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Presenta Lara Zavala su Península, península
La novela, de carácter histórico, gira en torno a la Guerra de Castas
Carlos Villanueva C. (Foto: unasletras)
http://www.unasletras.com/v2/../data/629.hern.jpg
Mérida, 3 de junio de 2008.  El viernes pasado, en el Museo de la Ciudad, se presentó la novela Península, península de Hernán Lara Zavala. El autor quiso que sus amigos comentaran la obra, e invitó a Adrián Curiel Rivera, Sara Poot, Betriz Espejo, Roldán Peniche Barrera y Carlos Villanueva C.  Entre todos,  casi cuentan la novela completa, podría decirse, y si bien todas las presentaciones fueron leídas, unasletras reproduce la de Carlos Villanueva, reseña doblemente importante porque fue él quien hizo una lectura crítica de Península, península antes de que el autor entregara el manuscrito a la editorial (Alfagura), y tiene el mérito de haber editado la obra y reducir el contenido,  algo que Lara Zava le agradeció públicamente.

Presentación de Península, península

Poco después de la Conquista Española de Yucatán, en el libro maya del Chilam Balam de Chumayel se dejó un sombrío testimonio:

Solamente por el tiempo loco, por los locos sacerdotes, fue que entró a nosotros la tristeza, que entró el "Cristianismo". Porque los "muy cristianos" llegaron con el verdadero Dios: ese fue el principio de la miseria nuestra, del tributo, de la "limosna", la causa que saliera la discordia oculta, el principio de las peleas con armas de fuego, de los atropellos, de los despojos de todo, de la esclavitud por deudas, de las deudas pegadas a las espaldas, de la continua reyerta, el principio del padecimiento. Fue el principio de la obra de los españoles y de los "padres", de usarse caciques,  maestros de escuela y fiscales. [...] Pero llegará el día en que lleguen hasta Dios las lágrimas de sus ojos y baje la justicia de Dios de un golpe sobre el mundo.

Resulta que ahora hay concordia entre estos “dzules” y nosotros… de no ser así vendrá una gran guerra…” Así concluye este fatídico augurio.


Y la guerra se hizo, la llamada Guerra de Castas principió el 30 de julio de 1847 en el pueblo de Tepich, al oriente de Yucatán, primero como justa demanda ante las atrocidades cometidas por los blancos en contra de los Mayas, de su explotación, atropellos de todo tipo, asesinatos y condena brutal a vivir en la miseria, a la discriminación y al etnocidio.

La sangrienta Guerra de Castas dio paso a múltiples atrocidades por ambos lados; incendió la Península de Yucatán, cercó las únicas dos ciudades a punto de caer en manos mayas: Mérida y Campeche,  y de pronto, los Mayas rebeldes abandonan su sitio contra las odiadas ciudades de los blancos retornando a la protección de sus selvas… una vez más el misterio de este suceso se pretende explicar por la próxima época de lluvias, profecías sobre el tiempo aún no llegado para gobernar por parte de los mayas, falta de estrategia militar, etcétera. Como sea, aquellos perdonan vida y ciudades de sus odiados opresores y se remontaron a lo profundo de sus selvas sólo para dar un impresionante giro a su causa… caen los líderes mayas originales y surgen nuevos con otra visión de la guerra y de su futuro.


El 30 de noviembre de 1850, en una pequeña cueva de un lugar llamado Kampocolché, uno de estos líderes traza en un árbol de caoba tres pequeñas cruces a las que los Mayas rebeldes que llegan después al sitio les atribuyen propiedades místicas… éstas “hablan”, se “comunican”, externan “sus deseos” a través de un intérprete; se convierten en la razón moral de la guerra renovada y centro de una población creciente de Mayas errantes entre las selvas de lo que años después sería Quintana Roo. Entonces, los Mayas rebeldes crean su propia guerra santa, su particular “jihad”  Maya contra los blancos, y la guerra entra en una nueva dimensión, nuevos bríos, nuevos guerreros con una visión mística, más que simplemente “justiciera” o “vengadora” ante la afrenta de 300 años de explotación.

Una mezcla de milenarismo, justicia poética y visión mesiánica caracteriza la segunda parte a partir de 1850 de la llamada Guerra de Castas.


