San
Juan, Puerto Rico, 22 de septiembre de 2008. La noticia apareció hace
unos días. Un muchacho de 25 años le pidió a su madre que, cuando lo
mataran, lo velaran de pie. Fue preciso en su último deseo. No quería
caja, ni flores. Pidió que lo recostaran contra una pared, parado, como
si estuviera vivo. El muerto de pie apareció en todas las portadas de
los periódicos de la Isla. Gorra de rapero, camiseta, mahones negros,
gafas y zapatillas deportivas. Un clavel en la mano. Como el hermano de
Rosario Tijeras, la protagonista de la novela del colombiano Fernando
Vallejo. Este joven que esperaba, atento, su muerte, pensó en un último
chiste macabro para reírse de su destino inescapable. Hay que estar
bastante seguro de que a uno lo van a matar para, a tan temprana edad,
elaborar su velorio de manera tan detallada.
Y es que existe una vida así; es decir, una vida abocada
a la muerte. La vida del maleante es precisamente eso, el vivir
riéndosele en la cara a la bala que lo aguarda en la próxima esquina.
Hubo un momento en la historia en que esa actitud era concebida como la
cualidad de un valiente. Un hombre valiente, aventurero, audaz, no le
teme a la muerte. Se arriesga por llegar a su meta, por conquistar la
cima más alta, por explorar las profundidades del mar o de la tierra,
por proteger a su patria o a su familia. Un verdadero hombre es casi un
suicida. A veces pienso que ser hombre es eso, ofrecer la vida por
cualquier cosa, estar dispuesto a morir siempre.
El maleante es el más abstracto de esos suicidas. El más puro. También es el que más fácil muere o mata. Está dispuesto a morir para que lo respeten. Muere por su territorio, por un lío de faldas, por un carro, por una apuesta. Muere porque alguien le dijo cabrón. Muere porque le mentaron la madre. Muere porque le tocaron la bocina o lo miraron de mala gana. Muere a los veinticinco años. Muere porque lo confundieron con otro. Muere de pie. Y se ríe de la muerte.
Es como si la vida le pesara. Como si tuviera prisa por ya ser recuerdo. Tan seguro está de que lo van a matar que quiere apurar el trago amargo. Esta actitud de seguro es causada por el medio ambiente en el que se vive. Yo también quisiera morirme rápido si soy el último cuerpo que va quedando, el último cadáver en la fila. Si todo lo que me rodea es violencia, vivir implica demasiada ansiedad. En verdad es demasiado agite el no saber cuándo te toca la bala que te espera. Mejor que llegue pronto.
Pero ser el más guapo entre los guapos es ser el cuerpo que la Muerte no tumba. Morir sí, pero morir de pie. Con las gafas puestas. En la esquina del jangueo. Con una sonrisa burlona en la cara y desafiando la estética mojigata del cadáver. Que ni muerto lo presenten acostado, en descanso, aceptando su destino fatal. Con el crucifijo en mano y la guayabera de hilo. Limpio, arrepentido, decente. No. El guapo muere de pie y riéndose, como si su risa borrara lo terrible que fue su vida, lo corta, lo dolorosa. Las ganas que tenía de que acabara pronto.
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