Mérida, 1 de octubre de 2007. Mi historia con Juan Villoro comienza, como la de mucha gente, con sus libros infantiles. Mi madre los compró para mis hermanitas, pero siempre he tenido debilidad por las historias para niños bien contadas. Tiempo después, descubrí sus crónicas periodísticas, cuentos y novelas, así que cuando me enteré de que daría una plática en el auditorio del CUM, el jueves pasado, no dudé en ir y sentarme en la primera fila.
“La importancia de la lectura” fue el tema principal de la charla, dirigida a maestros de distintas escuelas y al público en general. Villoro relató sus experiencias como un lector tardío. El primer libro que leyó fue “El Cantar del Mío Cid”, esperando encontrar las aventuras de Charton Heston narradas como en la película. Se encontró, sin embargo, con palabras arcaicas e ininteligibles para un infante de su edad. Más tarde, para la escuela también, leyó “Corazón. Diario de un niño”, cuyas tragedias lo hicieron llorar. Después llegó Julio Verne, aventurero y emocionante, pero lejano a su realidad. Fue hasta cuando un amigo le prestó “De perfil”, de José Agustín, que Juan Villoro descubrió lo cercana que está la literatura a la vida misma. Escrita en primera persona, y con grandes semejanzas con las circunstancias del lector, la novela parecía escrita para y por Juan Villoro. Esta misma anécdota es contada en su libro de crónicas “Los once de la tribu”.
Juan Villoro sostiene que son los libros los que, de alguna manera, lo eligen a uno, que los libros que uno encuentra por casualidad o que reaparecen misteriosamente después de un tiempo perdidos, son los que necesitamos leer. “Un libro sólo está vivo cuando es leído”, afirma. Menciona también que hay lectores que pueden mejorar lo leído gracias a su interpretación personal del texto.
Villoro habla también de la profunda relación entre un lector y un autor, ya que éste último “quiere leer un libro que no existe”, y por lo tanto lo escribe. “Leemos porque el mundo está mal hecho”, afirma “leemos por el placer de completar el mundo”.
Entre ejemplos, citas y anécdotas (la mayoría de ellas de Borges) Villoro explica su tesis sobre la lectura, una que demuestra el profundo amor y respeto que le tiene a la palabra escrita y a sus posibilidades. Por eso opina que los padres deben leer con los niños desde que son pequeños y que los escritores deben empezar por leer y leer y leer a quienes les precedieron. Leer, explica “es una intrépida oportunidad de ver lo que tenemos dentro”.
Después de la plática, Juan Villoro se da tiempo de platicar con los asistentes. Firma libros, habla sobre su abuela yucateca (quien alguna vez le hizo un traje del Mío Cid para jugar), cuenta cómo se fue de su casa a los 19 años y da consejos prácticos para conseguir becas en el extranjero.
A veces puede resultar peligroso conocer a alguien que admiramos por sus escritos. No siempre está a la altura de nuestras expectativas. Juan Villoro es tal vez menos gracioso de lo que yo pensé, más convencional. Pero mi impresión general es la de alguien que disfruta lo que hace, que disfruta hablar con la gente, que tiene letra de doctor, y que nunca olvidará que antes que un escritor, él es sólo un lector. |