
Platón desconfiaba de la poesía. Más aun: de los poetas. Nada hay más poderoso en este mundo que el lenguaje porque puede conmover al ser humano, y dentro del lenguaje, nada hay más subversivo que una metáfora porque dice: “Esto es otra cosa”. Y en la poesía, las metáforas son clave. Junto con el ritmo e imágenes bien desplazadas en el verso, las metáforas crean un caldo peligrosísimo para aquellos que desean que la realidad sea una, unívoca, tal como ellos quieren que la veamos y entendamos. Me rebelo y me regocijo en el poder subversivo del lenguaje, en general, y de las metáforas, en particular.
Imagino que el poder de decir “Esto es otra cosa” —y que la gente lo crea— se origina en una fe colectiva e inquebrantable, sembrada en nuestra psicología más primitiva: todos queremos cambiar el mundo, o por lo menos el lugar donde vivimos, las emociones que sentimos, o que los demás sienten en relación con nosotros. Aunque sea temporalmente, durante el lapso que dure el arte. Por eso, tal vez, trabajo no me cuesta llorar en el cine, el teatro o la ópera —incluso frente a una pintura o escultura—, pero en la dura realidad no me salen las lágrimas tan fácilmente. A las mujeres, sí. Tal vez porque ellas, de manera natural, viven en un mundo donde la poesía expresa el estado prístino de la existencia. Sin cuestionárselo, ven las metáforas detrás de una supuesta realidad, la que observan los hombres, ciegamente. Vaya, para las mujeres, lo real es la metáfora. Lo demás es prosa.
La metáfora más simple se realiza con el verbo ser: “Mi corazón es una piedra”. Aquí, al usar la palabra piedra decimos mucho con un solo término: mi corazón es duro, impenetrable, pesado, basto, frío… Una metáfora de segundo grado va más allá al brincar el primer paso, obviando el verbo ser: “Salta mi corazón”. Aquí se presupone que el corazón es un ser vivo capaz de saltar: un venado, una liebre o —la idea no es desechable— un ser humano: el corazón es quien habla.
En términos lógicos, lo que opera es el símil: “Es como si mi corazón fuese una liebre” o “Es como si mi corazón tuviese vida propia, como un ser humano distinto de mí”. El símil, como primo hermano de la metáfora, es también poderoso aunque más cauto. Junto con las metáforas, pueden cambiar el mundo, por lo menos durante el tiempo suficiente para conmover a alguien. Y eso es lo que temen los prosaicos. Y son los prosaicos los que, hoy en día, gobiernan al mundo.
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