Mérida, 7 de marzo de 2008. Como esnatural, los primeros días de marzo, las mujeres son más visibles quede costumbre, y para que unasletrasno se quede a la zaga, también la información de esta semana dará preponderancia a temas que destaquen la visión femenina de la cultura.Todo por el 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer.
Como anticipo, reproduzco una entrevista que le hice a la escritora Carolina Luna para la revista Generación.Se publicó en el número (72) actualmente en circulación en México, yque fue dedicado a Yucatán gracias a las gestiones de Joaquín Peón. Eltexto fue corregido para esta edición. La Introducción también es mía, sólo que me pongo en los zapatos de un supuesto observador que presencia la primera parte de la entrevista.
Introducción
Entre Carolina Luna y su entrevistadora hay una mesa con juguito denaranja, huevos motuleños y café. Llegaron juntas a Siqueff, elrestaurante árabe de la calle 60. Son casi las 11 de la mañana; estomás que desayuno es almuerzo.
La escritora enciende un cigarro antes de ver el menú. Se ven hambrientas, más la escritora; a leguas se nota que se acaba de levantar. Parece que estas mujeres son amigas, ¿será? La reportera encendió su grabadora en cuanto se sentaron. Seguramente es cliente asidua, lo digo por las sonrisitas amables de los meseros que, sin embargo, no se dieron cuenta de un detalle: faltaba el cenicero.
Sí, la reportera y Carolina son amigas. La primera pregunta que le hace tiene una fuerte carga de indignación y coraje por la incomprensible —para ella— marginación en la que tienen a la escritora, quien —sin duda— le ha dado notoriedad a las letras yucatecas, y cuyo nombre se liga a tesón y talento, pues Carolina, luego de destacar en Mérida con buenas publicaciones, se dio el lujo de irse a vivir a la Ciudad de México y continuar publicando allá.
Escucho que la reportera le dice: Por una parte, cuando un funcionario quiere quedar bien contigo te paga un boleto de avión, cierto, pero ¿y luego?, Ahí queda todo, ¿no?
Carolina responde que, efectivamente, ha recibido apoyo por parte del Instituto de Cultura cuando lo ha necesitado, pero reconoce que le parece bastante paradójico el trato que le dan, y como muestra un botón:
Mucha gente recibió invitación para el desayuno de escritores del 20 de diciembre con la gobernadora, pero ella no. La discriminaron, me queda claro. Todo mundo sabe dónde vive, y lo de menos era hacerle llegar un sobre con la invitación oficial, sobre todo tratándose del primer acto protocolar más directo de la gobernadora con un particular grupo de creadores, acto que, —por supuesto— fue organizado por el funcionario en turno de las letras, Oscar Sauri.
Pueblo chico, infierno grande. Mérida no es una ciudad pequeña, obvio, pero el mundillo de los escritores sí lo es, por eso mismo no venía al caso borrarla de la lista. El directorio de escritores no se ha ensanchado mucho que digamos y, además, aunque hubo cambio de partido en el poder (PAN por PRI), en la dirección de literatura siguió despachando el mismo personaje.
Bueno, mi admiración por Carolina Luna es incondicional y hasta la muerte, pero no puedo quedarme a seguir escuchando. Más paradojas. La sigo desde que trabajaba en la librería Dante, y si en ese entonces no me atreví a hablarle, ahora menos. En fin. Eso no viene al caso. Ya me enteraré de cómo la reportera le baja a su coraje y hace preguntas que nos dejen saber de esta encantadora mujer de pelo rubio que ni por un segundo volteó a mirarme.
Entrevista
Los espacios que nos ocupan (2005), libro publicado por el CONACULTA, fue el pretexto para un viaje de Carolina Luna, su autora, a Yucatán. Entonces vivía en el D.F. Los cuentos reunidos en esta obra ahí transcurren. Esta entrevista tiene lugar en enero de 2008, cuando Carolina está proyectando la creación de un libro de historias de ficción y no ficción acerca del barrio de Santiago, donde actualmente vive. Al ser conocida por su fuerte temperamento y su asiduidad a las cantinas, sobre todo al Gallito, empezamos hablando de...
—¿El alcohol ha sido determinante en tu vida de escritora?
