 Cuando abrí por primera vez esta novela corta llamada El señor amarillo, que a partir de ahora y en lo sucesivo la referiré como Mister Yellow, o MY,no puse en práctica el viejo vicio que tengo de leer la última páginade las novelas, o sea el final, para saber si el culpable es elmayordomo o para encontrar que es gente muerta la que narra la vida dePedro Páramo. En esta ocasión, por fortuna, me dirigí a la página de ladedicatoria para encontrarme con que leería, como dice el propio autor,“un aquelarre tenebroso”. Entonces se me pararon los pelos de punta, ycomo soy lampiño y medio calvo, ya sabrán entonces a qué pelos merefiero.
Mister Yellow,en esta novela, es un personaje misterioso al cual se llega a través delas experiencias de ocho personajes, que posiblemente han tenidocontacto con él, lo han soñado, lo han visto de pasada, o lo conocen deoídas. Todos los personajes pasan o están cerca de un lugar llamado LaTahona, donde posiblemente el espíritu o la presencia de Mister Yellow esté cerca. Con esta descripción se antoja, pues, una novela con un sabor a Samuel Beckett, el autor de Esperando a Godot,pero no, no olviden que la novela posiblemente es un “aquelarretenebroso”. Por tanto, nos vamos topando con un ambiente de purgatoriodonde la única esperanza es encontrarse con Mister Yellow que, como personaje cercano a la realidad, tiene mayor divinidad que Maradona pero es menos milagroso que Jesucristo.
Los 8 personajes centrales de la novela son, y empiecen a contar: el ropavejero, la puta desdentada, el estudiante, el operario de grúas, la siniestrada, el tahonero, el escritor y la niña de la pelota roja. Si agregan la Tahona en sí, tenemos entonces 9 personajes centrales ¿Y mister Yellow? se preguntarán, bueno, si leen la última página sabrán que uno de los 8 caracteres humanos es El Señor Amarillo encubierto, pero para que lo sepan y lo disfruten tendrán que adquirir el libro, porque yo no se los voy a contar.
Por lo tanto, de acuerdo a esta sencilla suma, hay nueve personajes. Sin embargo, con el paso de la lectura descubrí un décimo y poderoso personaje: la ciudad. Su peso en el transcurro de la historia es tal que se me figuró como el único círculo de esta Divina Comedia de Mister Yellow, una Comala de asfalto y edificios, un Dublín más borracho y cochambroso. Sin esta clase de ciudad que se reproduce en la novela difícilmente entenderíamos las angustias de los personajes. Por eso, es un escenario perfecto que se extiende hasta el interior de la Tahona.
El ropavejero, que está jorobado y huele mal porque no se baña, lleva su carretón “repleto de baratijas y harapos pestilentes” por la -y esta descripción me encanta- “lumbre gris y sólida de las calles”. El propio ropavejero relata que le da mucho orgullo llevar su miseria por oscuros ríos de lava ya que, cito, “yo también atravieso canales anchurosos, de moléculas petrificadas e hirvientes”, y también le procura “un placer indecible desafiar las máquinas que circulan a gran velocidad”. Tenemos, pues, a un jorobado que no platica con nadie pero sí se relaciona con la ciudad al punto que ve el final de una calle que lo llevará a la Tahona “igual que el náufrago contempla la franja arenosa después de la calamidad”. Para este personaje, por cierto, en el escenario de esta angustiosa ciudad, la Tahona es “una vieja casa revestida de estuco rosa y cubierta de tejas azules”.
Por su parte, la puta desdentada, una mujer que tiró a su hija en la basura, como buena puta ve a la ciudad exuberante: llena de callejones, cines viejos y hoteles inmundos. Por cierto, lo de buena puta es un decir, porque tiene un físico parecido al de un pulpo, todo blando y lívido; esta condición de molusco la ha llevado a tal extremo que la acepta ya sin más puesto que es una perfecta metáfora de su vida, como lo dice en la novela: “la vida de un molusco no le interesa a nadie”. También ella, tras largas reflexiones y recuerdos de su vida acosada por padrotes de baja ralea toma lo que llama “la gran arteria de asfalto” (lo que me hace suponer que en este punto la ciudad ya tiene su propia vida) y se dirige mecánicamente arrastrada por su cojera hasta la Tahona, de donde sale “un extraño golpe de luz ámbar”. Así, esta mujer sin dientes, con cara de pulpo, coja y puta tiene el descaro aún de preguntarse “por qué me han abandonado” (sic).
