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El frágil latido del corazón de un hombre
Poemario reciente de Eusebio Ruvalcaba
Eugenia Montalván Colón (Fotos: unasletras)
http://www.unasletras.com/v2/../data/312.sebiu.JPG

Martínez Rentería estaba conmovido hasta las lágrimas por tener muy presente a su padre, escritor también, recientemente fallecido y, en segundo lugar, por su entrañable amistad con Eusebio, cifrada en la pasión por entender la condición humana al calor del alcohol y la literatura.

Ninguno de los comentaristas, lógico, evadió  caer en la vorágine etílica, si bien cada uno la abordó desde perspectivas distintas, como José Luis Martínez, que prefirió concentrarse  específicamente en la cruda. Por suerte, me obsequió una copia de su texto y aquí lo reproduzco casi íntegro:

Con El frágil latido del corazón de un hombre, Eusebio Ruvalcaba me recuerda a Diógenes el cínico, aquel filósofo que un día, al observar a una mujer postrada ante los dioses se le acercó y le dijo: ¿No temes buena mujer, que al dios que está detrás de ti tu postura le resulte irreverente? Aquel que todo lo hacía en la plaza pública –incluso excretar– porque no conocía la vergüenza. Aquel que al masturbarse delante de todos, lamentaba que no fuera igual de sencillo librarse del hambre frotándose las tripas. Aquel que le pedía limosna a las estatuas, no porque estuviera loco sino porque se ejercitaba en el difícil arte del fracaso.

Como Diógenes, Eusebio es un cínico, un devoto de la secta del perro, como le llamaban a los seguidores –que no discípulos– del filósofo. En su poesía –aunque él se empeñe en negarle esa condición–, Eusebio se desnuda, y su desnudez escandaliza a las buenas conciencias. No oculta sus sentimientos ni sus deseos, ni le teme a las palabras; es un provocador que siempre desconcierta con sus insólitas y, sin embargo, indisputables analogías, como cuando escribe:

Una cantina llena
semeja
un coño lleno.
No caben más vergas
no caben más clientes.
Aunque siempre hay
lista de espera.

La poesía de Ruvalcaba es visceral y se lee con desasosiego. Es una poesía que nace de y con la vida, de las cosas cotidianas, como llevar un saco a la tintorería o enfrentar el dilema de enviar o no los zapatos a la zapatería o sufrir un asalto; de las promesas incumplidas, de las tardes en la cantina, de las crudas espantosas que tantas enseñanzas prodigan: “La cruda no se deja sobornar, la poesía sí”, –escribe Eusebio en "Piedras heridas".

No admite concesiones.
Nada de quedarse
en la superficie del lenguaje,
por más apacible y sugestivo que parezca.
De algún modo la cruda te obliga a ser honesto.
Los crudos nunca dicen cosas importantes,
pero sí profundas. De dos centímetros
de profundidad. Cosas hechas de jirones
de vida, resabios de una existencia
que está por irse. Los crudos se sienten miserables.
Los persigue una angustia que no los deja
ni marcar el teléfono.

Los de El frágil latido del corazón de un hombre son poemas donde habita la desesperación y la tristeza y la melancolía y la nostalgia y el encabronamiento; muchos de ellos son lascivos, procaces. Habla de coños y vergas y tetas y cogidas y culos y mamadas… En otros aparece el erotismo y el amor… La amistad siempre está ahí, como el humor, como los nombres de tantos de sus amigos a quienes convoca, invoca en este libro que reúne tres libros anteriores: “En el primero, escribe Carlos Bortoni en el prólogo, se hacía alusión a un hombre que amaba el alcohol y amaba compartirlo. En el segundo, a un hombre que amaba tanto a su mujer que la compartía con sus amigos y la convertía en prostituta. Y, en el último, termina compartiéndose él mismo en franca bisexualidad”.

El frágil latido del corazón de un hombre es un libro donde también aparecen la esperanza y, aunque muchos no crean, la ternura y el romanticismo de quien es capaz de amar en silencio a una mujer, o de quien dice:

Las mujeres bellas las dejo para los jóvenes.
Las posiciones acrobáticas las dejo
para los fakires.
Yo sólo quiero un poquito –un poquito,
de veras muy poquito– de compasión,
de apapacho. De eso que volteas
y tientas el pelo de una mujer, y lo hueles y lo acaricias,
y dices, puta madre, a mi también me sonríe la vida.

Finalmente le pasaron el micrófono a Eusebio y volvió a recalcar la frase que pronunció infinidad de veces durante toda la borrachera: "Estoy por irme". No tuvo más remedio, sin embargo, que leer un poema y después firmar dedicadorias a diestra y siniestra.