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Un Caribe soñado
Mayra Santos-Febres (Fotos: Eugenia Montalván Colón)
De autores y visiones de...
http://www.unasletras.com/v2/../data/660.car.jpg

San Juan, Puerto Rico, 12 de agosto de 2008. Soñar el Caribe es fácil.Desde siempre, estas tierras han sido el fruto de la imaginación deOccidente, tierra de sirenas y fin de mundos, de piratas, caníbales ymonstruos marinos, tierras del Gran Khan, tierras de fuentes de lajuventud eterna y del Dorado. Estos fueron los sueños del Caribedurante la etapa de la colonización. Después, en la segundacolonización que nos trajo el turismo, el Caribe se volvió tierra desexo, ron y desenfreno; tierra de hoteles, casinos y playasparadisíacas; tierra del no trabajo y la no represión. Siempre elCaribe ha sido el lugar de la magia y los sueños. Lo malo es quesiempre nos hemos configurado a través del imaginario de los Amos.

Esdifícil soñar el Caribe desde el Caribe. Ha habido algunos que se hanatrevido a hacerlo y nos han brindado otras imágenes de lo que es ypudiera llegar a ser el Caribe. Pienso en Eric Williams, que se haimaginado el Caribe desde Colón hasta Castro como una revisión delpasado que lo continúa y unifica por encima de sus diferenciashistóricas, lingüísticas y económicas. Pienso en como Antonio BenítezRojo define ese mismo Caribe como una máquina de repeticiones. En elsueño del cubano Benítez Rojo, el Caribe es una isla que se repite comoun patrón de ondas en el mar. Esas ondas son causadas por la maquinariade la plantación (como habían dicho sus predecesores Fernando Ortiz yMoreno Fraginals) y su contrapunteo, la cultura del cimarronaje. Piensoen Derek Walcott y sus ensayos sobre la fragmentación de la psiquiscaribeña que siempre tiene una noción de historia a mitad, elusiva y enfuga. Esa memoria fragmentada convierte al Caribe en una serie de stacattos de identidad y comunicación. Pienso en Edouard Glissant y sus "poéticas de la relación" en las cuales la raza y la historia del Caribe se ve desde el ángulo de lo interactivo, es decir de cómo el saber y el soñar en Caribe se da en momentos específicos en que el ser caribeño se relaciona con la naturaleza, la migración, lo racial, el imperio, otros caribeños. Son sueños desde lo macro hasta lo micro, sueños que se pueden auscultar a través de publicaciones en ensayos, cuentos y novelas y que también se pueden ver en pinturas, unas cuantas películas tales como Ava y Gabriel, la Rue Case Negre, Fresas y Chocolate, y en mucha, mucha poesía. Ya lo dijo Benítez Rojo, el Caribe es un ritmo y el ritmo poético descolla en el Caribe de manera primaria, fundamental. Este es un ingrediente que no podemos dejar fuera de nuestros sueños del Caribe.

La carencia es el punto de partida en casi todos estos sueños. Carecemos. Por ejemplo, en el libro de ensayos "Caribeños" del escritor puertorriqueño Edgardo Rodríguez Juliá, los caribeños somos imaginados como seres anhelantes. Carecemos de una memoria histórica contundente, carecemos de una noción global de los que es el Caribe que nos acoge, carecemos de una identidad caribeña que no se compare eternamente con lo imperios que nos forjaron. Carecemos de una modernidad cuajada y cabal que podamos transformar en post-modernidad. Pero sobre todo, carecemos de una sentido de pertenencia. Los caribeños siempre nos estamos yendo a otro lado. Eso lo decía también V.S. Naipaul, desencantado con su sueño del Caribe. Ese Cahier du retour au pay natal que nos prometió Aimé Césaire se quedó en promesa, porque cuando uno retorna al Caribe retorna a la carencia. O peor aún, a la muerte (estancamiento) como única promesa de regreso. Después de trabajar, confabular, mantener y gestar el Caribe desde el exterior, tendremos la recompensa de poder morir y ser enterrados en suelo patrio. Así lo quiso José Martí, que regresó a su Cuba a ofrecerse como mártir, después de haber vivido el Caribe desde el exilio durante toda su vida. Así hacen miles de trabajadoras dominicanas del sexo y miles de puertorriqueños, cubanos, jamaiquinos, curazoleños, guadalupanos que mantienen familias enteras con su cheque desde el exterior. Ellos sueñan regresar a su casa cuando ya estén viejos, para poder dormir en paz a ras del mar y que allí los sorprenda el otro sueño de la muerte.

La carencia cultural y discursiva convierte a las islas en tabula rasa. La carencia económica en el Caribe convierte a las islas en jaulas. Y este es otro imaginario, otra manera de soñar y definir nuestro hogar fragmentado. Por un lado, políticos y empresarios malversan los fondos del Caribe. Por otro, Trinidad y su petróleo refinado, Cuba, La República Dominicana y Haití con su caña y sus gobiernos corruptos, Puerto Rico y su industria de servicio al servicio más ferviente de los productos y necesidades de los Estados Unidos de América se convierten en lugares de lujo para muy pocos, prisiones de necesidad para el resto. Y hay que escapar. Así lo postuló Virgiio Piñera en su poema "La isla en peso" del 1948-52 (la terrible circunstancia de estar rodeados de agua por todas partes). Nos encontramos entonces con dos sueños de huida generados por la carencia. Nos vamos del Caribe por que nos asfixia lo precario material, pero también nos vamos porque la tierra de la abundancia está en otra parte, la tierra de lo cognoscitivo está en otra parte, la tierra con historia y civilización está en otras partes, la tierra que verdaderamente tiene las instituciones, las tradiciones, las bases e infraestructuras para llamarse país está en otra parte. Entonces imaginamos el Caribe como guarida, como lugar de paso. Y en nuestra propia casa nos convertimos en los piratas de la propia casa. La saqueamos y nos vamos, buscando vender nuestro botín de guerra (nuestra caribeñidad) en lados que la encuentren exótica, curiosa, o cuando menos, consumible.

El Caribe ha sido soñado como guarida y como tabula rasa, como lugar sin historia y sin tradiciones, que ondula en el límite de lo reconocible, de lo nombrable. El Caribe en sí ha sido dibujado como un sueño surrealista de tótemes y fuerzas naturales que arrastran la razón hacia la sinrazón, la pureza hacia la mezcla, lo blanco hacia lo negro. El Caribe ha sido imaginado como un cuadro de Wilfredo Lam (espectacular y salvaje), imagen recurrente en las mentes caribeñas. La colonia es cosa mala y se cuela y palpita dentro del pecho más noble. Pienso en la gran mayoría de los eruditos que han pensado el Caribe, que se han atrevido a imaginarlo, y siento que aún añoran que éste fuera más parecido a Europa. Intentan soñar un caribe europeo y caen en la trampa que Alejo Carpentier y que Luis Palés Matos nos señalan desde los años 40. Nos convierten en monitos amaestrados que bailan el minué, en parodia de la parodia paranoica de los amos fuera de sus casas; que cristalizaron a la Europa para poder dormir tranquilos sobre los cuerpos de sus esclavos ensangrentados. O nos siguen viendo como la máscara ilegible del salvaje que baila su frenesí desnudo frete al tótem de su furia y su desgaste. Ya entramos en el siglo XXI y este sueño necesita renovarse. Hay que imaginarse otro Caribe. Soñarlo de nuevo.

Continuará...