You need the Flash Player version 9.0.0.0 or higher and a JavaScript enabled browser to view this site
Más acerca de La suerte cambia la vida
Poesía para niños
Sandro Cohen
http://www.unasletras.com/v2/../data/179.día de la suerte cambia la vida.jpg
Varias veces he leído La suerte cambia la vida de Javier España. Mi primera experiencia fue de extrañeza, pues me encontraba frente a un fenómeno raro, algo prácticamente inexistente: poesía para niños carente por completo de los tropos y trucos que en sus versos uno esperaría encontrar: animales que hablan, rimas fáciles, una métrica machacona, amén de las moralejas que no pueden faltar para darles gusto a los padres de familia que piensan —equivocadamente— que la literatura debe enseñar los valores positivos del ser humano y, al mismo tiempo, mostrar lo mal que nos va cuando nos apartamos del camino recto. Esto no sería literatura sino catecismo con otro nombre.

Como todas las bellas artes, la literatura posee otra misión: reflejar y recrear la vida del ser humano, profundizar en sus deseos y necesidades, sus temores y añoranzas, sus fracasos y triunfos; su mezquindad y crueldad, acompañadas de su clemencia y compasión, pasando por las pulsiones encontradas de elevación espiritual y hambre de poder, control y destrucción. Ésta es la literatura, y La suerte cambia la vida es literatura. Aun más: es poesía.

Durante la segunda lectura del libro, me fui encontrando con un mundo cada vez más rico y cada vez más mío. Ya conocía a ese muchacho que vive dentro de sus páginas, y reencontrarme con él ha sido una experiencia de goce y complicidad. Compartí con él, y sigo compartiendo, su sensación de maravilla y angustia ante el mundo que no deja de abrirse y desdoblarse ante sus ojos, que también son los míos. Me siento libre, como él, de ver un cuadro que en realidad es una ventana, que en realidad es un hombre, que en realidad son un par de ojos mirando una pared, que resulta ser —después de todo— un cuadro de un hombre mirando una pared, pero que no es una pared ni una ventana ni un hombre.

Y como sucede para este niño españiano, o españesco (sé que no debe decirse español…), para mí el mundo deja de existir cuando se apagan las luces —las del cerebro y el corazón, por supuesto—, porque es la luz aquello que da forma a lo que vemos. Y, a su vez, lo que vemos más allá de las cuatro paredes de la lógica implacable de la materia fría es aquello que bañamos en la luz de nuestra imaginación. La bendición de la infancia, y de la poesía, consiste en el hecho de que para ella, en ella, ninguna lógica es fría, y de que cuatro paredes nunca son sólo eso sino un palacio capaz de abrirse espontáneamente hacia muchos otros, o hacia bosques o mares o cuevas o salones de clase o calles solitarias o baúles sin fondo en que el ser humano entierra lo que más aprecia, lo que más desea y lo que más teme. La infancia y la poesía son dos estadios donde la emoción y los sentidos siempre están a flor de piel. Por eso el poeta es siempre niño, y el niño es siempre poeta, si lo dejan. Si él mismo se deja.

Con una tercera lectura, me di cuenta de que La suerte cambia la vida es un libro sabio, y los sabios son aquellos que no dicen todo de sopetón cuando se lo preguntamos, sino que nos van guiando para que hagamos las preguntas correctas que, invariablemente, conducen a sus propias respuestas.

Para comprobarlo basta leer dos poemas. Uno se titula “La poesía no se entiende”, y está en la página 51. El otro lleva por nombre “Es mejor cuando llueve”, y está en la página 93. Veamos:

La poesía no se entiende, dijeron mis primos.
Entonces, ¿por qué sé del sol y su mirada rubia,
del viento que celebra con el nombre de mi madre,
de los ríos de leche donde navega mi hermanita,
de la memoria de cristal de mi abuelo,
de la palabra amorosa que mi padre deja caer en sus papeles?

Estos primos son unos plomos, unos tarugos, unos adultos, que es otra manera de decir que son ciegos que no ven nada. ¡Si es elemental! Cualquiera con dos dedos de frente y los ojos bien abiertos puede ver las miradas rubias, o castañas, o negras, o cristalinas del abuelo. Todo dependerá de su humor, y el nuestro. Y sólo un sordo deja de escuchar el nombre de su madre, o su padre, o su amada —o amado—, o su peor enemigo en el rugir del viento. Eso depende, a fin de cuentas, de lo que merendamos, o del tamaño del hueco en nuestro corazón porque dejaron de hacernos caso, o del hecho de que no cabe en nuestro pecho porque nos dijeron que cuando parecía imposible que alguien nos correspondiera.

Y si no se dan cuenta del río donde navega la hermana, es por puritita envidia, que no sé de qué otra manera llamarle. Como no pueden subirse a ese barco, dicen que no existe, que no existe el río, que no existe nada, que las luces están apagadas, permanentemente apagadas, como su imaginación, como su capacidad de trascender sus cuatro paredes de lógica fría y estéril. De ahí la memoria de cristal del abuelo, que todo lo refleja y amplifica, enfoca y aclara. La memoria puede llegar a estar más viva que la vida misma. Sobre todo en el caso de aquellos que no saben vivirla a plenitud, como esos primos que no entienden la poesía, esa que —amorosa— el padre deja caer en sus papeles.

El segundo poema dice así:

La lluvia adelgaza
los cristales de las ventanas,
y los recuerdos pueden verse cercanos,
hablarnos al oído, sin prisa.
Es mejor cuando llueve,
porque mi abuelo agiganta su memoria
y nos cuenta del lenguaje lento de los trenes,
de las mujeres que peinaban sus cabellos infinitos
y de las luces que se encendían poco a poco,
como sus ojos cuando llueve.

Apenas con esta lectura me he percatado del regreso del abuelo con su memoria. Él es una especie de biblioteca, de memoria colectiva que guarda todo lo que sabemos todos y lo que cada uno, individualmente, ha olvidado y ha corrido el riesgo de perder. Para eso sirven los abuelos, los libros, la literatura y —muy especialmente— la poesía.

Si no fuera así, habríamos dejado de leer, hace mucho, las aventuras de Ulises y Jasón; del amor de Dante por Beatriz —que es nuestro, por supuesto—, de Romeo por Julieta o el de Tristán por Isolda. Ya habríamos tirado a la basura el canto de Polifemo por Galatea, que sólo el feo de Góngora pudo volver hermoso. Pero no es así porque la poesía está viva. Siempre está viva, pero es necesario que la leamos. Y que la leamos en voz alta. Así, brinca de la página y se sienta en nuestras piernas. Nos abraza, nos pica la panza y los cachetes y nos desafía. ¿Seremos capaces de aceptar el reto, o seremos cobardes y decir La poesía no se entiende?

La suerte cambia la vida de Javier España es poesía. Si lo que buscan sus lectores son rimas simplonas, fabulitas de ratones y osos, o una métrica de lavadora descompuesta, no las van a hallar porque su autor sabe que los niños son inteligentes, con frecuencia más inteligentes que sus padres, en virtud de que siguen despiertos, mientras que sus progenitores se han dormido bajo el peso de sus hipotecas, o sus rentas, sus compromisos sociales y un montón de cosas de las llamadas importantes en los altos círculos de la gente adulta. Pero aun los adultos pueden despertar. Incluso la gente grande puede ser niña otra vez. Y los niños, pues, los verdaderos niños sabrán apreciar esta poesía.