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| Sobre el Bogavante de Adrián Curiel Rivera |
| Texto de presentación leído por el autor el 29 de octubre en el marco del XXV Otoño Cultural |
| José Ramón Enríquez |
Aquella máxima de León Tolstoi
que pedía escribir sobre la propia aldea para que un autor alcanzara la
universalidad, reinó sin discusión posible en la literatura mexicana,
inclusive a la hora de analizar las letras coloniales. Así don Juan
Ruiz de Alarcón, una de nuestras cumbres, fue desterrado de la patria
por muchos críticos por no situar en su natal Taxco los enredos de sus
comedias. Debía haber hecho, para quien tomó al genio de Yásnaia
Poliana al pie de la letra, que las espadas chocaran en su mineral
guerrerense en lugar de en la villa y corte madrileña. A lo largo del México
independiente y de la mayor parte del recientemente fallecido Siglo XX,
los autores mexicanos escribieron mayoritariamente sobre México. Era lo
que se esperaba para aplaudirlos y lo indispensable para otorgarles
certificado de mexicanidad. Literalmente se escribió sobre
las aldeas natales, hasta que llegó Carlos Fuentes para abrir el
panorama y arriesgarse en las entrañas del monstruo urbano, hace
precisamente cincuenta años. Este dejar el terruño para abarcar la urbe
fue ya en sí mismo una revolución literaria, incluso ideológica, que
abrió ventanas y por la cual los entonces jóvenes quedamos en eterna
deuda con Fuentes. Sin embargo la aldea se volvió
global sin pedir permiso a Tolstoi. El 1968 que recordamos en estos
días porque cumple cuatro décadas, conoció una rebelión juvenil con
características diversas en casi todos las regiones del orbe, pero con
una rabia común: el hartazgo ante el autoritarismo y las definiciones
de un deber ser (incluida la máxima tolstoiana) que chocaba con los
sueños de jóvenes que deseaban inventar sus propias máquinas voladoras
espirituales con mayor éxito que las soñadas por el Leonardo
renacentista.
Aunque fundamental también para las letras, no sólo el 68 volvió globales las aldeas. La globalización vino de una revolución tecnológica muy compleja para poner aquí sobre la mesa. Sobre todo, porque yo aún no la entiendo ni he podido asimilarla. El autor cuyo libro nos convoca esta noche nació en 1969, un año después de la fecha simbólica tan conmemorada, y nació en una urbe ya para entonces gigantesca como la Ciudad de México. No puede pedírsele que se circunscriba a su “pequeña aldea” para alcanzar “la universalidad”. Hoy ni siquiera sabemos qué es el universo ni qué es lo grande ni lo pequeño. Este autor, Adrián Curiel Rivera, se fue como lo hiciera Alarcón para Madrid y no por eso dejó de ser mexicano. Es más, ya nadie toma en cuenta esas fidelidades geográficas ni aquí ni en China, y por algo tenemos un premio Nobel como Gao Xing Gian que escribe en francés. La globalidad ha cambiado por completo la noción de aldea. Así, navegó Adrián Curiel por océanos en otras épocas impenetrables. Aunque personalmente viajó por los aires, puesto que pertenece a las ya varias generaciones del aeroplano, lo hizo literariamente por los mares. Bogó. Y bautizó a su novela como Bogavante. Pero también bogó por todos los espacios de su geografía interior. La novela narra el anhelo constante de su protagonista por entrar a una especie de Cueva de Montesinos para recuperar el corazón momificado de su Durandarte muy personal: el tal Boris, un danés con nombre eslavo. Sé que Boris no es Durandarte y que estoy forzando la historia que nos narra Adrián Curiel Rivera para ingresar en la Cueva de Montesinos, pero no puedo resistirme. Primero, porque Madrid, uno de los territorios de la novela y cuya Gran Vía da precisamente la ilustración a la portada, es una ciudad vecina del manchego paraje cervantino. Segundo, porque un