México,
D.F. 1 de abril de 2009. Griselda Álvarez Ponce de León era fantástica.
Insistía en que no era feminista. Más de una vez me lo dijo en
entrevista, pero como gobernadora (1979-1985) y amante de la cultura,
organizó una guardería itinerante para que las mujeres pudieran asistir
a los conciertos en Colima.
Durante
su gobierno se puso en marcha la primera institución gubernamental de
apoyo a las mujeres violentadas, sin importarle las críticas, y apenas
llegó al poder promovió los cambios en el código penal de su estado,
necesarios para prevenir y perseguir la violencia contra las mujeres.
Hoy,
diversos organismos de transparencia dicen que Griselda Álvarez se
cuenta entre las funcionarias y militantes más honestas de este país.
De la fundación de la Alianza de Mujeres de México, al Senado de la
República, pasando por sus asesorías en la UNESCO, sus puestos en las
secretarías de educación pública y salud, y en el IMSS.
En 1982
me contó que su mayor dificultad para gobernar en Colima era la
incomprensión de funcionarios estatales, empresarios miedosos y
clérigos, porque abrió un corredor industrial para dar trabajo a las
mujeres, pero exigió de los inversionistas buena paga, horarios legales
y justos; sin decirlo, pensó en las madres solteras, y advirtió que
decaía la producción en el campo; pensaba, según recuerda Guadalupe
García, en que era necesario cambiar las estructuras para hablar de la
igualdad entre hombres y mujeres.
Al quedar huérfana, fue a la Normal de Maestras, a la Facultad de Filosofía, hizo estudios especializados, se formó y vivió sola, lo que le produjo una enorme posibilidad de desarrollo personal; su vida de gobernadora le gustaba porque tenía suficiente espacio mental para gobernar, sin dejar de leer y escribir.
Su experiencia política, trenzada con la intelectual, comenzó al participar, y luego dirigir, la Alianza de Mujeres de México, organización que en los años cuarenta significó el espacio plural de mujeres, multitudinario; esa fuerza permitió a mujeres del sistema y a las comunistas estar juntas, presionar para conseguir el voto municipal (1946) y luego el voto universal para las mujeres en 1953.
Movimientos en los que el papel de las maestras, como ella, fue la vanguardia principal, y desde entonces las mujeres del PRI obtuvieron una cuota, no reglamentada, en posiciones concretas como las direcciones de promoción social.
Por su contribución política, magisterial y literaria recibió la medalla Belisario Domínguez en 1996. Cuando aceptó escribir un texto especial para el 50 Aniversario del Voto Femenino, en 2003, libro que compilé, me dijo que ya era tiempo de que las mujeres dejaran de pedir, para actuar, organizarse en todo el país, develar la enorme cantidad de engaños, demagogias y promesas de los políticos y políticas que sólo tenían interés en conseguir el voto de las mujeres para tener poder.
Siempre despuntó por la misma entereza y capacidad crítica, como cuando se publicó la revista Iguales pero diferentes, que editó el Programa Nacional de la Mujer, presidido entonces por Guadalupe Gómez Maganda, y cuya portada era la imagen de una manzana. Las consejeras aplaudieron el buen gusto. La pintura era de Martha Chapa, pero doña Griselda se opuso: “la manzana es el símbolo de la opresión milenaria de las mujeres”, les dijo.
Griselda Álvarez a sus 95 años estaba activa y contaba con la admiración de muchas de sus compañeras de partido. Era, como ninguna, una mujer de trabajo, activa física e intelectualmente. Le puso poesía a la Constitución de la República, del mismo modo que escribió su experiencia infantil de miedo cuando su padre, un general, la encerró en una huerta (La sombra niña, 1965). “Eso me enseñó que el tema no es el miedo, sino saberlo vencer y seguir adelante”.
Escribió, de todo, poesía, prosa, discursos, y miles de sonetos que publicaba en periódicos y revistas; sus poemas fueron pioneros de la escritura femenina del erotismo: Letanía erótica para la paz (1963) y Anatomía superficial (1967), por ejemplo.
Hace muy poco tiempo fue homenajeada en Bellas Artes, y forma parte de un selecto grupo de poetisas mexicanas que han hecho la diferencia.
Que fuera el amor sin ti, fracaso si no encuentras entre tus virtudes hacer posible e íntegro el abrazo.
Durante mucho tiempo escribió todos los días y tenía siempre una frase concreta para definir el presente. En el texto del Voto de las Mujeres, al que me he referido, Griselda Álvarez atisbó el presente de violencia y confusión. Escribió: “Llego a un punto en que deseo que exista un mundo de paz y concordia… un mundo que no generalice y reconozca las capacidades individuales… un mundo sin lucha…”, en clara referencia al poder y su ejercicio, que se sobrepone a la ética y al buen servicio de los gobernantes.
Era feliz. Se lo escuché hace como cuatro años. La vida le dio un montón de satisfacciones: 18 libros publicados, la primera gubernatura para una mujer mexicana, amigas entrañables y reconocimientos por su militancia política, su tarea magisterial, su literatura y su militancia feminista.
Fue homenajeada por la Federación de Mujeres Universitaria (mayo de 2003) cuando cumplió 90 años. Contó a las periodistas que estaba dedicada de reflexionar sobre la ciudadanía femenina y dijo: “La voluntad de las mujeres de ser por ellas mismas es la revolución más acentuada que hemos tenido después de la rusa, la francesa y la mexicana”.
“Esa revolución no se va agotar y nuestras y nuestros descendientes van a tener que pasarla quién sabe en qué forma porque como su evolución es irreversible, ellas difícilmente van a dejar el terreno ganado”.
Doña Griselda, que dejó de existir el 26 de marzo pasado, a los 95 años, ya forma parte del cuadro de nuestras ancestras, esas guías tan necesarias en tiempos de desvarío y desapego a los principios feministas.
Llevan su nombre una cátedra de género en la Universidad de las Américas, de Puebla; un centro de derechos humanos, una casa de mujeres, una estancia infantil, una primaria, el Centro de Apoyo de la Mujer (CAM) en Colima y una asociación civil denominada Instituto Griselda Álvarez.
Fue gobernadora después de cumplir 60 años, a los 70 siguió en funciones públicas y continuó su carrera literaria y poética; presidió varios jurados de literatura y se convirtió en presidenta vitalicia de la Federación Mexicana de Universitarias. En 1998 fungió como consejera de la Comisión Nacional de Derechos Humanos. De 1998 hasta marzo de 2007 fue asesora de la Secretaría de Turismo.
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