El estudiante es el primer personaje en manifestarse desde el interior mismo de la Tahona, el noveno personaje, sentado frente al ropavejero y la puta coja, que no desdentada. Desde su rincón se da tiempo de describir el interior de este launch literario: “los muros interiores de la tahona están recubiertos de planchas de madera, y sobre estas, seguramente por el aire caldeado que se respira, se descuelga una pátina opalescente que lastima los ojos con su brillo”. Inmediatamente, el pobre estudiante está en el “aposento oscuro y mal ventilado de la pensión que habito”, un espacio que también le merece una estupenda metáfora: “pocilga de desamueblada soledad”. Ahí, sin tener que cruzar por toda la ciudad, como en los anteriores personajes, nos enteramos que estudia una carrera relacionada con las leyes. Y cuando recuerda el día en que cayó de la gracia del mundo de las leyes, resulta ser que aquello sucedió en lo más abierto de la ciudad, cuando la hija de una estatua poderosa falleció en un accidente callejero. Tras recordar estas escenas de su pesadilla nos remite de nuevo a La Tahona, donde descubrimos que se había dormido. Al despertar, primero que nada se pregunta cuándo regresará Mister Yellow.
El operario de grúas es el personaje más hecho de la ciudad. Su trabajo, peligroso y turbulento, lo ha condenado a una silla de ruedas, y desde ese pedazo de geografía también reclama la presencia del Señor Amarillo. Por eso mismo es el más consciente de qué es la ciudad, pues alguna vez participó de su construcción y quizá por eso sus palabras sean más precisas para describir a este décimo personaje: “tantas son las vigas de hierro y el hormigón que inundan las calles, tantos los proyectos de rascacielos que pujan contra el viento, que yo me pregunto si lo que entendemos por ciudad no será más que el almacén de los prodigios que algún día se materializarán junto a las estrellas”. Así mismo, su trabajo le dio la oportunidad, alguna vez, de ver a la ciudad desde las alturas, una costumbre que lo hizo un perspicaz observador, llamando al espectáculo que veía abajo: un pleito donde los hombres-abeja se enfrentaban a los coches, dentro de los cuales aparecían otros insectos peleoneros, que agitaban sus muchas extremidades.
La siniestrada, una mujer a caballo entre la condición de zombi y espíritu, tiene el poder de escapar de su tumba y atestiguar sus propios funerales, que en realidad no son más que un rito para halagar el enorme poder de su padre, caballero y dueño de la ciudad. En este caso, la mujer zombi-espíritu tiene unas visiones sobre el décimo personaje mucho menos catastróficas que los anteriores puesto que tiene el don de volar y traspasar los muros y las tapas de los ataúdes. En algún momento nos describe “la noche acabó de caer y las farolas y los reflectores en los techos abuhardillados se encendieron a la vez, orlando los alféizares de las ventanas que daban a la plaza, y las cornisas que coronaban el conjunto rectangular de negocios y viviendas, de una tenue y reverberante aura amarilla”. Y, por último, dada su condición material, ella sí puede decir que ha sido tocada por Mister Yelllow, y de la mejor forma: “floto entre los coches, por las calles, guiada siempre por la mano amarilla, que se posa abierta sobre mi espalda, y trato de rememorar con exactitud los hechos que me han transferido a este estado ventoso”. Y es en este momento que me entero de que ella, la siniestrada, ni es medio zombi ni es medio espíritu, es puro viento.
