasas al estar escribiendo.

¿Por qué decidiste publicar por tu cuenta?

—Originalmente mandé mi novela a un par de editoriales: Cal y arena y Planeta. Es curioso cuando no sabes como funciona el negocio de la literatura. Ambas se mostraron interesadas, que supongo es lo que le dicen a todos. Después leí un artículo pesimista de una persona que había trabajado en una editorial y decía que los libros que reciben la enorme mayoría los mandan directo al bote de la basura, ya que reciben tantos que no los leen, a menos de que vengan con una recomendación seria. Yo quería que el libro saliera de Yucatán, por eso nunca consideré publicar con alguna institución local como el ICY o el Ayuntamiento, y me encontré con Libros en Red.

No lo escondo, yo pagué por esta publicación, pero aun así antes pasé por un proceso de selección con esa editorial y después me ofrecieron ciertas cosas que otra editorial no hubiera podido, como que estuviera a la venta en Amazon, Barnes & Noble, y a pedido desde el sitio web de la editorial para cualquier parte del mundo. Además de cierta libertad para decidir sobre la portada; es decir, más injerencia creativa y control sobre el libro.

Ahora Joaquín, la pregunta obligada, ¿por qué La casa de todos?

— (Risas) Es la pregunta del millón, todos me preguntan que si tiene algo que ver con la peña del mismo nombre. Mi respuesta es que sí y no. Cuando vine a Mérida alrededor de hace 7 años, me encantó ese lugar, ya que provenía de un ambiente fresa y conservador, y al toparme con ese sitio para mí significó mucho hallar ese espacio de rebelión en Yucatán (ahora hay muchos más). Definitivamente no niego su relación, aunque el significado de “La casa de todos” va cambiando a lo largo del libro, por lo que vemos 5 versiones distintas del concepto, y sólo una obedece a la relación con el sitio existente en la realidad. Con respecto al protagonista de la novela (de nombre Lorenzo Por Casualidad), no tiene nada que ver con el Lorenzo de la Casa de todos, sino que más bien surge cuando una vez estando en Cuba, alguien se me acercó y me dijo: ¿Disculpe, es usté Lorenzo por casualidad?

¿Qué es para ti La casa de todos? Háblame del significado o concepto que tú quieras darle.

—Un espacio de convivencia, digamos una especie de comuna donde la justicia reine sobre todos, y por justicia me refiero además de los conceptos marxistas sociales básicos, a la justicia que merece el lenguaje que no tiene. Unos de los puntos clave en la novela es que el lenguaje está viciado, todo tiene una carga conceptual de siglos y siglos, y hay muchas cosas que no tienen el valor que les corresponde. Pienso que hay que mirar las cosas con honestidad, mirar al hombre con honestidad, mirar la ética y la libertad y discernir qué significan en realidad, no juzgar a partir del bagaje histórico que tengan, sino darle a cada cosa lo que merece, no el que le han dado en un mundo donde se le arroja y todo ya tiene un valor asignado.

¿Por qué en la novela predomina lo lúdico, el jugueteo con el mundo onírico y la filosofía pero, además, la crítica social a nivel local y la reflexión sobre la naturaleza del ser humano como tal?

—Está muy influenciada la temática de la novela por “El libro del desasosiego” de Fernando Pessoa, y en este caso al igual que su personaje Bernardo Soares, reconozco que estoy abusando de la literatura. Le estoy sacando provecho maquiavélicamente, porque a mí lo que me importa es la carga filosófica del libro. Sin embargo, no estamos entrenados para leer un libro sobre filosofía ya que con trabajo se lee algo de poesía y narrativa en las escuelas; por lo tanto, si meto este tipo de propuesta filosófica con un texto narrativo es una manera más entretenida de irse acercando a ella.

En cuanto a la cuestión onírica, fue algo del momento, un recurso que me permitió darme ciertos lujos fuera del plano real, con un tipo de lenguaje más abstracto y la inclusión de símbolos.


Con respecto a la crítica social que haces en el libro, ¿qué tan bien conoces a la sociedad yucateca?

—Pienso que en el momento que la escribí tenía una visión limitada de la sociedad. No obstante, me enfoqué en el grupo poderoso y dominante de Yucatán: la casta divina. Todo la riqueza está dividida entre unas cuantas familias, acaparan los espacios y no se puede avanzar de esa forma. Creo que capté bien a ese sector de la sociedad conservadora, los que están todos los domingos a las 12 en la iglesia y al salir se atacan unos a los otros. Reflejo a ese sector con justicia y agresividad porque se merecen eso y mucho más. Sin embargo, reconozco que hay otras fuerzas en Yucatán que son susceptibles de lo mismo y que no están representadas en el libro.

Entonces es claro lo que te desagrada. ¿Qué es lo que te gusta de Yucatán?

—La juventud yucateca, mis contemporáneos. Veo mucha esperanza y que vivimos un tiempo histórico importante, ya que existe una efervescencia artística y cultural cada vez mayor entre los jóvenes que están haciendo cosas, creando, y que poco a poco empiezan a tener una preocupación social. No soy tan pesimista como antes, ya que veo mucho potencial que no ha sido explotado. Los jóvenes estamos inconformes, pero el gobierno quiere infligir miedo a la represión, herencia del terror infundido a raíz del 68, que es lo que ha provocado tanta indiferencia y poco interés y valentía por las causas sociales, lo que se ha visto reflejado en los últimos años en la apatía de los jóvenes. Afortunadamente, esto empieza a cambiar; por eso hay que buscar otras expresiones y manifestaciones originales además de las marchas. Soluciones creativas a las preocupaciones sociales.

Es hora de perder la paciencia, nos quieren manejar y ya es tiempo de impacientarnos, que todo el trabajo intelectual se traslade al plano de la acción propositiva.

¿Influencias literarias o de otra índole?

—De todo tipo. Pessoa, Saramago y Sartre. Fellini, Bergman y Kieslowski. Dylan, Sabina y Leonard Cohen. También Sabines, pero sobre todo, mi padre y mi madre, ambos lectores y humanistas.

¿Proyectos a futuro?

—Una gira para presentar mi libro en las universidades, y donde sea que me brinden el espacio. Terminar un libro de cuentos que ya casi finalizo y una novela titulada Ciudad Pantano: Naúfragos en cemento, que es sobre una urbe ficticia llena de gente enajenada e indiferente a su entorno, que vive en un ambiente de completa distopía.

Así finalizó la amena charla, en una tarde calurosa y llena de lluvia en lunes, mientras tras el velo del humeante cigarro y el vaho desprendido de la taza de café, surgieron comentarios de la vida literaria y el doble estándar de la sociedad en Yucatán, en específico de su capital, Mérida, en donde tantas contradicciones confluyen en sus encharcadas calles.

Entrevista publicada en el diario Por Esto! el 4 de julio de 2007.