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| J.M. Servín a favor de la autenticidad |
| “Al final del vacío”, su más reciente novela |
| Joaquín Peón Iñiguez |
| Mérida, 18 de febrero de 2008. Conocí a J.M. hace algunos meses en el Encuentro de Jóvenes Escritores del Sureste organizado por diversas instituciones chiapanecas y la editorial Almadía. No hablé con él los primeros días, aunque siempre me intrigó. Estaba por ahí, sentado, con sombrero o sin sombrero, contemplando; mientras los demás se arrebataban la palabra, él permanecía callado, atento a todo, tomando su cerveza o un traguito del memorable Comiteco.
Aunque su presencia, por su cualidad silenciosa, sobresalía, no me acerqué a hablar con él. Al menos no los dos primeros días. El tercero compartió una mesa con Tryno Maldonado y leyó un adelanto de su más reciente novela Al final del vacío, presentada por él en Amaro anoche. Quedé impactado. ¿De dónde carajos habían salido esas letras? ¿Cómo fue que nadie en Mérida me contó de Cuartos para gente sola? ¿De verdad era mexicano? Sus letras son mucho más cercanas a la exquisita literatura gringa.
Terminamos sentados en la misma mesa junto con Jorge Pech y otros amigos del encuentro. La plática fue amena, nada de literatura, mejor hablar de viajes, utopías, drogas, Chiapas… Esa misma noche invitó a mí y a otro de los que estábamos presentes a armar un número especial de la revista Generación, ediciones que, tal como propuso, estarían dedicadas a nuestros estados. Ahí nació todo, así comenzó a gestarse el número Yucatán: el carnaval de la decencia. Pasaron un par de meses tranquilos, hasta que finalmente me decidí a entrarle. El trabajo fue mucho más pesado y mucho más satisfactorio de lo que pude imaginar. Hoy, cinco meses después, cinco meses que pasaron volando, vuelvo a charlar con Servín a través de internet.
Arranco la entrevista partiendo de un comentario de Sergio Gonzáles Rodríguez, crítico del Reforma, "Servín acude al referente hiperrealista para fundar una mezcla ambigua de verismo y subjetividad. Su obra atestigua la madurez del más excéntrico -en el sentido más noble de la palabra- de los escritores mexicanos de las nuevas generaciones".
Ya casi se te vuelve apodo eso del “narrador más excéntrico de las nuevas generaciones”, ¿cómo la ves?
Quienes me conocen o me han leído me llaman por mi nombre, eso de “casi” y “apodo” se referirá a Mérida, y dudo mucho que tenga que ver con la cantidad de lectores de mis libros.
¿Cómo ha evolucionado tu trabajo desde la revista A sangre fría, pasando por los premios de periodismo y aterrizando Al final del vacío?
He logrado afinar mi estilo y voz propia sin dar concesiones inútiles a los aspectos formales o a la crítica.
¿Qué te impulsa a escribir una distopía?
El país en el que vivo, el mundo que lo rodea.
¿Qué diferencias ves con las grandes clásicos del género, 1984, un mundo feliz, etc?
Creo que das por sentadas muchas cosas. Yo jamás he pensado en distopías ni en ciencia ficción. Las novelas a las que te refieres manejan un poder y una dictadura omniscientes, en Al final del vacío sólo hay retratos y escenarios que cualquier habitante de una gran ciudad puede reconocer o percibir como inminentes en su aquí y su ahora.
¿Cómo te sentiste escribiendo, transitando imaginariamente, las calles de una ciudad miserable?
Escribo con mis emociones a flor de piel, indignado casi siempre y sin esperar nada a cambio. Jamás he transitado únicamente con la imaginación ninguna ciudad en las que he vivido.
Dicen por ahí que Al final del vacío ha mandado a gente al manicomio. ¿Crees que la ficción puede ser peor que la realidad?
Será una mera broma eso del manicomio. No creo que exista una sola novela que haya provocado semejante cosa, pero sí hay obras capaces de sacudir profundamente nuestras emociones. Ninguna ficción es peor que la realidad y no soy tran pretensioso como para creer que lo que escribo pone a los lectores al borde de la locura.
¿Qué planes tienes a corto plazo? ¿Hay algún género con el que te sientas más cómodo?
Escribo un par de libros basados en la historia social y la delincuencia del país. Acabo de terminar tres relatos cortos que se incluirán en la inminente reedición de Revolver de ojos amarillos. En cualquier género literario me siento bien porque no pongo atención a sus fronteras.
Estuviste en Mérida hace poco en el local de Unas Letras, y presentaste "Revolver de ojos amarillos". ¿Qué impresión te dejó la ciudad? ¿Es distinta a la que tienes después de leer El carnaval de la decencia?
No puedo darte una opinión amplia sobre Mérida ya que estuve muy poco tiempo y todo mundo fue muy amable conmigo. Sólo percibí algo del recelo, impotencia y temores que se viven en el resto del país. No estoy tan equivocado según lo que leí en El carnaval de la decencia. Eso sí, lo difícil que es conseguir droga. Eso y el calor, deben hacer insoportable la vida en esa ciudad.
Hace poco leí "Revólver de ojos amarillos". Yo sí camine imaginariamente las calles que transitan los personajes de Servín, inclusive compartí casa con él y su familia. También me senté en las bancas de Nueva York, uno de las muchas ciudades alrededor del globo, en las que J.M. vivió, chambeando como indocumentado. Ahora regresó a Mérida, y aunque en esta ocasión los de Almadía no nos mandaron un mezcalito, recuerdo con precisión de aquella charla en Chiapas que a Servín le gusta el Xtabentún.
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