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Bogavante, saga vikinga superpuesta en la vida actual
Reseña de la novela de Adrián Curiel Rivera que anoche se dio a conocer en Mérida
María Elena Llana
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Mérida, 30 de octubre de 2008. El XXV Otoño Cultural dio cabida anoche a la presentación de Bogavante, novela de Adrián Curiel Rivera (Axial/Colofón, 2008). Los comentaristas de la obra fueron María Elena Llana y José Ramón Enríquez. unasletras participó como enlace entre el Instituto de Cultura de Yucatán y los escritores invitados con el objeto de promover el consumo de buena literatura.

Hoy publicamos la reseña de María Elena Llana.


Una saga vikinga superpuesta en la vida actual y cotidiana de un hombre que como los grandes crustáceos abisales, digamos el bogavante, es solitario y patriótico, nos entrega Adrián Curiel Rivera como pretexto de su excelente abordaje del hecho literario, donde idioma, reflexión, caracteres, espacios, mundos posibles e imaginados se conjugan para proporcionarnos algo tan valuable como una lectura sin agobios estilísticos ni tecnicismos protagónicos.

Algo tan valuable como el placer de leer manteniendo al mismo tiempo la noción de estar en presencia de un autor que, además de escribir, se propone algo más que llenar un espacio con prosa calificada. Es decir, que su evidente propósito es volcar en el  texto su constante evaluación y conceptualización de la vida y sus gentes. Un texto asaltado una y otra vez por el puntazo del humor, que lejos de la intención meramente lúdica, conlleva un elemento de juicio, el ultrapropósito de aportar elementos de valoración, mucho mas profundos que la simple comparación objetiva.

Homero Gómez, el personaje protagónico participa de una historia que se vincula con las sagas mas remotas y, por lo tanto, la lectura de sus peripecias debe enfrentarse como la de un palimpsesto, por sus superposiciones, sus referentes, sus identificaciones con algo tan inasible como lo soñado por gentes que a su vez fueron soñadas.   


Fiel y efectivo servidor del autor es este excelente personaje de Homero Gómez, pues su diseño le permite expresarse libremente, en una tercera persona que deja en manos de Homero toda la responsabilidad de sus actos, de sus meditaciones, de sus anhelos y fracasos, pequeños o vitales.

Puede afirmarse que con Homero, o a través de Homero, o valiéndose de Homero, o auxiliado por Homero, o engañado por Homero, Adrián establece un diálogo con la inmediatez de las circunstancias, energizado por la imaginación y encarnado en el lenguaje.

 
No es difícil identificarse con este personaje y disfrutar sus acertijos mentales pues también forman parte de nuestra propia saga, la no menos fantástica de lo cotidiano. Así, cuando Homero Gómez llega al apartamento de su mujer, Laura, en la muy culta ciudad de Boston, se enfrenta a un microondas que parece una invención diabólica en su complejidad técnica. Lo humaniza, considerándolo tan grande, con tantos botones, que  bien puede merecer el apelativo de macroondas. Y llega a sentirlo como una especie de enemigo agazapado, vigilante, alguien que lo espía en un apartamento que, después de todo, habita antes que él.
 

Y esa simple observación nos dice mucho mas de Homero, que los mejores párrafos descriptivos pues nos planta de lleno en el enfrentamiento transculturado de un hombre que no se siente bien ni cuando se va ni cuando se queda. Entre otras  posibilidades porque padece la desubicacion de quien busca instalarse en la utopía, sin poder evadirse de una realidad que a cada paso lo asalta.


Así, Homero Gómez siente que va de Ciudad México a Boston, la gran ciudad europea mas inmediata, buscando la Vinlandia donde su fantasía instala el paraíso terrenal. Y justo en ese momento se pregunta si la mítica ciudad vikinga no se fundó realmente en Technotitlan y por ende, lejos de ir a su encuentro, la está dejando atrás.


En general es una actitud muy frecuente en el actual momento de migraciones económicas, disfrazadas siempre por los viejos fulgores de los Dorados y los Potosís. En el caso específico de Homero la migración (también económica puesto que no tiene empleo)  se produce en base al espejismo del amor. Laura, su pareja, puede brindarle una vida cómoda en Boston, uno de cuyos precios es soportar que le diga cosito cariñosa y protectoramente, como la mamá que mima al hijo grande que no acaba de crecer. A quien, por supuesto, tampoco le interesa crecer.

En el juego del idioma, pudiera pensarse que un bogavante, puesto que de leyendas de conquistas marítimas se trata, es algo así como un holandés errante, o un argonauta. Pero no. Es un animal marino parecido a la langosta.


Para mayor información, el bogavante es solitario porque vive en las profundidades marinas, de ahí que su pesca sea difícil y su precio alto. Y patriótico porque no se adapta a otras aguas que las propias.  El dato más patético que se nos ofrece de esta criatura es su gran resistencia física, lo mucho que tarda en morir, puesto que puede estar hasta cuatro días fuera de su medio. Y sin duda cuatro días para un crustáceo debe ser bastante tiempo.


