You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
El ensayo como eros
Mayra Santos-Febres
San Juan, Puerto Rico, 1 de diembre de 2008. Durante el homenaje que se realizó al escritor Carlos Fuentes por sus 80 años de vida, la destacada escritora puertorriqueña Mayra Santos-Febres participó en la Mesa Redonda: El arte de ensayar, presidida por José Emilio Pacheco el pasado 20 de noviembre en el Museo Franz Mayer. A continuación reproducimos el texto íntegro como una colaboración especial de la autora.

En múltiples ensayos, sobre todo en los recogidos en el tomo "En esto creo", Carlos Fuentes insiste en que el ser humano es desplazamiento. El humano se des/plaza, es decir, que se mueve de su centro conocido, de lo que le es mito, origen, genealogía, pasividad de lo que se recibe por el mero hecho de estar aquí y en un ahora. Sólo gracias al desplazamiento da comienzo la incertidumbre, madre de la creación. Desplazarse-moverse a enfrentar lo desconocido es el origen de la epopeya, argumenta Fuentes discutiendo la Odisea. A. Kojeve, el célebre estudioso de Hegel argumenta que des/plazarse estriba el origen del deseo. Dice Kojeve "Cuando el hombre se sale de su cosmos, ahí está el origen del deseo." El deseo no se alimenta de lo que conoce, sino de lo que permanece velado, inasible, incomprehensible, lejos de la punta de los dedos que se desliza sobre las cosas y sobre las dudas para encontrarse con un vacío que exige respuestas, al menos provisionales. Desear es desplazarse pero también es intentar comprehender. Intentar comprehender (por lo menos en papel) es escribir un ensayo.

El ensayo es el deseo. Difiere de los tratados y de los artículos especializados en ese "deslizarse", en ese "des/plazarse" por los temas y las cosas, sinuosamente, como si cada idea fuera un cuerpo que se tendiera sobre la yerba, ante la mirada y los sentidos de quien intenta comprehender. Insisto, es un cuerpo frente a los sentidos que al fin aunados a la razón, insisten en sopesar la idea. En "probarla' es decir, en ensayarla. A fin de cuentas, etimológicamente, 'ensayar' significa 'probar'". ¿Con la boca, con la lengua? But I digress

El mismo Michel de Mointagne define el acto de ensayar en su "De Democritus et Heraclitus" indicando:

"De cien miembros y rostros que tiene cada cosa, escojo uno, ya para acariciarlo, ya para desflorarlo y a veces para penetrarlo hasta el hueso. Reflexiono sobre las cosas, no con amplitud sino con toda la profundidad de que soy capaz, y las más de las veces me gusta examinarlas por su aspecto más inusitado. Me atrevería a tratar a fondo alguna materia si me conociera menos y me engañara sobre mi impotencia".

Impotencia, desfloración, penetración y caricia. En el origen del arte de ensayar palpita una transposición. Freud la llamaría sublimación. Existe un placer intelectual, análogo al placer more bestiarum, al placer de los bestiales cuerpos que la razón occidental ha demonizado, insistido en suprimir, encadenar, vender como fuerza de trabajo y trascender como espíritu puro (o de la razón pura). Pero, al fin y al cabo, el ser humano, bestia al fin, no puede imaginarse el acto de pensar sino como otra experiencia del cuerpo, es decir, una experiencia desplazada, desasosegada y deleitosa. Ensayar es el eros. 

Nombro a "eros" como lo nombraría Bataille, es decir, como ese ejercicio de la vida liberado de la ley y de la productividad y en batalla con la muerte. Nombro a  "eros y aparecen flechas, que, sin designio ni plan, van cayendo sobre las cosas, las experiencias y los cuerpos; que los van "probando". Convoco al "eros" que es ensayar y reboto contra el deseo como violencia y posesión. Lo veo desde mi razón bestiarium, la de esta ensayista que piensa desde una tradición en donde ella ha sido (a su vez) pensada tan sólo como capaz de cuerpo. Heart of darkness, piel inescapable, el desplazamiento de lo comprehensible. Siento terror y escapo. No oigo detonaciones de pólvora, ni gritos del amo gritando "fuga", ni a los perros intentando morder mis talones. Tengo suerte, pienso. Al fin tengo el derecho, como otro cuidadano libre, a desplazarme. "Los llamados, las evasiones, las incitaciones circulares, han dispuesto alrededor de los sexos y los cuerpos no ya fronteras infranqueables sino los espirales perpetuos del poder y del placer". Recuerdo a Foucault. Respiro, "al menos hoy no fui comida" cito a Linspector. Me desplazo. Puedo yo también pensar, probar… ensayar.

Desear, es decir, el deseo intelectual, al menos para ciertos seres sobre la tierra, es experiencia de extrema liberación, pero (no lo olvidemos) de extremo desasosiego.

En "Meditaciones", Ortega y Gassett llama al ensayo su ejercicio de "amor intelectual" y, a la vez, sus "salvaciones". Antonio Pedreira, en "Insularismo" devela que decidió escribir el libro "Para responder a las preguntas que insistentemente quebrantan mi reposo" (I: 30). Santa Teresa, en "Las Moradas" dice que se acerca a las palabras deseando más no hallando.

El arte de narrar ensayar esto. Es admitirse, como nos admitía Unamuno que, ensayar es un arte orgánico, de una lógica agreste, contradictoria, disgresiva y espontánea. Es "ponerse uno a escribir una cosa sin saber adónde ha de ir a parar, descubriendo terreno según marcha, y cambiando de rumbo a medida que cambian las vistas que se abren a los ojos del espíritu" (Ensayos, I: 588). Los ojos del espíritu con cuerpo, añadiría yo, y con sus (felices) cicatrices.