El tahonero, un panadero que también prepara y sirve café, es el único personaje que no conoce la ciudad porque, desde que él recuerda, sólo ha habitado en la tahona, con horario de tienda de conveniencia, es decir, abierta las 24 horas. Quizá por ello las reflexiones del pobre tahonero parecen entresacadas de un desvelado, como Funes el Memorioso, personaje creado por Jorge Luís Borges. Y aunque, como ya dije, él no conoce el mundo exterior, tiene un singular método de paseo dentro de la misma tahona que concluye siempre en el baño, donde tiene a bien jalar la palanca del bacín para así reanimarse y volver a trabajar. A primera vista, con esta descripción, podría parecer que el infeliz tahonero es el más desgraciado y condenado de la historia por vivir esta rutina y en este ambiente, sin embargo, él mismo nos narra “que si no fuera por alguna circunstancia ineludible, por ejemplo atender a los proveedores, yo jamás querría abandonar la Tahona”. O sea, el está ahí por la Tahona y no por los clientes, porque en ese lugar podría darse la visita de Mister Yellow.
Finalmente, los dos últimos personajes aunque son lo más normales y menos trágicos, están unidos de manera misteriosa a la Tahona, ellos son el escritor y la niña de la pelota roja. El primero, un descreído novelista urbano, usa una mesa de la Tahona para revisar las notas de su próxima novela, que trata de unos parroquianos de ese mismo lugar que creen en la existencia de un señor de color amarillo al cual han endiosado. Pero la vida interna del escritor está también en un momento angustioso: debe una pensión a su mujer, se está divorciando, los periódicos escriben mal su nombre y, por si fuera poco, tiene una cuenta pendiente con la justicia por un asunto de drogas. Además, tiene problemas con la redacción de la novela, ya que los personajes secundarios se le aparecen a cada rato y, además, sin ser críticos literarios lo cuestionan sobre el estilo y la escritura de la novela. Por lo tanto, es normal que en este punto también el escritor comience a creer en Mister Yellow, y no es para menos.
Por último, la niña de la pelota roja es, a mi juicio, la que mejor habla, quizá por su edad y por su aparente falta de tragedia y recuerdos dolorosos o tenebrosos. La ciudad, en los ojos de ella, es especialmente agradable y hasta divertida, como en estas líneas: “camino y camino en cuadros, alrededor de la manzana. Veo el semáforo de la esquina, la cebra pintada en el piso. Veo la grúa de la construcción. Veo los edificios con las puntas rotas”. Su descripción de la vida cotidiana de la ciudad es también maravillosa, veamos: “siempre hay muchas coches en las calles, de todos tamaños y colores; y también hay autobuses que llevan a la gente a sus oficinas, y camiones que transportan cosas muy pesadas”. Más adelante, con el mismo regocijo nos cuenta “las casas que hay en la acera de enfrente también caminan como yo, sólo que en dirección contraria. Hay tiendas muy grandes, y otras muy pequeñas; hay mansiones de techo en triángulo para que a los ricos no se les meta la lluvia, y cajas de cemento y hojalata para que los pobres no se quejen”. Definitivamente, ha sido mi personaje favorito.
Así pues, El Señor Amarillo, nombre de esta novela aquelarre tenebroso, es la foto grupal de una peña pesimista y creyente, triste pero esperanzada. Es un correlato de autobiografías inacabas pero que no hace falta acabar. Es el espíritu de las ciudades de hoy, que aquí, como ya dije, goza de la categoría de personaje. La ciudad ha triunfado, pero no los hombres. El urbanismo se ha extendido pero no así la felicidad. Es el discurso de esta novela que pretende curar a sus personajes con la idea de un dios tenebroso, venido de un aquelarre, que algún día llegará a la ciudad y resucitará a los muertos en vida de la Tahona. Si viene o no, es un pequeño secreto que sólo la niña de la pelota roja sabe. Averígüenlo…
Nota. En la primera foto vemos de izquierda a derecha a Joaquín Bestard Vázquez, Adrián Curiel Rivera y Marco Aurelio Díaz Güemez.
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