 —Ese beso fue trampa —amonestó ella tras un par de segundos, cuando ya había empezado a caminar hacia su coche. Todavía de espaldas al tramposo, levantando la mano izquierda y agitando el dedo índice en señal de reprobación, viéndose magnífica en su minifalda, repitió la sentencia—: Ese beso fue trampa… Era lunes, 19 de diciembre. Él había tardado meses para hallar el valor de hablarle, de pedirle que se vieran para desayunar. Como límite para verla de nuevo había puesto la Nochebuena, porque él siempre había pensado que los días antes de la Navidad le traían buena suerte. Pero su timidez y su miedo al rechazo lo tuvieron paralizado hasta que, en un arranque febril —sólo 10 días antes de la fecha que se había impuesto, con la tarjeta de presentación de ella en mano, tratando de controlar su tembladera— le habló.
—Me encantaría —contestó ella.
Él se quedó callado porque ésas no eran las palabras que esperaba.
—¿Hola, sigues ahí…?
Él se repuso y, más calmado, pudo sugerir la hora y el sitio. A pesar de que se trataba de un desayuno, el lugar estaba más bien oscuro. Ella eligió un gabinete en el rincón. No había gente. Ella pidió fruta; él, yogur con granola. Tomaban café. Hablaban banalidades del trabajo, de los pasatiempos, de los viajes que hicieron o que les gustaría hacer, cuando él dijo, de repente, que tenía que escribir un cuento que aparecería ese mismo sábado, Nochebuena, en un suplemento literario.
—¿De qué se trata?
—No tengo la menor idea, sólo que debe tener la Navidad como tema… “A favor o en contra”. Así me dijeron.
—Es la época en que se dan y reciben regalos con mucha naturalidad —afirmó ella—. ¿Por qué no regalas a tus lectores un cuento erótico? A mí me gustaría mucho…
Él sintió un jalón dentro de su pecho, pero eso le dio confianza: —Por ejemplo… —empezó—, hay dos personas que alguna vez se conocen en un coctel. Se caen bien pero no pasa nada. Ella le da su tarjeta de presentación. Él la guarda pero no se atreve a hablarle porque ella es muy guapa, exitosa, casi famosa. Pero él se impone una fecha límite para verla, el 24 de diciembre. Le habla unos 10 días antes y quedan de verse el siguiente lunes para desayunar. Llegan a la cita, se sientan y empiezan a hablar de banalidades del trabajo, de los pasatiempos, de los viajes que hicieron o que les gustaría hacer cuando, de repente, él le dice a ella que necesita escribir un cuento con tema navideño.
—Y ella sugiere que sea erótico —agregó la mujer mientras se le acercó un poco más en el gabinete al mismo tiempo que echaba un vistazo al lugar. No había nadie que los viera.
—Exactamente. Ella sugiere eso —continúa él—, se le acerca un poco más…
—…y se cerciora de que no hay quien se fije en cómo, con destreza y agilidad, le desabrocha el cinturón y le baja el cierre.
—Ajá. Y él —aclaró el hombre—, que en la vida real nunca haría nada parecido, con el escudo de que está ilustrando el desarrollo de un argumento, mete la mano bajo la mesa, se encuentra con la de ella, continúa, encuentra sus piernas (sin medias) y descubre que no trae pantaletas…
—Entonces ella —explicó ella—, con la ayuda de un poco de mantequilla, que ya se había suavizado, y otro poco de saliva… —revolvió las dos sustancias para untarse los dedos— empieza a hacerle un bonito regalo de Navidad a él.
—Eso mismo. Correcto… —él tuvo que detenerse y respirar profunda aunque entrecortadamente antes de proseguir con lo que sería la anécdota de su cuento—. Y, como ella no trae calzones, él siente su vello, su… humedad.
—¿Y… a ella… le gusta? —preguntó ella al mismo tiempo que su respiración también se entrecortaba.
—Yo, si pudiera ponerme en su lugar, y en el lugar de él, claro, diría que sí.
—Y el cuento ¿…es en favor… o en contra… de la… Navidad? —ella estiró la pregunta durante más de un minuto mientras movía su cadera, delicada aunque un poco atropelladamente.
—Diría…, tomando en cuenta… la situación…, los regalos que… se intercambiaban, el puro… placer de ese intercambio… inesperado… —y jaló aire.
—Que sí… Sí —ella se quedó callada y cerró sus piernas apretadamente contra la mano de él, quien también guardó silencio. Después de un lapso difícil de precisar, tomaron sendas servilletas con la mano libre y discretamente hicieron maniobras de limpieza que para cualquiera que los hubiera visto, habrían sido imperceptibles; ajustaron su posición, su postura. Él la vio a los ojos y empezó a acercar su boca a los labios de ella.
—Aquí no. Podrían vernos. Acuérdate de que soy casada —y le enseñó el anillo.
Afuera, sobre la Avenida de los Insurgentes, había mucho bullicio.
—Que te vaya muy bien —le dijo él mientras le daba su abrazo de Navidad.
—Y gracias por el regalo —secundó ella. Él, viendo su cara, tan cerca de nuevo, le ofreció sus labios y ella acercó su mejilla. Él, sin embargo, velozmente y con un tino casi literario, la besó en los labios, todavía húmedos.
—Ese beso fue trampa —amonestó ella tras un par de segundos, cuando ya había empezado a caminar hacia su coche. Todavía de espaldas al tramposo, levantando la mano izquierda y agitando el dedo índice en señal de reprobación, viéndose magnífica en su minifalda, repitió la sentencia—: Ese beso fue trampa…
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