Chetumal, Q. Roo, 30 de junio
de 2006. Es común que en la Península de Yucatán conversemos acerca de
dónde hará más calor, si en Cancún, Mérida, Chetumal o Campeche. El
clima es uno de nuestros temas preferidos, aparte de la comida, los
hijos, la música…
De
todo esto se hablaba en una cena entre amigos cuando conocí, en
Chetumal, a la escritora Elvira Aguilar, sentada a mi lado derecho en
la gran mesa que armamos en Los cocos para, sobre todo, beber cerveza.
No me imaginé que Elvira fuera escritora hasta que la vi regalando ejemplares de su libro recién publicado: Rincón de selva, que la convierte, como dice, en la primera novelista quintanarroense de nacimiento.
Leerla
recuerda a García Márquez y su más reciente novela; sin embargo, la
escritora no se identifica con el estilo del Premio Nóbel. Ella
aprendió a hacer metáforas desde niña; eran el desayuno cuando sus
padres contaban sus sueños: “Crecí en una familia en la que se leía
mucho y no se veía la tele porque no había llegado la señal; llegó a
mis seis años, pero para entonces yo ya leía, y no cambié a García
Lorca por las caricaturas”.
Rincón de selva (Congreso del Estado de Quintana Roo / Instituto quintanarroense de la cultura, 2006) recrea el ambiente de una finca ganadera de principios del siglo XX cercana a Payo Obispo (lo que se conoce actualmente como Chetumal) y el caos en que viven sus habitantes, desde los dueños hasta las mascotas.
–¿Ancla su novela en la historia de vida de las mujeres de su familia? –Rincón de selva es la historia de vida de las mujeres que he conocido, de todas edades, mezclada con las que viven en mi imaginación. Las mujeres de mi familia no se dibujan en la historia. –¿Reconoce la influencia de García Márquez en su estilo? –No, mi realidad peninsular y caribeña está llena de elementos fantásticos y fabulosos que sólo necesitan una pluma y una mente febril. He leído con más constancia, desde los seis años, a García Lorca; ojalá algún día se dejara sentir en mis textos su influencia melódica, que es lo que más saboreo de él.
–¿Le interesa reivindicar a Elvia Carrillo Puerto y esa época en la que se da el Primer Congreso Feminista de Yucatán?
–Elvia Carrillo Puerto es una mujer poco conocida por los mexicanos. La admiro porque se atrevió a decir “aquí estoy” cuando la figura femenina se desdibujaba detrás de los pantalones del padre, hermanos y, más tarde, de su marido. En general, las mujeres yucatecas son valientes, audaces, fuertes y trabajadoras. Creo que eso es lo que hoy que pesa en mi ánimo para admirar a todas las Elvias que dan la vida por sus ideales.
–Rincón de selva define el ambiente de promiscuidad de la época, ¿qué pasaría si circunscribiera su novela al contexto actual? ¿Imperaría ese mismo temperamento?
–No sería tan diferente, pero creo que ahora la promiscuidad se vive sin la inocencia de antes, más abiertamente, quizá, pero más fría, sin espíritu. Hasta la promiscuidad debe tener alma, y la ha perdido.
–En Mérida se añora la época de las haciendas y el lujo con que vivían aquellas familias adineradas, así como la familia de Inés y Vicente en Rincón de selva, ¿en Chetumal, se percibe también esa nostalgia?
–En Chetumal no existieron haciendas; la poca gente de dinero que hay llegó a principios del siglo pasado con tres centavos en la bolsa y muchas ganas de trabajar y ganarle un espacio a la selva, retó a los huracanes y a las pestes, se enamoró de la bahía y fincó aquí el resto de su historia.
–¿Hasta qué punto es posible hablar de una relación "amistosa" entre una mujer –Inés, en este caso– y sus cocodrilos?
–En Quintana Roo he conocido gente que tiene por mascotas a culebras, venados, guacamayas y cocodrilos. La relación que cultivan es la misma que cualquier persona tiene con su perro o gato. Los cocodrilos pasean por las márgenes de los ríos, orillas de lagunas y hasta aparecen por las alcantarillas. Es un espectáculo cotidiano en mi cultura.
Yo admiro a los cocodrilos por ser máquinas de poder que sobreviven a la naturaleza adaptándose a sus cambios. Son muy fuertes, y veo en ellos todo lo que yo no soy. –¿En qué medida cree que su obra permita ver desde un nuevo ángulo a Quintana Roo?
–No lo sé. Me gustaría que se supiera que Quintana Roo es más que Cancún y feroces huracanes. La mayoría de los creadores que aquí vivimos salimos de nuestra tierra a estudiar, pero decidimos regresar a trabajar aquí. Desde esta frontera es más difícil hacer trascender nuestro trabajo, pero el entusiasmo por fomentarlo no se acaba. –¿Cómo definiría el contexto actual de la literatura quintanarroense?
–Se divide entre literatura del norte y literatura del sur. Los creadores del norte son más y abarcan diversas disciplinas, son gente que tiene veinte años o menos viviendo en el estado. Los creadores del sur, en cambio, somos pocos; prácticamente soy la única narradora, pues aquí hay más bien poetas, algunos excelentes, como Javier España y Agustín Labrada.
Elvira Aguilar, autora de Mirando al puerto de Payo Obispo (2002), entre otros libros, cree que al sur de Quintana Roo la literatura se desarrolla lentamente. A ver si se toma un café con Michele Moreno para hablar del tema en su centro cultural de la Riviera Maya. Hasta se pueden hacer acompañar del cocodrilito que vive con ella.
|