Dos cosas no nos han de faltar: las delicias de la carne y las delicias de la literatura. Makura no Soshi.
Vivo
marcada por un beso. No fue por el primero que me dieron. Fue por otro,
distinto. Ese beso que me marca se lo dio un hombre a otro hombre.
Ambos eran escritores- uno cubano, el otro boricua. Uno de ellos se
llamó Severo Sarduy. Escribió “De dónde son los cantantes” y “Cobra”.
Vivió en París. Quizás por eso lo del beso. Él besó en ambas mejillas
al otro escritor, al boricua; a Luis Rafael Sánchez. Luis Rafael entró
al salón vestido con un traje claro, camisa amarilla. Su ancho bigote
de mulato seductor bailaba contra una sonrisa y canas pintando sienes.
Tomó a Severo Sarduy por los antebrazos, Severo se dejó entretejer. Un
beso en una mejilla, otro en otra. Yo, que nada tuve que ver con el
intercambio de roces, quedé marcada de por vida.
Pero
ese beso que me marcó tiene que ver con el anterior. Con el primero que
me dieron. Yo era apenas una niña de catorce años. Sabía que habían
niñas menores que yo que ya habían besado, que incluso habían parido.
Pero mi padre era feroz y mi madre precisa. Estudiaba en un colegio de
monjas. Las alumnas éramos todas niñas. Aún así me sobrecogía la
belleza de los hombres. Me gustaban porque eran hermosos- los hombres,
digo. Por nada más.
Dije
que era una niña apenas cuando me besaron; pero no era una niña
inocente. Me habitaban extraños erotismos, sueños en los que alguien me
bañaba, me obligaba a enjabonarme una y otra vez, hasta que una
corriente me habitaba todo el cuerpo. Entonces yo apretaba las piernas
duro, durísimo. Algo se agolpaba en mi pecho. Sentía como que me iba a
dar asma, pero más delicioso. Entonces, un músculo que yo no sabía cómo
se llamaba empezaba a latir. Yo no me tocaba, para nada me tocaba, eso
era pecado. Tan sólo apretaba las piernas. Perdía el respiro, me daba
esa turbulencia en el pecho. Nunca se lo dije a nadie, lo de los
latidos entre las piernas.
Era una niña apenas, pero tenía un novio. El mío era un novio hermoso, alto, negro, con grandes labios color chocolate y un cuerpo largo y fibroso. Estábamos en la marquesina de mi casa, en el balcón, propiamente. Mi novio (se llamaba Rey) se agachaba contra la pared donde una bombilla solitaria refulgía contra la noche del balcón. Una verja de bloques ornamentales dividía mi casa de la calle. Ambos teníamos catorce años.
Mi madre veía televisión. Yo escuchaba el rumor de las noticias contra los motores de la avenida. Una mariposa nocturna revoloteaba alrededor de la bombilla. El silencio se apoderaba de mi garganta. No encontraba qué más hablar con mi novio. No nos parecíamos en nada. Yo ya me sospechaba una niña muy extraña, demasiado extraña para ser querida por alguien, para ser “la novia” de alguien. Pero, estaba segura, aún era demasiado pronto para que mi novio se enterara. Así que guardaba silencio, que no note que soy extraña, me decía, que no se entere todavía, hasta que… No sabía muy bien qué era lo que esperaba que pasase antes de que mi novio me dejara. Sabía que me iba a dejar. Siempre he sabido que los hombres que me aman terminan dejándome. No todos, pero la mayoría. Es por culpa de esa cosa extraña que me habita.
Mi madre habló de repente. “Mayra, es hora de entrar”. Yo le tomé la mano a mi novio y guardé silencio. Dedos largos, con uñas como de pájaro se cerraban sobre sus puntas. La palma de su mano era interminable. “¿Ya te vas?”, me preguntó Rey. “Si.” Entonces él acercó su cara para besarme. Supuse que sería un labio contra labio. Nunca se me ocurrió que la punta de su lengua, esa cosa mojada de molusco, entraría en mi boca, la acariciaría por dentro, la haría mojarse más, sorbiendo sus jugos que son los jugos de otra cosa como molusco abriéndose entera en el pecho. El pecho se me encabritó de repente. Fue puro terror y pura delicia.
Rey terminó de besarme y sin mirarme brincó la verja de bloques ornamentales y se perdió en la noche. Yo entré a mi casa, atontada. Me vibraba la boca como si mil abejas me la hubiesen picado. No tenía casi aire en los pulmones. Mariposas nocturnas me revoloteaban por dentro.
Ese día descubrí que besar era el terror, el lugar del límite. Besar era entregarse al abismo que es el otro, cerrar los ojos y convertirse en comida y en devoración. Me gustó besar. Pero ese no es el beso que me marca.
Fue el beso de los otros. El de esos dos hombres, escritores ambos que se reconocían como comida el uno del otro, comida uno de la tinta del otro, de su escritura. Lo supe desde que los vi acercándose, desde que sus dedos como garras se entrelazaron en los antebrazos del otro. Lo supe. Lo vi y no dije nada. Mi pecho cobró su cabalgata, se me escapó el aire. Musité ‘hermoso” y quise eso, ese saberse hermanada por una devoracón, por una voracidad distinta y extraña.
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