Fue éste un proceso que conmocionó y reconfiguró la geografía del Sureste de México. En Centroamérica, Cuba y sitios cercanos a Yucatán en los Estados Unidos, la migración Maya y Yucateca se expandió tratando de salvar vidas y propiedades, creando una diáspora según situación económica y cultural de los migrantes; un ejemplo de esto me llega de Nicaragua, donde un buen amigo mío, el escritor y poeta Carlos Alemán Ocampo me comenta de la existencia de un grupo indígena que se dice descendientes de los Mayas, ubicados en una zona donde el escritor, aventurero y explorador del siglo XIX, Epharim G. Squier, sitúa el contacto de un hombre Maya yucateco que llega a Nicaragua en 1848 para consultar a una anciana sobre la posibilidad de lanzarse a una guerra indígena que ocurre mas allá de sus fronteras, en clara referencia a la Guerra de Castas de la Península de Yucatán.


La opinión de los Blancos, los mestizos, los Yucatecos contra los Mayas fue sólo continuación -ahora justificada por la guerra- de los mismos conceptos de sus ancestros, los conquistadores españoles. El escarnio de los blancos yucatecos cayó sobre los Mayas pacíficos, sobre los no implicados en la guerra, sobre familias enteras, niños inocentes que fueron vendidos como esclavos a las plantaciones de Cuba, esclavitud pagada para crear grandes fortunas, refaccionar en armas y pertrechos para continuar la guerra y el aprisionamiento de Mayas para su posterior venta en un gran negocio cuya vergüenza fue tal para los políticos Yucatecos que el propio Benito Juárez mandó poner fin a esta inmunda trata de esclavos Mayas…


Las anteriores fueron las dos caras de un mismo hecho, ambos bandos raciales confrontados de tal manera que creaban sus propios valores subjetivos en un fenómeno social de reflejo y copia de ambas sociedades: música, poesía, literatura, prensa escrita, etcétera. Todo ello tuvo el claro sello de una sociedad fragmentada, dividida, polarizada y odiada por cada bando hasta la maledicencia, los últimos tiros de esta cruenta confrontación sonaron en una comunidad de Quintana Roo en el año 1934 por parte de los Mayas ya en la época del Presidente Lázaro Cárdenas. Sus estragos aún nos acompañan en los inicios del Siglo XXI bajo formas culturales muy particulares de ser del Yucateco y del Maya contemporáneo en nuestra Península, península.


Éste es y fue el marco en el que nuestro Hernán Lara sitúo a sus personajes y hechos, no sin antes atisbar las tímidas preguntas del personaje-narrador, el alter ego del propio escritor, la “Voz en Off” de la novela que cuestiona sobre si la sociedad Yucateca está ya madura para enfrentar este tema, si ya es tiempo de hablar sobre este tabú histórico que pesa sobre los habitantes de nuestra Península. En pocas palabras, si podemos reflexionar y reflejarnos a través del ejercicio literario –en este caso novelado– de nuestros pecados y penitencias, de enfrentar los hechos narrados con pluma ágil, a la velocidad de la guerra, sin que las heridas vuelvan a abrirse.

El autor-narrador-personaje de la novela se pregunta si la sociedad actual puede recordar sin enfurecerse, atisbar los hechos sin maldecir, releer los acontecimientos sin ser de nuevo acosado por pesadillas o sueños redentores, si los mayas y yucatecos de hoy pueden tener en sus manos un ejemplar de Península, península, pasar sus paginas, marcar las líneas impresas en 368 paginas siguiéndolas con la yema de los dedos sin acariciar también los deseos de empuñar el machete y la tea redentora, el pistolón o el espadín de mando, o al menos la mentada de madre en maya o en español contra el distinto a uno, según sea el partido que uno desee tomar o al cual pertenezca. A pesar de todas estas preguntas hechas en la novela, yo creo que hoy nuestra sociedad ya es lo suficientemente madura como para confrontar los hechos históricos sin ruborizarse, sin sentimientos de culpa, sin remordimientos, porque a final de cuentas todo esto y no el entretenimiento de la lectura por la lectura misma son los sentimientos que provoca la novela, según la conciencia de cada cual.

Continuará...