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| Invocación a la dulzura |
| Un cuento en medio del desmadre |
| Eugenia Montalván Colón |
 Mérida, 23 de octubre. Minutos antes de la cita para presentar El Señor Amarillo el viernes en unalsetras, hablaron en la radio el alcalde de Mérida y el gobernador. La capital de Yucatán no sufriría mayor daño, pero era recomendable permanecer en casa. Todo mundo correspondió a su llamado; el tequila y las cervezas quedaron intactos. Recibí un mensaje desesperado en mi celular: ¿Wilma seguía en Cancún? -Sí. A diferencia de Carlos, yo tenía luz y teléfono, y en mi pantalla esa obstinada mancha roja casi inamovible seguía fustigando el Caribe. Wilma también alteró la vida de Cuba, isla retratada de cabo a rabo en el libro Cuento cubano del siglo XX (FCE, 2002), antología realizada por Jorge Fornet y Carlos Espinosa Domínguez. Leo Isla tan dulce de Julio E. Miranda (1945-1998), y lo primero que se me ocurre es compartirlo:“El tipo quería volver a Cuba. –Ya he visto tres asesinatos –decía–. ¡En una semana!–Pero tú vives en la Lecuna. Eso no es toda Caracas. Mírame a mí. ¿Yo estoy muerto? ¡Yo no estoy muerto!Lo conocí recién llegado. Un cubano vestido de cubano antiguo, todo de blanco, sorbiendo su café con la cabeza proyectada hacia delante para que ni una gota le cayera encima. Él inició la conversación, siguiéndome la mirada:–Pura plusvalía carnal, mi hermano.Y desarrolló el tema. Yo alabé, recíproco, la belleza de las cubanas.‘Pero son todas milicianas, viejo’, replicó. ‘Si no estás integrado no quieren nada contigo’. –Bueno, aquí lo que quieren es desintegrarte –le dije. –Ya sería un cambio. Días después, como a las cien cervezas, me confesó que estaba sexualmente famélico. ‘Es un problema lingüístico. No pienses mal, chico, nada de eso. Es que no entiendo a las venezolanas, no sé lo que me dicen, lo que me piden que les haga. Y cuando lo entiendo, vaya, que ese vocabulario no me excita. ¿Tú no conoces alguna cubanita por aquí? Mira que yo cumplo. Le hago trabajo voluntario y todo’.El tipo me caía simpático. Le di el teléfono de Caridad, una mulatica nerviosa y complaciente. Se fue de lo más contento. No esperaba encontrármelo en el Museo del Teclado. ‘Me aburría y, total, crucé la callé’, se disculpó. Tocaba el grupo Cuero Quemao, unos muchachos de ahí mismo, de Marín. Al tipo se le iban los pies. Nada sorprendente. Lo bueno fue después: al empezar el foro inevitable, cuando me levantaba para irme, pidió la palabra. Yo casi le tapo la boca, temiendo que dijera cualquier barbaridad. Pues no. Comenzó elogiando al grupo, ‘tan nuestro’. Analizó ‘la rigurosa estructura musical’ del Sóngoro cosongo. Recitó, mimando, ‘Sensemayá la culebra’. Habló de los tambores de batá, del ‘sufrimiento de nuestros hermanos de Regla’, de la ‘inescrupulosa comercialización de nuestra idiosincrasia afrolatina’, de Santa Bárbara y Changó. Terminó citando a Martí, sazonado para la ocasión:
Cuba y Venezuela son de un pájaro las dos alas
Aplaudieron hasta rabiar. Casi lo alzan en hombros. Se le acercó un funcionario del Museo: le contrataron un taller. Invitó al Cuero Quemao a tomarse unos tragos. Llevaba a la cantante del grupo por la cintura. Les cambió el nombre: pasron a ser El Son Sonoro. Como su empresario, les consiguió una gira por el interior, pagada por la CANTV. Mientras tras ellos chancleteaban por el país, él meditaba por las mañanas y hacía contactos por las tardes. Las noches eran de Caridad, ‘mi azabache’, ‘mi reina piel canela’, ‘las tres mulatas de fuego en un solo cuerpo’, decía. Bautizó al mismo grupo con una segunda denominación: Combo Experimental Caraqueño. Así tuvo un subsidio por cada nombre: el primero del CONAC, éste de FUNDARTE. Los otros seguían girando. Dictó un curso en el Ateneo: ‘Estructuras rítmicas de nuestra identidad’. Hubo que rechazar gente.Lo perdí de vista. Me llamó cuando lo del ‘psicosón’ para que le escribiera el folleto. ‘Yo tengo labia pero me faltan letras’, decía humilde. ‘Dale ahí’. Prácticamente me lo dictó; yo le iba dando forma, sobre la marcha. Seguí asombrándome. ‘Lo mío es Jung y Jahn’, repetía. Había leído mucho, un par de libros diarios, uno con cada ojo, supongo. ‘¿Pero lo del Museo?’ Le quitó importancia: ‘Yo era vecino del viejo Fernando Ortiz, tomábamos café juntos’.La nueva técnica terapéutica gustó. Una charla introductoria, un pensamiento-guía para la jornada; luego, el psicosón en parejas: discos del Beny, Celia Cruz. Para terminar, sauna indiscriminada, a voluntad: había voluntad. Y dinero. ‘Barato no es –admitía–. No todos pueden tenerlo todo’.No paraba de evolucionar. Abrió el Centro de Investigaciones Psicomusicales y algo le cayó de la UNESCO. Se tomó sus primeras vacaciones: fue a Brasil, vivió tres meses con un pai de santo. Volvió iniciado. Echaba los caracoles. Sólo juraba por el panteón de yoruba. ‘Eso es más rico que las categorías junguianas, viejo. Hay que ir a las raíces’. Se le veía cansado, tan multidisciplinario. ‘Es un destino’. Lo asumía. Pero también las jevas. Había superado la barrera lingüística y roto con Caridad. ‘Las mujeres son como el café, tú sabes’. Pensé que se refería a alguna negra. ‘Óyeme: no estás en nada. Perdóname que te lo diga, pero tu señora madre te hizo mucho daño. Yemayá te domina. Sacúdete. Te estoy hablando de hombre a hombre, casi como un padre –me explicó el enigma–: A las mujeres hay que menearlas porque tienen el azúcar abajo. No lo olvides‘.Se compró una quintota Palos Grandes arriba, casi en la costa. Me invitó al open house, selectísimo. Aparte, me anunció que preparaba una velada en el Teresa Carreño, ‘¡imagínate!’ Las Hijas de Ochún atendían a todos, infatigables, sonrientes, místicamente voluptuosas. ‘Mis discípulas’, dijo, picando el ojo.–¿Y Cuba? –me atreví a preguntar.–¡Isla tan dulce!”.
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