Volviendo a Homero  Gómez,  a sus avatares cotidianos, debemos señalar que, más que un bohemio alérgico al trabajo, es un transeúnte del arte, en aras de una vocación pictórica que no encuentra su espacio. Pero aquí no hablamos de inquietudes existenciales o metafísicas, sino del espacio literal. En una palabra, Homero no tiene un lugar donde colocar el caballete y ponerse a pintar. Tenaz, lejos de renunciar, se limita a posponer la ejecución de su obra.

Su trashumancia no es pasiva pues sus observaciones del entorno revelan una personalidad analítica que intenta algo tan completo como la posición equidistante, justa, la objetividad.


Por eso, aunque su relación con Laura lo instale en un mundo citadino pudiente, él se lo plantea como un museo de la suntuosidad, en contraposición al de los miserables o muertos de hambre que no tienen acceso legal a él. Parece que, a través de Homero, vamos a entrar en la inquietud social mesiánica, pero no. Homero no es un Mesías ni se lo cree. Al momento razona que esos desposeídos se las arreglaran para entrar en contacto con las mercancías de las grandes tiendas departamentales. Y aunque no se menciona la palabra robo, queda explicita, con la atenuante de que ese acto estará avalado por un resentimiento social cuidadosa, milenariamente pulido.


Y otra vez enfrenamos el palimpsesto. Los tiempos superpuestos, el presente como continuidad de un  pasado, tan remoto como los vikingos o la conquista española. De cierta forma la teoría del caos que coloquialmente se soluciona con el refrán de que aquellos polvos trajeron estos lodos. Todo se concatena, progresiva pero también regresivamene como el viaje a la semilla planteado en la reflexión sobre una sigla anarquista inscripta en una pared desde antes de que los albañiles la construyeran.

Este es el reto que, a través de Homero Gómez –pintor,  para proxeneta, soñador, vikingo o crustáceo—  se plantea Adrián Curiel Rivera en esta cautivante novela donde el idioma es una pieza acabada, consustanciada con sus planteamientos, sin fisura, con la tersura que debieron tener los bellos frisos griegos recién salidos de las manos de sus hacedores. Y cuando digo tersura no es simple metáfora, sino un termino literal pues, devota profunda como soy del idioma, de nuestro idioma, creo que este magisterio de manejarlo con propiedad y con belleza, sin recurrir a sus muchas posibilidades de enrevesamiento barroco, es uno de los valores que en Bogavante se van haciendo palpables a medida que avanzamos en una historia en que inteligencia, sentimiento y humor se dan la mano.


Es un humor amargo, analítico que como todo el transcurrir de la novela no se detiene en el personaje o la situación que lo provoca, sino que los trasciende. La sorpresa de Homero porque un Santa Claus le abra la puerta de un ascensor, lo hace pensar en el mucho sadismo que encierra hacer que una persona se vista así. Es todo un tratado de ética de las relaciones humanas. Y, por extensión la sorpresa de un mundo mas cercano a sus marcas identitarias frente a otro, en definitiva ajeno, cuyos postulados, aceptados de usual como signos de progreso,  de repente lo asaltan como un desatino.

Hay un guiño de paronimia entre la palabra Bogavante, nombre de un crustáceo y los remeros o Bogantes que impulsaban las naves vikingas en busca de la tierra verde de Groenlandia, que resulto ser un blanco bloque de nieve, es decir, un fraude. Pero por supuesto si sus primitivos descubridores dicen como era en realidad, nadie se hubiera lanzado a buscarla.


El caso es que Homero Gómez, tras leer la historia de Boris, el danés que tenia nombre eslavo, toma su lugar, traspola su trashumancia actual en aquel viaje a lo desconocido soñado por los vikingos. Derrotado, se produce el giro licantrópico, al sentirse  convertido, o más bien identificado con una langosta gigante, con cuyo nombre el suyo registra una premonitoria sinonimia: Homero Gómez – Homarus Gammarus.


Y como pese a todas sus fantasías, etílicas o artísticas, Homero es un sibarita, no tiene más remedio que plantearse el acto caníbal de comerse uno de esos apetitosos, patrióticos y sufridos animales acompañado, desde luego por una buena botella de vino.

Terminada la historia de Homero comienza la saga enmarcada de Boris, se revela el manuscrito hallado, con el viejo y consagrado recurso de los papeles de Cide Hamete Benengeli, de una continuación de la leyenda de los vikingos y la llegada de los escandinavos al norte del continente americano.
  
Es un pretexto para continuar una prosa llena de jugosas reflexiones, de un elegante y no corrosivo sarcasmo que es como el punto de sal que completa el excelente guiso de langosta.