 Adrián Curiel Rivera (Ciudad de México, 1969) estudió la carrera de derecho y paralelamente escribía relatos, un poco por influjo de su padre, también escritor, y otro tanto entusiasmado por la buena acogida que Huberto Batis (descubridor de talentos literarios) le dio a sus primeros escritos publicándolos en el suplemento cultural Sábado. Ambos, reconoce Adrián Curiel, fueron muy generosos al apostar por su literatura. Todavía recuerda, y aplica, muchos de sus consejos.
Pese a que la influencia del padre fue definitiva en la determinación por escribir, a ésta se sobrepuso la académica y el estudio casi obligado de la abogacía: “él me convenció de que el mundo del derecho comprendía disciplinas que me permitirían acceder a un conocimiento amplio de las ciencias sociales, las humanidades y las artes”.
“Cuando terminé la carrera –continúa el escritor- ya tenía listo un libro de relatos: Por la mañana (1992). Luis Mario Schneider lo publicó en la colección Cuadernos de Malinalco, de la que igualmente formaron parte Jorge Volpi y Nacho Padilla”. El siguiente libro suyo (1999) fue Unos niños inundaron la casa y otras calamidades, publicado después de una larga espera -casi seis años- en alguno de los escritorios de la casa editorial Cal y Arena.
Para entonces Adrián Curiel Rivera tenia muchas ganas de salir del entorno de la ciudad de México y del país: “La única manera que se me ocurrió para conseguirlo fue por medio de una beca para estudiar historia del derecho en Madrid, tratando de realizar estudios que de alguna manera fueran menos técnicos, no tan apegados a la normativa, sino con una visión humanista más amplia”.
“Vivía muy contento en Madrid, pero no lo estaba convencido de seguir estudiando derecho. Entonces comencé a sufrir una esquizofrenia tremenda porque socialmente era abogado pero íntimamente era un escritor”.
Finalmente, estando en España se desligó de todas estas presiones y decidió desertar del camino andado en el mundo del derecho y empezó a redactar lo que sería su primera novela, “un texto bastante voluminoso por el que se interesó una editorial española: Brand”. Bogavante fue reseñada muy elogiosamente y calificada por el suplemento El cultural del periódico El mundo como una de las 10 mejores primeras novelas publicadas en España en el año 2000. Curiosamente el autor ha tratado de reeditar esa novela en México y nunca a nadie le ha importado.
-¿A qué crees que se deba?, le pregunto.
-A que nunca he formado parte de una capilla y estuve lejos del país mucho tiempo; de hecho, siempre he tenido que buscar la posibilidad de publicar mis cosas yo solo. Les he escrito a muchos editores y he obtenido muy pocas respuestas.
Asumido el riesgo de ser escritor, Adrián Curiel Rivera se quedó “colgado” en España viviendo de sus ahorros, suficientes para estar seis meses bajo el estatus de “bueno para nada” socialmente hablando.
Como alternativa a su malestar se le ocurrió estudiar un doctorado, ahora sí en literatura, claro, y con un proyecto de investigación enfocado al boom hispanoamericano y la novela de la transición democrática en España. Solicitó una beca al Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) y, contra toda lógica, según él, se la concedieron (anteriormente el FONCA le había dado una beca de jóvenes creadores).
Cabría suponer que al menos como abogado aprendió el artificio de la negociación, pero y en la literatura, ¿le sirvió de algo? Él dice que no.
-Quizá me sirvió para ordenar ciertas ideas y seguir un desarrollo en una exposición, pero esas habilidades me las hubiera podido dar otra licenciatura. Ahora me arrepiento de no haber hecho estudios en letras desde el principio.
-Estando esquizofrénico, como dices, ¿escribías?
-Durante casi toda mi estancia en Madrid estuve colaborando en Revista de Libros, una publicación que tiene bastante prestigio en España. Fue magnífico codearme con la flor y nata de los ensayistas y reseñadores, aunque eso no derivó en contactos personales, pues más bien todo fue bastante impersonal.
-¿Cómo se da el regreso a México?
