Mérida, 20 de septiembre de 2007. Durante esta semana el famoso escritor Heriberto Yépez (Tijuana, 1974) se enfrentó a un grupo grande de personas con deseos de aprender —de él— algo acerca de cómo escribir ensayos, 25 en total, un número que por donde se le vea dice mucho, primero en cuanto al deseo de explorar el campo literario en nuestro medio, y luego sobre la capacidad del maestro para lograr la satisfacción de todos, pues sus cursos normalmente son para 10 personas.
Hoy, Yépez vuelve a su Tijuana con dos premios literarios de la Bienal nacional que organiza el Instituto de Cultura de Yucatán (poesía experimental y ensayo) más una recarga de observaciones que reafirman sus planteamientos sobre los mexicanos, ahora vistos en el extremo sur del país.
Afortunadamente, trajo libros suyos para vender, incluyendo una novedad: El imperio de la neomemoria (Almadía) que la editorial le mandó aquí recién terminado, y que es, ni más ni menos, el ensayo por el cual lo premió Yucatán, y en el que expone a través del escritor Charles Olson, como figura central, una síntesis del Imperio que lo vio nacer: Estados Unidos.
“Desde la perspectiva privilegiada que le confiere el observatorio fronterizo de Tijuana, Yépez disecciona el sistema de recuerdos colectivos que le permite a una nación de migrantes tan diversos mantener la ilusión de unidad”.
Un libro bello que hace notable la fecundidad cerebral de este autor conocido tanto por sus novelas (yo llegué a él gracias a su novela A.B.U.R.T.O. [2005]), como sus apariciones constantes en revistas y periódicos.
Con solo un vistazo al contenido de sus libros (puedo presumir que de golpe me hice de cinco) queda la impresión de que el autor es una biblioteca andante y que en su cabeza hay un chip especial que lo vuelve altamente productivo y, a la vez, deseable. Sus libros se antojan.
—¿En qué momento te planteas como algo definitivo en tu vida, ser escritor?
—Nunca tuve una duda. Nunca hubo un momento en que dijera quizá.
Así, de esta original manera, empezamos esta entrevista ayer a las 10 de la noche, él asombrado con la altura del techo de la casa donde nos encontramos y yo, pues, lista para escucharlo, feliz, como toda una fan, y pronto me entero de que el niño Yépez leía secretamente el diario de su hermana; él tendría unos once o doce años y ella, catorce o quince.
Son cinco hermanos en total, él es el cuarto. Su madre es originaria de Michoacán y representa una fuerte influencia en la determinación con la que él se ha movido siempre, aun en medio de broncas terribles. Por eso me gusta cuando, al término de la entrevista y después de contarme toda su azarosa vida insistentemente se pregunta ¿Cuál es el problema? Realmente ninguno.
—Vengo de una familia en la que no hay ningún lector. En mi casa había libros accidentalmente: La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, Confieso que he vivido de Neruda, Ficciones de Borges, y, además los diarios de mi hermana…
Yo y mi hermano dormíamos en la sala. Era una casa pequeña, una familia grande, de clase baja, y mi hermana guardaba tontamente su diario en el sofá donde yo dormía, entonces un día yo saqué el diario, me puse a leer y descubrí todo un mundo de aventuras sexuales, amorosas, pensamentales y de todo.
Así que cuando me enganché con la lectura fue a través del diario de mi hermana; entendí que la lectura era algo así como prohibido, que todos los días se iba incrementando y que tenía esa dimensión...
Esa es la primera lectura que realmente me movió el tapete, pero fuerte porque, híjole, por mucho tiempo estaba incluso perturbado porque no entendía exactamente qué era lo que estaba pasando. Su vida es apasionante, siempre hemos sido muy cercanos, entonces como que empecé a descubrir que la lectura te da una dimensión de la vida increíble, que te hace ver algo desconocido en lo visible, en lo aparente; de ahí salté a esos libros que te dije, y de ahí entré a la prepa.
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