Mérida, 21 de septiembre de 2007. Heriberto Yépez explica que escribir un libro le toma mínimo dos años; algunos hasta cuatro. Y, ¡aguas!, se sirve con la cuchara grande de sus propias experiencias, mientras uno aquí, imaginándolo exprimiéndose el cerebro artísticamente. No es así nomás. A la pulcritud con que describe el asqueroso mundo de las maquiladoras en A.B.U.R.T.O., por ejemplo, llegó por la vía directa, trabajando el mismo para una, dos, tres transnacionales en su amada Tijuana.
La vida no se le iba en eso. En cuanto acaba su turno en Verbatim o Kodak cruzaba un puente y llegaba a su escuela de filosofía en la Universidad Autónoma de Baja California (UABC). Tenía entonces como 19 – 20 años.
“Éramos de clase baja, pero todavía veía la vida con cierta amabilidad, sin embargo, entrar a trabajar a una maquiladora me pegó muy fuerte, me marcó, y parte de esa experiencia salió en A.B.U.R.T.O.”
Sí, es un libro grueso, lleno de frustración y miseria, carne de cañón para otras narraciones largas que publicará cuando quiera. Por conseguir editorial no tiene problema.
—Entonces, fuiste obrero…
—Como dos años, y ya de ahí todo lo que pasó después tuvo que ver con ese periodo. Veía el futuro negro, no dormía casi…
Mucho tiempo después me di cuenta de qué tonto fui… Todos mis compañeros tenían trabajos de asistentes de investigación, pero yo no veía eso simplemente porque la educación que había recibido en mi clase social era: tú vas a esto.
Entonces, en el cruce ese de la maquila a la UABC, me metí en muchos conflictos personales, y pues ahí conocí una droga que mucho tiempo me tuvo muy jodido: el cristal, la droga de los obreros.
No puedes aguantar jornadas de un trabajo tan repetitivo si no estás bajo el efecto de algo; hay quien lo hace, pero no sé cómo. También muchas compañeras ensambladoras tenían que usar cristal porque trabajaban seis, siete – ocho horas y después llegaban a su casa a hacer el quehacer... Nadie tiene la energía para hacer eso.
—¿Y qué pasó, la universidad te hizo desistir de ese trabajo tan matado? —No, no fue eso. Una compañera de historia me recomendó con una amiga suya en una agencia de viajes; ahí trabajé como dos años, primero como mensajero y luego como agente de viajes. Después, ya casi al salir de la carrera, estuve trabajando como asistente de investigación en el Colegio de la Frontera Norte, y luego vino un cambio abrupto: entré a dar clases en la UABC porque se murió un profesor y se fueron otros, y como yo había sido buen alumno, pues así empecé y después fui amontonando más y más horas… Un cambio más bien medio salvaje.
¿Salvaje? Totalmente. Al poco tiempo, Yépez se dio cuenta de que su sistema respiratorio, muscular y cerebral no estaban preparados para ser profesor de tiempo completo. Si hablaba mucho luego le costaba escribir. Por eso dejó de dar filosofía.
Luego, en medio de todo esto, tuvo un bajón, y así llegó a la psicoterapia, primero como paciente y luego, habiendo estudiado una maestría, como terapeuta.
—¿Apago la grabadora y me das una consulta? —Hacia allá me estoy moviendo. Para mí ha sido más gratificante la psicoterapia que dar clases porque si quieres producir un cambio como maestro no lo produces, en cambio con la psicoterapia, sí.
—¿Y como escritor lo conseguirías?
—Más que como maestro, sí, pero la psicoterapia incide de manera más directa sobre la vida de un individuo en particular. A nivel del placer, de gratificación personal y de realización humana, la psicoterapia es otro campo. No tiene que ver con la literatura.
La escritura es una religión, y no es una religión demasiado benéfica: levitas en ideas, y claro que también te da beneficios, pero a un costo muy alto.
Escribir no te deja vivir, o no quieres vivir y, por lo tanto, escribes.
—Habla más de esta religión, ¿cómo es?
—¿Por qué alguien escribe? Quizá te suene presuntuoso pero estoy convencidísimo de que todos los que escribimos tenemos una estirpe chamánica muy lejana, y como no hay una transmisión chamánica viva, los que tenemos ese lejano gen chamánico nos hacemos pintores, bailarines, dramaturgos, filósofos, escritores, psicoanalistas, etcétera, etcétera. Entonces, la comunicación con las voces interiores la restableces a través de la escritura, pero no lo haces en conexión con la cura, con la medicina, y por eso el escritor se mueve en un problema muy grande, pues abre la puerta de la percepción, abre la puerta de la comunicación con los ancestros, pero ni sabe que lo está haciendo. No está consciente de que eso sucede, piensa que es su yo el que se está expresando o algo así, y no tiene ninguna vía medicinal.
—O de salvación.
—Por eso el escritor se pierde o se vuelve alcohólico. El chamanismo no es más que tener una tendencia al éxtasis, por eso los escritores buscamos el éxtasis a través de las drogas, la borrachera, el sexo o emociones fuertes al no tener las vías que nuestros ancestros tenían, vías medicinales que también involucraban el consumo de plantas y técnicas extáticas...
¿Por qué un artista se ve invadido por imágenes?, —se pregunta— porque esas imágenes vienen tanto de su vida como de un legado que está en él de manera más directa que en otro individuo, y pues estar en contacto con eso es una bendición, pero también es una condena, por eso los artistas se pierden tan fácilmente. Los invade ese elemento.
Heriberto Yépez derivó este concepto particular de religión hacia un religarse/reunirse/ revincularse con esas imágenes que el artista posee por naturaleza; una reunión con los elementos que lo componen y que al realizarse se exterioriza; así surge una obra.
Enseguida, al tratar de ubicar al escritor mexicano en esta esfera, advierte que aquí no hay consciencia de todo esto. Según él, el 90 por ciento de los escritores mexicanos —lo reconozcan o no—desprecian lo indígena, son de una izquierda positivista y, aparte, la mayoría provienen de la clase alta, por eso el escritor mexicano no teoriza y no ha comprendido qué sucede en la escritura, y por eso depende de las teorías de otros.
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