-Volví a México en febrero de 2003. Estuve en el D.F. nueve meses y como aquello se volvió una experiencia sumamente asfixiante, me dediqué a buscar un lugar donde vivir, búsqueda que fructificó en la oportunidad de venir a Mérida, donde ahora resido felizmente. Poco antes de dejar Madrid contacté a dos editores: Enrique Romo, de Tierra Adentro (Conaculta) y Sandro Cohen, de Colibrí. Ambos, para mi sorpresa, publicaron el libro que propuse a cada uno, realmente muy rápido para lo que suelen ser los tiempos editoriales.
-¿Cuál fue la primera reacción de Sandro Cohen ante El Señor Amarillo?
-Aceptó de inmediato el texto por su carácter experimental, sobre todo. Le pareció una propuesta sumamente extravagante que se salía de los cauces convencionales, y así es, hice algunos juegos conscientemente con ese fin. Casi no hay diálogos, por ejemplo.
-¿De qué forma evitas caer, en esta novela, en convencionalismos?
-Eludo ese proceder obsesivo, tan aceptado, de que los personajes tengan que hablar según el estereotipo que tenemos de ellos. Yo quebranté deliberadamente esa norma, y eso por supuesto, a algunos de los editores que pudieron leer el texto, los asustó. Temían que los lectores no entendieran ese juego y, por lo tanto, que el libro no tuviera éxito comercial.
-¿Cuáles son los orígenes de El Señor Amarillo?
-Surge de un sueño y de un terror infantil. Me pareció muy interesante poder darle existencia literaria a un sueño: el de un muchacho cetrino con el rostro lleno de pústulas negras. Me nutrí además de varios libros, de varias fuentes literarias. La cruzada de los niños de Marcel Schwob, las apariciones ultraterrenas de Los elíxires del diablo de ETA Hoffmann y un ensayo precioso de José Bergamín que se llama La importancia del demonio.
-¿Intentaste publicar El Señor Amarillo en España?
-Sí, y las reacciones fueron tan desalentadoras como cómicas. En España mucha gente me dijo que a los lectores españoles no les importaban los relatos, y en ese sentido El Señor Amarillo fue rechazado, ya que se trata de una novela muy corta y está estructurada con base en ocho monólogos. Como esta construcción se salía de los parámetros habituales, los lectores hispanos no acertaban a clasificar el texto, confundiéndose y catalogándolo, en ocasiones, de colección de cuentos. Incluso alguien me sugirió agregarle 150 páginas, cuando el escrito no excede las 113. Esta brevedad, por otra parte, no es gratuita. La tensión que quise imprimirle al libro ha quedado como encapsulada, además me parece que deja un poco extenuado al lector por la atención que exige. Para mí esto es una virtud, no un defecto.
-Volviendo al tema del terror infantil, pienso que esa sensación la sufrimos muchos, ¿crees realmente que en el libro aflora tu angustia de entonces?
-De niño, durante una época, tuve un miedo atroz a la oscuridad. Mis papás dejaban encendida la luz del pasillo, pero era peor porque con las reverberaciones de la luz del pasillo veía figuras que se dibujaban en el marco de la puerta, y empecé a ver como a un cristo amarillo que se metía a mi habitación, y luego veía a un señor amarillo que también se quería meter, y eso me daba muchísimo miedo hasta que en un momento decidí enfrentar ese miedo, y un día pude ya dormir con la luz apagada.
-¿Cómo enfrentaste ese miedo?
-Como pude. De la misma manera que he tenido que encarar todos mis traumas a lo largo de la vida.
-¿Te volvió a visitar el señor amarillo cuando escribiste el libro?
-El señor amarillo me visitó en sueños en Madrid, en forma de ese muchacho amarillento y con pústulas, cuando mi esposa y yo estábamos pensando dónde vivir, ya hartos de Madrid y de ser tratados de sudacas todo el tiempo.
-¿A qué le tenías miedo en esa etapa de tu vida?
-Me daba muchísimo miedo volverme a enfrentar con mi país, sus códigos y una seriede situaciones con las que había roto.
En Madrid Adrián Curiel Rivera se puso en los zapatos del diablo y fue más allá de los principios elementales que nos inculcan cuando niños acerca de los opuestos absolutos: Satanás y Dios; desde su perspectiva, “si Dios no se preocupa por sus hombres ¿qué les hace pensar a los mortales que a mí -diablo- me puedan importar”?
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