—Sí, yo creo que sí. Sería muy moralista decir si para bien o para mal, pero determinante sí ha sido determinante porque al mismo tiempo que me ha impedido tener una disciplina como la de ese tipo de escritores que, aunque no funcione lo que escriban, diariamente se sientan a hacer el ejercicio, por otro lado me ha llevado a visitar submundos que tal vez sin el alcohol no los hubiera visto; formas de vida que sin el alcohol no hubiera conocido; otra sensibilidad, otro tipo de gente… emociones o, más bien, extremos emocionales…
El alcohol —dice— es una droga que no es tan agresiva como otras que te pueden llevar a estados alterados. Es una droga con la que puedes seguir funcionando y a la que más o menos puedes controlar y, sin embargo, te permite visitar mundos alternativos.
—¿Te provoca euforia?
—Como a todos. Cierta euforia, sí, y después un bajón. Igual, en algunos casos, después de la euforia viene la depresión y luego se te vuelve a subir. Son reacciones neuroquímicas que les suceden a todos.
—A partir del alcohol existe, mito o verdad, no lo sé, una figura loca de la escritora Carolina Luna. Por ejemplo, de que invariablemente se queda en las fiestas hasta el día siguiente…
—O dos días después, ¿no?
—Y de que se quiere coger a todos o que al menos lo intenta…
—Cosa que no es tan falsa (risas). Sí, —recapitula— me he quedado en fiestas por una, dos, tres o cuatro semanas, y nunca me he tentado el corazón cuando quiero cogerme a alguien. Me lo cojo y punto, y al día siguiente si te vi no me acuerdo. No tengo problema con eso, aunque déjame te digo que eso hubiera sido independientemente del alcohol…
—Cuestión de temperamento.
—Además, tengo algo de adolescente que me choca. Es una rebeldía muy pendeja de mi parte. Basta que me digas que no a algo para que yo diga, ¿cómo que no?, y se hace porque se hace; ese es mi temperamento y, claro, el alcohol lo potencializa. —Ya te imagino enfiestada días enteros. Ese es tu rollo. A mí me interesaba hablar del tema porque tus cuentos son ajenos a esa locura desbordada. Yo diría, incluso, que tu obra puede considerarse cien por ciento sana.
—Es sana en el sentido de que no es una farsa. No estoy tratando de demostrar nada. Estoy simplemente haciendo lo que hace un cuentista: contar. En ese sentido me parece que es sana. No es una literatura contestataria ni aguerrida, no.
Una vez me preguntaron si puedo escribir estando peda. Y sí, sí puedo, pero a la hora de sentarme a corregir tengo que estar totalmente lúcida. Puede que la idea, el impulso y todo el rollo me salgan en un estado alterado, pero luego entran otros elementos: estructura, semántica, buscar sinónimos, equilibrar párrafos… Ahí entra el trabajo, y tal vez por eso sientes que mi escritura es sana. Sí soy un desmadre, pero el trabajo es otra cosa.
Recapitula: Puede que mis cuentos tengan cierto dejo de sordidez, pero así es la vida (lo dice y suelta una bocanada de humo; ya va por su cuarta o quinta taza de café). Hasta ahora no me he metido en el mundo underground. Ahí sí ¡aguas! Yo hablo de la clase media que, por más reventada que sea, no llega a ser underground, para nada.
—Para los escritores jóvenes eres una estrella lejana. Quisieran conocerte, tomar los tragos contigo… ¿Cuándo será eso posible?
—Los chavos han oído acerca de la leyenda Carolina Luna, pero mi trabajo no lo conocen, responde. Mis los libros no se consiguen en Mérida. O sea, ¿cómo? De aquí mismo me han escrito a mi correo preguntándome por ellos. ¿Por qué? De El Caracol (Gobierno del Estado de Yucatán, 1993), olvídate. No hay y ni habrá ya. El segundo, que fue Prefiero los Funerales (Tierra Adentro, 1996 y 2001), agotado, y el de Los espacios que nos ocupan (CONACULTA, 2005), lo mismo. No hay, y ni hablar de mi primera plaquette (1990) y Límites de Sangre (1991), editado por la Universidad Autónoma de Yucatán, tampoco hay...
—¿Entonces?
—…
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