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Escribir la vida
Entrevista con J.M. Servín
Texto y fotos: Eugenia Montalván Colón
http://www.unasletras.com/v2/../data/364.foto.JPG

Mérida, 18 de diciembre de 2006. Dice J.M. Servín que a él no le interesa escribir sobre el día a día ya que no es un fabricante de historias de sí mismo. Su obra, sin embargo, está hecha a partir de lo que él ha vivido y como tal se vuelve mucho más intensa después de conocerlo personalmente, pues sus palabras adquieren un sentido testimonial de mucha lucidez literaria.


A Mérida vino por iniciativa propia y, por fortuna, la Editorial Almadía (Oaxaca) sello con el que publicó recientemente el libro de cuentos Révolver de ojos amarillos, patrocinó su viaje desde la Ciudad de México, donde se estableció después de dar un largo rol entre Nueva York, París y Dublín. Adrián Curiel Rivera y Carolina Luna, comentaron sus textos en unas letras ante un público notablmente atento y reconfortado con un delicioso mezcal, cortesía de Guillermo Quijas, el editor oaxaqueño.

J.M. Servín tiene también dos novelas publicadas por Joaquín Mortiz (Cuartos para gente sola [2004] y Por amor al dólar [2005]), dos libros que fuera del Distrito Federal casi no se consiguen, pero sí han hecho posible que el autor, de cualquier manera, dé talleres en diferentes ciudades del país con el fin de estimular la lectura y la creación, incluso es posible que a Mérida venga pronto con el mismo propósito, ¡ojalá! Sería muy productivo conocer a fondo la filosofía de un escritor contemporáneo trascendental que encuentra el sentido de su vida en la literatura desde los 15 años.

—Soy autodidacta; tengo un año de preparatoria que nunca terminé porque me expulsaron [...]. Hay gente que está muy adaptada para ir a la escuela y hay otros que no estamos hechos para eso. Entenderlo me costó mucho tiempo.

¿A esa edad vivías con tus papás?

—Yo vivía con mi padre, mi madre ya había muerto. Realmente mis años formativos más importantes ocurrieron en un barrio muy duro, al oriente de la ciudad de México, en una unidad habitacional enorme, un Infonavit, especie del orgasmo del realismo socialista, aunque la verdad es que mi familia siempre ha sido nómada, una migrante en la misma ciudad por cuestiones económicas básicamente.

—¿Mandaste al carajo la prepa, entonces?

—Yo dije al carajo la prepa y la prepa dijo al carajo con este güey; no había entendimiento entre nosotros; conflictos existenciales de un güey que tiene quince años, que viene de una familia en continua disolución sin una guía estricta ya que era mucho más importante salir adelante a través del trabajo en un barrio donde todas las circunstancias se prestan para que tú estés mejor en la calle, porque realmente la calles es tu segunda casa... así que a mí qué chigaos me iba a interesar ir a una prepa donde ves que hay muchachitos que ya tienen bien planeado su futuro, que ya saben que van a ser doctores, ingenieros, abogados, etc.,  mientras que yo era un güey que la única habilidad académica que tenía era que leía muy bien, así que éramos yo, mis circunstancias y la lectura.

—¿Así es como te planteas dedicarte a escribir?

—Sí, en estas circunstancias sólo que más maduras, o sea, 20 años después de vivir todo esto y estando yo en París.

—Tu filosofía ya era otra, entiendo.

—Sí, mi base existencial sí, porque antes para mí era el aquí, el ahora y la deriva; la deriva como un punto para entender la madurez, o sea sin esperar nada a futuro y sin planes, sino simple y sencillamente tratando de obtener lo mejor de mí mismo y del entorno a partir de mis experiencias cotidianas y de una fuerte base de lecturas porque para mí la lectura siempre ha sido un placer, pero también un sostén porque de otra manera no sólo hubiera vivido a la deriva sino en un naufragio espantoso.

Cuando yo me fui de México —continúaya había probado lo que era escribir en medios importantes de la Ciudad de México, sólo que eran propuestas muy modestas, y yo estaba muy consciente de que a mí no me iba a alcanzar con eso si quería escribir una buena novela, entonces entre la crisis económica del salinato y mi crisis personal, al estar sin dinero y sin nada en la vida, me voy de bracero y durante esa experiencia de bracero decido que esas pretensiones de escritor no me servían para nada ahí donde yo estaba.

J.M. Servín se refiere ahora a la época que vivió en Nueva York y que está narrada en Por amor al dólar: “Yo trabajaba en la única gasolinera donde un güey salía a darte el servicio a tu carro”.

—¿Te creaba conflicto ese estilo de vida?

—Claro, yo siempre estaba en conflicto, por eso estoy aquí. Si no hubiera entrado en conflicto me hubiera quedado a trabajar ahí porque yo ya había hecho mi vida y ganaba muy bien para ser un trabajador indocumentado. Tenía mi carro, viejas y dinero para irme a emborrachar a donde yo quisiera.

—Pero…

—Pero yo pensaba que esa no era mi vida, pues seguía comprando libros y yendo a la biblioteca...

El escritor resume mil experiencias y dice: La literatura para mí es una necesidad, y una vez que esta necesidad se cumple, lo que siempre me pregunto es ¿ahora a dónde voy?, ¿qué quiero hacer con esto?


—¿Y a qué conclusión llegas?

—Que ahora no lo sé, pues en términos concretos he conseguido prácticamente todo a lo que yo pude haber aspirado.

—¿Reconocimiento?

—Sí, en un país como éste tengo premios y cuatro libros importantes por la apuesta estilística y formal y por los registros que ofrecen para leer de otra manera la literatura mexicana.

No quiero que suene petulante, afirma, pero yo creo que la apuesta de mis libros es hacia eso: crear nuevos registros, por eso creo que ya obtuve lo que pude haber soñado. Ahora tengo que ver a dónde llevar la literatura tal y como yo la entiendo porque está claro que hace mucho tiempo que dejé de ser un bracero…