 Con mayor o menor fama, (bellas, históricas, corruptoras o pacatas) las ciudades nunca son valores estables ni mucho menos estáticos. Son como las sentimos o las vivimos en el lance temporal de insertarnos en ellas.
Eso parece demostrar Adrián Curiel Rivera (C. México, 1969) en su libro “Madrid al través” (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2003). Sin duda es Madrid al través de sí mismo. De un mexicano que en la Madre Patria encuentra las mismas gentes que pudo dejar en el Distrito Federal.
Integrada por tres narraciones, la primera –“Corbatas y un pájaro tordo”— parece un calentamiento antes de entrar en la lid. Una pareja dirime contrariedades baladíes como un bolero sin principio ni final.
En la segunda, “La esperanza de un viaje redentor”, la escritura se tridimensiona para abrir el acceso a la cuarta dimensión, la que nos franquea calles (madrileñas, claro) rigurosamente nombradas, como un mapa trazado por una memoria más nostálgica que urbanística.
En un capaz ejercicio de escritura en que todo entra y todo sale impulsado por la ola casi imperceptible de una anécdota matriz, el autor o el personaje, o el autor-personaje o el personaje-autor, ---un joven mexicano-- cae en los vericuetos de una curiosa historia --¿de amor?-- con una bella cordobesa socialmente poliándrica, guía de una horda urbana de jóvenes condenados a los tormentos exquisitos de bares llenos de humo y de gentes, en los cuales si difícil es entrar, más difícil es salir.
Sus aventuras, etílicas y asfixiantes, los hacen topar con un grupo rockero que interpreta a voz en cuello un editorial cantado contra los poderes establecidos y la corrupción de la prensa, mientras el personaje trata desesperadamente de aliviarse en un mingitorio ocupado por una pareja que se droga.
Estos que pueden ser detalles al margen, implican una mirada conceptual envuelta en un texto que logra el laurel de nunca ser vacuo.
Felizmente deambulan en la gélida noche sin obligarnos a presenciar sus cópulas, sus creatividades kamasútricas o sus perversiones austriacas. Como si la noche de Madrid tuviera suficientes pliegues para mantener la privacidad. Y al autor le sobraran recursos para ser leído.
Uno de estos recursos es el idioma. Se trata de un libro que alcanzaría el nirvana del español universal si no fuera, tal vez, por inevitables contaminaciones con el medio madrileño. Porque, después de mantener una rica, profunda y divertida prosa sin los membretes del cuate o del pibe, hace una referencia a “unos chavales con acento sudaca”, que dinamita la catedral.
Aún así, la prosa de Adrian Curiel, es el mejor de sus personajes: diáfana en su compleja elaboración y deleitosa en sí misma. Refulge en sus apropiaciones del léxico de los próceres hispanoamericanos dispuestos a salvar la patria de bar en bar, y del batiburrillo de una catolicona franquista enajenada, inigualable bruja postmoderna, para quien los extranjeros siempre son culpables.
La situación anterior está contenida en la tercera de las narraciones, “¿Quién se acuerda de doña Olvido?”, un simpático guiño a la América española, a sus seseos de diversa índole.
Porque si algo curioso tienen estas narraciones es hacernos cruzar el charco en masa para poder mirarnos a nosotros mismos con la perspectiva de la distancia. O al menos, mirar a la parte de nosotros mismos que siempre está de este lado.
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