
Mérida, 24 de abril de 2008. El
otro género que el poeta de Valladolid ha trabajado comprometidamente
es el ensayo. Lo primero que hay que dejar en claro es que lo que José
Díaz Cervera hace es, valga la redundancia, ensayo. Esta aclaración
resulta pertinente ante el maltrato que ha sufrido el pobrecito género
ensayístico en nuestro estado. Al parecer, existe un malentendido.
Muchos escritores locales asumen que hacer una especie de biografía con
algunas anécdotas desconocidas de un artista (aaah, las cualidades de
provincia), y una opinión sosa, sin argumentos, es un ensayo. Otros se
olvidan por completo de la argumentación, la columna del género. No es
su caso. Tomo como evidencia un fragmento azaroso de su libro Elocuencias del delirio. En este caso se refiere al maravillante poema The waste land de TS Elliot.
Condenado
a estar encerrado dentro de sí mismo, el ser humano se reduce a un
complejo de facultades intelectuales y necesidades físicas. Su
esterilidad radica en ese solipsismo que hace imposibles el amor y la
comunión; la tierra baldía está justamente en el corazón mismo del
hombre, está en su imperfección y el mundo que ha generado.
Más
allá de este delicioso párrafo, si algo pudiera recriminarle a José es
que no haya arriesgado más a la hora de explorar el ensayo. Su
capacidad crítica, su razonamiento ordenado, el martillo de su
análisis, e inclusive su sentido del humor, me hacen suponer que podría
ser aún mejor.
Uno de los principales conflictos de la literatura en el Siglo XXI es la elección de temas trascendentales. La rica argumentación de José, el trasfondo teórico, la estética de sus ensayos, no lucen como deberían por tratar temas y autores que han sido examinados hasta el cansancio. El ensayo en nuestros tiempos demanda rescatar aquellas facetas del mundo que por su misma cualidad abominable, han pasado de largo. Un hombre sensible debe enriquecer, o tumbar, conceptos, inundarlos de significado. Me gustaría ver a José tratando otros temas de la posmodernidad, más allá de la literatura. Por supuesto que estas opiniones están determinadas por mi egooismo como lector, por mi curiosidad de verlo sondear otras superficies.
Por estos mismos rumbos, han sobresalido sus recientes conferencias sobre autores clásicos de las letras latinoamericanas. Aunque la intención responde a un gran vacío, y merece ser aplaudida, podría evolucionar con la participación de otras mentes. Sí queremos ponernos al corriente con las vanguardias del país o generar las propias, es fundamental que esta iniciativa se desarrolle. Esta tarea ya no le corresponde a Cortés Ancona y Díaz Cervera, suficiente han hecho. Es preciso que los estudiantes de literatura y los lectores comprometidos, asumamos el reto. Se deben de implantar mesas de diálogo sobre el mar de temas que no han sido tratados. Y, sobre todo, los que contamos con algún espacio, debemos de explotarlo para ejercer lo aprendido en clase en forma de un trabajo de crítica inteligente. Ya basta de chismes culturales, ¡que enfermizo aburrimiento! Esto requiere un esfuerzo mucho menor del que en ocasiones pretendemos. Por el momento, Estados del Sureste que en teoría son más pobres (llámense Chiapas y Oaxaca), y que por lo tanto deben de tener menor presupuesto cultural, nos llevan kilómetros de distancia.
Ahora sí, sacudan tiernamente la copa, dejen que el aroma invada el cuarto. Sumando, sumando, tirando leña al fuego, está José como articulista. En mi humilde opinión, es de los tres o cuatro del Por Esto! que vale su precio en oro, que nunca hay que perderse sin importar el tema del que escriba. Lo digo tomando en cuenta que en repetidas ocasiones no concuerdo con su opinión. Curiosamente, es en la sección cultural del periódico donde Díaz se ha aproximado más al ensayo de la forma que me gustaría. Algunos podrán tacharlo de romántico, pero esta tesis pierde sentido si se toma a consideración que eso es José en todas sus facetas, como ser humano y como escritor.
Tuve la oportunidad de tomar, durante un semestre, el taller de creatividad con José. Fue un verdadero deleite. Disfruté cada clase. Pocas veces en mi vida he entrado al aula con tanto entusiasmo de aprehender. Pocas veces he confiado en que la figura que le da la espalda al pizarrón esté tan capacitada para enseñar.
Por supuesto que en su faceta de maestro, el mayor logró de José ha sido el grupo Marsias. Él sería el primero en negarlo, afirmaría que se trata de una tertulia en que todos son amigos y todos aportan. Esto es cierto. Sin embargo, su rol de tutor es innegable. Los resultados están ahí. Agustín Abreu, Aracelly Guerrero, Karla Marrufo, Tomás Ramos, y Manuel Tejada, ganaron hace un par de años la convocatoria del Fondo Editorial del Ayuntamiento de Mérida. Aunque, para gustos hay colores (y a mí me gusta), El éter de las esferas fue creado con el mismo trabajo artesanal que caracteriza a su tutor. José Castillo obtuvo el mismo reconocimiento del Ayuntamiento. Además, Karla Marrufo ganó un premio nacional de dramaturgia. Nadia Escalante obtuvo una beca del FOECAY. Tejada, Abreu, y Raúl Pérez colaboran en el Por Esto!. Manuel Iris tiene todo lo necesario para comenzar a colectar premios nacionales por su cuenta. Sienten a cualquiera de los Marsias en una mesa redonda a discutir literatura y harán ver muy mal a los otros “jóvenes escritores” que obtuvieron los beneficios del ICY en los años pasados. Por eso mismo merecen ser los primeros compensados en esta nueva y alentadora gestión.
Al fin y al cabo, sumando, restando, dividendo entre dos, multiplicándolo por tres, es posible que el mayor mérito de José esté en su rol como maestro. Más allá de Marsias, dejó huella en una generación de escritores yucatecos.
No hay que confundirnos. El hecho de que José haya obtenido el primer lugar en tan prestigioso premio no lo hace un gran poeta. Ya lo era desde antes. Y aquí, a diferencia de lo que suelo hacer, no lo mido con una vara regionalista, sino con la pura, irrebatible, elegante, calidad de sus letras. Este detalle curricular sólo sirve para avalar lo que muchos de sus lectores ya sabíamos. También sirve para silenciar a algunas bocas. Por el momento, confío en que este reconocimiento le abra nuevas puertas a José. Sugiero que su obra completa sea reeditada y distribuida en todo el país.
Ahora sí, sin más preámbulo, levanten todos sus copas, y en nombre de José, cantemos al unísono: ¡Salud!
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