corazón momificado está en el fondo de las historias más remotas y de las más cercanas, del protagonista, Homero Gómez, aun en su total estado de vigilia. Tercero, porque Homero recupera la razón para escuchar el triunfo de José María Aznar y sus derechas, que son herederos legítimos del cura y el bachiller en cuyos brazos despertara Alonso Quijano el Bueno. Aunque, en la frontera entre la modernidad y la posmodernidad no haya una Dulcinea sino dos: Laura mexicana y Lola Madrid, ésta lleva en su apellido, otra vez, la geografía de la llanura central ibérica. Pero el nombre del personaje central hace imposible cualquier analogía cervantina. Homero nos remite al viaje por antonomasia, el de un Odiseo pintor y nauta. Homero boga. Sueña obsesivamente con el primer remero de una mítica embarcación trasatlántica. Si al primer remero de una galera antigua se le llamaba Bogavante, este nombre es también el de un crustáceo, parecido a la langosta, con una pinza más grande que la otra: una para prensar y la otra para cercenar. Nos dice el Prefacio que la novela habla de un Bogavante que, “con las pinzas inutilizadas, espera ser devorado” mientras busca su Vinlandia. Hay un hato de contradicciones al tiempo que un juego de espejos. La novela trata de un vikingo de Groenlandia, que no ha dejado de ser eslavo, y de un pintor que ha dejado de ser administrador de empresas para pintar obsesivamente al vikingo de nombre Boris. Serán Boris, Amolap y su Vinlandia, las obsesiones y el norte. No abundo en la anécdota para no venderla, como suele decirse, pues merece ser leída. Merece la pena viajar con Homero de la Ciudad de México a Boston y a Madrid, y de la vigilia a lo más profundo del sueño, hasta la historia improbable de Vinlandia. Pero tampoco quiero despedirme sin hacer referencia al cuidado extremo que el autor tiene al diseñar la bitácora de su navegación. No en balde bogan, aunque en distintas épocas y por distintas vías. Bogan, aunque se enreden en sus historias de imposibles amores contemporáneos o se hagan nudo con las que llegan como eco, también imposible, del pasado. La forma en que el autor nos pone al tanto de cada detalle, de cada esquina, de cada nueva escena me remite al hiperrealismo pictórico. Y éste, a su vez, al enfrentarnos con algo que bien puede ser monstruoso, como el propio Bogavante, me hace recordar a un pintor que lleva el segundo apellido de nuestro autor: Arturo Rivera. El retrato constante que Homero hace de Boris y que merece ser premiado por la Fundación Joaquín Sorolla siempre lo construí en mi imaginación, acertada o incorrectamente (eso lo estará decidiendo Adrián Curiel Rivera), como uno de esos retratos crueles que salen del pincel de Arturo Rivera. Aunque, también, su hiperrealismo y su cuidado en la bitácora del viaje nos refieren tanto a una formación generacional como a una personal voluntad cinematográfica. Yo no conocía El señor amarillo, editado por Colibrí, cuando me introduje en Bogavante, así que pude leer las dos novelas en orden cronológico y comprobar la voluntad de su autor por viajar a los infiernos, como Orfeo, y ya en El señor amarillo, una novela por cierto muy teatral, encarar al mismo diablo y encenderle la luz en plena cara. Pero Curiel Rivera consigue increpar y dialogar con el Diablo sin perder el sentido del humor que, aunque duela, permite la sonrisa cruel de algo esperpéntico, algo como la extraña langosta con dos monstruosas e inequitativas pinzas. Un humor esperpéntico para nada fácil de encontrar en autores jóvenes. Celebro que Axial, una editorial que, según propia definición, apuesta por la tinta nueva haya tomado este Bogavante, para hoy entregárnoslo en nuestras propias tierras.
Mérida, Yuc., a 29 de octubre del 2008
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