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Bogavante, de Curiel Rivera, a la venta en México
Escribió la novela en Madrid, y se nota
Texto y fotos: Eugenia Montalván Colón
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Mérida, 13 de abril. El escritor Adrián Curiel Rivera (México, D.F., 1969), empieza el año con el pie derecho. Publica Bogavante (Axial), y en cuestión de días o semanas debe recibir noticias de la aparición en librerías de otra novela suya, ésta bajo el sello del Conaculta.

Bogavante se publicó en Madrid con mucho éxito en el 2000; el suplemento cultural del periódico El Mundo la designó como una de las 10 mejores novelas del año. La edición mexicana es impecable. En la portada vemos un crustáceo aferrado al mango de una espada y, de fondo, La Gran Vía.

Se trata de una historia larga (236 páginas en tipografía pequeña), cuyo protagonista es un mexicano aspirante a artista que, por suerte, consigue una beca para estudiar en Madrid.

El libro se compone de dos novelas, una de ellas, de ¡vikingos! Ésta viene al final, como apéndice; la parte más gruesa es totalmente urbana y contemporánea con Homero Gómez pretendiendo pasar por ciudadano del mundo también en Boston. Una y otra historia funcionan de manera independiente, aunque Homero no deja de hacer referencia a Boris, el vikingo que le cambia la vida.


Con los bogavantes nos vamos a encontrar de repente. Acaso cuando Homero se deleite observándolos en las vitrinas de algunos restaurantes madrileños o incluso comiéndolos.

¿Fue determinante irte a Madrid para asumir —de manera ineludible— que serías escritor?

—Efectivamente, yo sólo tenía preparado un libro de relatos: Unos niños inundaron la casa, que llevaba 5 años esperando ser publicado en la editorial Cal y Arena. No tenía ninguna certeza de que saliera, y me encontraba en la coyuntura de ser un estudiante mexicano con toda la ilusión de hacer la Europa en España estudiando un doctorado que no me cautivaba en lo más mínimo, y con el deseo de demostrar, sobre todo a mí, que era narrador. Fue una etapa muy demandante en el sentido de que tenía que pasar por esa tour de force, hacer un ejercicio de disciplina y seriedad para escribir algo con cierta entidad.

Empecé, entonces, a escribir unos relatos sobre vikingos porque el tema siempre me ha fascinado, y poco a poco los textos vikingos que se referían a la saga que relata la llegada de los escandinavos al norte de América, empezaron a ser desbordados por las circunstancias de mi vida, y esos relatos comenzaron a quedar encuadrados en otro texto que era el relato de las circunstancias por las que yo estaba pasando.

De acuerdo a lo que vemos en la novela, te pones en los pantalones del vikingo, digamos.

—En la novela hay un juego de muchos espejos. El protagonista —que se llama Homero Gómez— tiene una relación fonética con el nombre científico de los crustáceos homarus gamarus, es decir, los bogavantes. Homero, quien como el autor de la novela, estaba fascinado no sólo por los vikingos, sino por los bogavantes que veía en los restaurantes de Madrid a través de las vitrinas, se sentía —él mismo— un crustáceo atrapado por la vida cotidiana.

Entonces, hay un juego de identificaciones entre el autor de la novela; Homero, el protagonista; Boris, el danés de nombre eslavo (protagonista de los textos vikingos que lee Homero Gómez) y los propios crustáceos que esperan ser pasados por los vapores de la olla para ser deglutidos posteriormente.

Insisto, a la hora de escribir, ¿te sentías un vikingo?

—Ah, por supuesto, escribir una novela era para mí una empresa épica, y no era —lo pensaba yo entonces— una novela cualquiera, sino tenía que ser una novela en la que el escritor como artista apostara absolutamente todo, un ejercicio extremo de hasta dónde puede uno llegar en sus capacidades creativas. No se trataba solamente del deseo de probarme como escritor y dar una tajada a ese pastel de glamour con el que uno siempre fantasea, era además una auténtica empresa épica que yo debía acometer como un guerrero, como un vikingo.

Sorprende la cantidad de páginas por las que hay que transcurrir hasta que por fin hacen su aparición los famosos bogavantes, ¡empezando por su definición!

—Eso tiene que ver con el efecto sorpresa del texto. Se va revelando al final, así como el desenlace del triángulo amoroso entre Homero Gómez, su novia Laura Gálvez, una mexicana nice con mucho carácter, y su amor con Lola Madrid, ni más ni menos la mejor amiga de Laura.

En Homero tenemos, por una parte, a un personaje común y corriente, mientras que el bogavante es un bicho (como le llamas), extraordinario. ¿Qué dirías de este contraste?

—La novela —en suma— es la búsqueda de un paraíso terrenal, es la búsqueda de Vinlandya, aquella ciudad mítica que en teoría fundaron los vikingos en el norte de América. No se sabe si estuvo en Boston, Nueva York, Cape Cod…

¿Pero sí existió Vinlandia?

—No se sabe. Lo que es cierto es que los vikingos llegaron a finales del siglo X a Groenlandia, y ahí establecieron unas granjas, y se dice que posteriormente uno de estos grupos, descendiente de Erik el Rojo,  efectivamente llegaron a tres puntos distintos —entre ellos Vinlandia— que se caracterizaban porque se daba espontáneamente el vino y había ríos en los que nadaban salmones que ellos pescaban simplemente con estirar la mano.

Entonces, Homero en sus avatares cotidianos vive la búsqueda de Vinlandia, aunque en realidad es un gran perdedor. Prácticamente todos sus proyectos se frustran irremediablemente, pero para él las efímeras victorias que consigue refulgen como una constelación de soles. Ese es un poco el mensaje de la novela, que trata también de explotar como recurso el humor y la ironía de las pretensiones propias y ajenas de los grandes proyectos que albergamos en alguna época, y que la realidad desmenuza frente a nuestras narices, generalmente.

La lectura de Bogavante hace reír con ganas. Hay diálogos espléndidos. Sin embargo, no se trata de una novela de humor; de éste vemos —más bien— el reverso de la moneda, lo trágico que puede encerrar una situación cotidiana o una vivencia en la que ante todo se antepone el corazón.