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El sabor agridulce de un encuentro nacional
Estudiantes de lingüística y literatura juntos en Mérida por una semana
Joaquín Peón Iñiguez
http://www.unasletras.com/v2/../data/516.stu.JPG
Mérida, 24 de octubre de 2007. Así como vino, así se fue el Quinto Encuentro Nacional de Estudiantes de Lingüística y Literatura, y a mí me dejó un sabor agridulce en la boca. Era de esperarse que hubiera trabajos de diferente calidad, que algunos destacaran y otros se queden en la sombra. Sin embargo, es increíble qué tan pocos sobresalieron, ni para bien, ni para mal. La enorme similitud entre muchos trabajos debería de preocupar a las escuelas de letras de todo el país.

Agrias, como que queman la lengua, como que se cuelan por el cerebro dejando rastros de ácido, fueron la gran mayoría de las ponencias creativas. Por segunda vez —en poco más de un mes— me encuentro muy decepcionado del nivel de escritura de los jóvenes mexicanos. En ciertos rumbos me recriminan que soy muy exigente. Lo peor de todo es que no creo serlo. Abundó la poesía cursi y  la poesía sin sentido. Los cuentos pretenciosos, repetitivos, predecibles, se volvieron tradición. Sin la menor duda, el peor de los casos fue de una chica, de cuyo nombre no quiero acordarme, que nos presentó un despilfarre de moralina de la SEP. Me sentí como en la secundaria.

Dulce, como café a media noche, como ver a literatos presuntuosos empapados en la clausura, la obra de teatro Drácula Gay, original de Tomás Urtusástegui, dirigida y adaptada por Iván Vásquez. La crítica podría cuestionar algunos detalles, sin embargo, cada uno de los sketches cumplió con su objetivo: desatar las carcajadas de un Teatro Carrillo Puerto en el que no cabía un alfiler. El humor negro, agresivo, y en ocasiones simplón, fue refrescante. Habría que plantearse la posibilidad de renovar el teatro humorístico yucateco con obras de este tipo. Esperemos que Iván y su grupo (Caja Negra) encabecen este movimiento. A todos los que estuvimos presentes nos gustaría ver más de ellos pronto.

Agrio, como trago de cerveza caliente, como cigarro mojado, un porcentaje mayoritario de las ponencias. Unos cuantos fueron realmente malos. Pero fueron muchos los que plantearon las mismas perspectivas de análisis de siempre. ¿Cuántas veces no se ha hablado de Cortazar o Borges y el manejo del tiempo? Yo esperaría que nuestra generación fuese capaz de renovarse. Teorías de nuestro tiempo, como la física quántica, fueron olvidadas por completo. Y ni hablar del lenguaje: se nota que todos pasaron por la academia. Resulta increíble que tantas personas escriban de forma tan similar. Creo que también es hora de que nos distanciemos de ese lenguaje de político en campaña. Podemos decir lo mismo de muchas formas y muchas formas más atractivas para el lector.

Dulce, como encontrar lugar donde estacionarse, como las galletitas que dieron después de una conferencia, conocer a estudiantes de otros estados. Como siempre, el mayor aprendizaje se dio fuera del aula. Intercambiar tragos, opiniones, y cigarros con gente de la UNAM y de universidades regadas por todo el país, fue la parte más enriquecedora. Creo que todo está en la voluntad de aprender. Hubo gente de Mérida que le tocó compartir mesa con los Unamitas sin que se viera ninguna diferencia en el nivel.

Agridulce, como la cruda del día siguiente, como dormir en una cama de arena, la organización del evento. Todos reconocemos el gran esfuerzo de los que estuvieron a la cabeza, sin embargo, esto no impide que se cuestionen algunos aspectos. Las mesas de creación de ocho personas eran absurdas, sobre todo si la colosal mayoría de los textos fueron malos o malísimos. Hubo gente que estaba en una mesa fuera de lugar. Lo peor de todo fueron las repetidas ocasiones en que se le pidió al ponente que acortara improvisadamente su lectura. Sólo estaban cumpliendo con los requisitos establecidos por la misma universidad. Se ahorcaron a si mismos sacando la convocatoria tan tarde.

Agridulce, el resultado final. Dulce el vino de la clausura y una semana intensiva de aprendizaje y camaradería. Agrio, muy agrio, tener que regresar a sentarse calladito en un salón de clases a escuchar a ciertos maestros verborrear, clavarnos en temas que no nos interesan, someternos a la mala educación.