 Mérida, 4 de junio de 2008. Una de las opiniones mas interesantes que Península, península
ha provocado queda manifiesta en un excelente articulo publicado
recientemente, y titulado “El Yucatán de Lara Zavala” cuyo autor es el
escritor Carlos Fuentes, quien hace una apología de la novela que hoy
presentamos y por supuesto del tema, tan delicado y bien narrado por
nuestro estimado Hernán Lara Zavala. De este artículo extraigo unos
párrafos:
La relación entre novela e historia
se da, en ocasiones, con la inmediatez de la actualidad. Es el caso,
por ejemplo, de “Los de Abajo” de Mariano Azuela (1915), escrita en y
desde la turbulencia de la Revolución Mexicana y, en cierto modo, de
"La Sombra del Caudillo" de Martín Luís Guzmán, prácticamente
contemporánea a los hechos y personajes del callismo.
Otras
veces, la historia sólo admite la ficción gracias a la perspectiva. La
Revolución Francesa no tiene novelistas inmediatos. Había que esperar a
Balzac y Stendhal. Nadie eleva a ficción la Revolución de Independencia
Norteamericana, que temáticamente da sus mejores obras en el siglo XX,
con Howard Fast: “Los invictos” y “El ciudadano Tom Paine”.
Hernán Lara Zavala, uno de los escritores mexicanos más cultos y reticentes, establece de arranque la actualidad de lo que narra gracias a un novelista (¿el propio Lara Zavala? se pregunta Fuentes) que se sienta a escribir la novela que estamos leyendo: “Península, península”, cuyo tema es la Guerra de las Castas que asoló a Yucatán en 1847. Lara Zavala se inscribe así en la gran tradición, la tradición fundadora de Cervantes, donde la novela de Quijote y Sancho coincide con la actualidad de España, el pasado evocado por las locuras del hidalgo, el género picaresco (Sancho) en diálogo con el épico (Quijote) y los estilos moresco, bizantino, amoroso y pastoral introducidos para darle a la novela su carta de ciudadanía: la diversidad genérica.
El tránsito de Lara Zavala de su irónica actualidad de narrador a la materia narrada, le permite presentar ésta, la Guerra de Castas en Yucatán, con una variedad de ritmos y temas que no sólo la salvan de cualquier sospecha de didactismo, sino que enriquecen lo que ya sabíamos con el tesoro de lo que podemos imaginar.
En las penínsulas, en Campeche y Yucatán, nos advierte Hernán Lara, las noticias vuelan, nadan y se arrastran. También pueden novelarse, como lo hace aquí el autor con una prosa límpida, tan transparente (para establecer comparaciones odiosas o amables) como la de Martín Luís Guzmán. Frágil empresa, como lo sabe Turrisa (uno de los personajes principales de la novela) cuando la furia revolucionaria le quema el manuscrito de su libro y el autor entiende que “ya no tendría el coraje de reescribir su novela, que sólo sobreviviría en su memoria e imaginación”. Que son por fortuna las nuestras”. Fin de la cita del artículo periodístico de Carlos Fuentes.
La madurez de la sociedad Peninsular para confrontar un tema como el que nos ocupa, se refleja en esta novela de Hernán Lara, es esta una, de un sinnúmero de textos de investigación, poéticos, novelados o de cualquier otro genero, incluyendo el cinematográfico, esperando ser difundidos, no a nosotros sino a nuestras generaciones venideras. La Guerra de Castas de Yucatán, es un tema inagotable, para ser observado desde múltiples ángulos, facetas, aristas, desde multitud de puntos de vista de los descendientes de aquellos protagonistas o de nosotros, los interesados en conocer nuestra historia desde cualquier género literario observando los hechos históricos desde todas las facetas posibles para entender nuestra realidad contemporánea, nuestras raíces y nuestro “ser” culturalmente hablando.
Hernán, desde su claustro académico en Inglaterra durante sus años de estudios sobre la Literatura Inglesa, y por supuesto ante la falta del colorido y calorón de nuestras tierras tropicales, y ni qué hablar de la ausencia de cerveza yucateca, comenzó a escribir esta novela, a perfilar sus personajes, a soñar los acontecimientos, y a fuerza de consultar tantas fuentes históricas, a recrear, novelizar, transformar los hechos históricos en eventos novelados; entonces sus personajes –como los aluxes de nuestras leyendas populares– comenzaron a tener vida propia, se escaparon de su imaginación y vía teclado de su computadora sus personajes literarios comenzaron a hacer de las suyas, incluyendo –y no por ser pequeño no tener una importancia simbólica relevante– a un perro negro y fiel acompañante de otro maravilloso personaje –el Dr. Fitzpatrick– cuyas vidas se entrelazan al final del capítulo correspondiente, en una vorágine de sentimientos encontrados entre el aventurero Fitzpatrick y el fiel perro malix llamado pomposamente “Pompeyo”, cuya relación y desenlace de ambos personajes, Hernán lo sitúa en medio del Río Hondo, frontera del Yucatán en guerra y la colonia Británica de Belice.
Península, península es una novela de tan buena factura, con personajes tan bien recreados y tramas bien presentadas, que en algunos capítulos la narrativa se convierte en comedia, en noticia histórica, en hechos trágicos y en juegos literarios que nos recuerda el estilo de Oscar Wilde. La novela, del principio al final, nos lleva a imaginar y compenetrarnos con la sociedad Yucateca del Siglo XIX, tan regional en su narrativa, que somos pocos –tal vez solamente los que vivimos en esta Tierra que no se parece a otra–, a quienes se nos antojaría leerla, acostados en una hamaca y meciéndonos –pateando la pared– al verdadero ritmo tropical, precisamente aquí, en nuestra Península Yucateca, en donde, como escribe Hernán Lara en su novela: “han ocurrido mucho más cosas de las que los seres humanos nos hemos atrevido siguiera a imaginar”…
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