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Un amor literario
Así describe Mayra Santos-Febres, el encantamiento que le provoca Moisés Agosto Rosario
Mayra Santos-Febres (Foto tomada de: http://eventosdeterranova.blogspot.com)
http://www.unasletras.com/v2/../data/651.mar.jpg
San Juan, Puerto Rico, 28 de julio de 2008. Lo conocí en una clase de Literatura del Siglo de Oro y de una sola mirada quedé prendada de amor. El problema era que no tenía suficientes años ni suficiente experiencia para saber que mi amor por Moisés Agosto Rosario era un amor literario.

Intentamos ser novios. El me lo pidió cuando regresó de España de un verano de intercambio en la Fundación Ortega y Gasset en Toledo. Era la primera vez que Moisés salía de las estrechas calles que componían su barriada Israel, barrio de gente humilde y, en su mayoría, feligreses de la Iglesia de Mita en Aaaron. Moisés también era “mita”, de tercera generación. Sus abuelos, padres y después él y sus hermanos habían sido criados en el culto verdadero, que protegió a los Agosto de los embates de la pobreza. Entre los tiroteos cercanos en el residencial Manuel A. Pérez y la banda de la Iglesia (Moisés tocaba trompa francesa) se salvó este hombre de cabello negrísimo y ojos azul piscina que, cambiado, luego de España, me preguntó a mitad de autopista si quería ser su novia. Yo dije que sí, ¡¡¡que SÍ!!! Cómo no iba a decirlo. Ese día mi vida (nuestra vida, porque siempre, de extraños modos, la hemos compartido) cambió para siempre.

El noviazgo duró poco. A los 8 meses, Moisés, distante y cerrado, como siempre lo ha sido para el dolor, me dijo que no podía seguir conmigo. No me dio razones. Yo tan sólo le respondí “Moisés, y ahora, ¿qué hago yo con este amor?”.  No supe la razón de la dejada hasta que un amigo me contó que vio a Moisés en un bar gay, mirando nenes. Curiosamente, no ardí en furia, ni escribí textos vejatorios. Era demasiado compleja la naturaleza de ese amor que por él sentía. Eso sí, lloré mucho; y me confundí. Gracias a esa confusión me fui un año de intercambio a Londres a estudiar literatura. Regresé dispuesta a hacerme “más mujer que nadie”, a dejar atrás ciertas inocencias. También llegué dispuesta a publicar. Y “publicar” fue regresar a Moisés. El también escribía poemas (como yo, desde los 14 años) y ya había dado a conocer sus pininos en revistas universitarias. Un día decidimos dejar atrás la historia del amor fallido, hacer una lectura juntos en el antiguo Café “El escenario” (ahora “Rumba”) del Viejo San Juan. Nos ayudó en el montaje Luis, un novio de Moisés. Antes de salir a escena yo le pregunté “Moisés, ¿tú me quieres?” El me dijo que sí. Salí a hacerme poeta con el corazón tranquilo.

Luego fue la escuela graduada, mis batallas con hombres que nunca me quisieron lo suficiente (no sé por qué siempre los escogí así), la batalla de Moisés con el SIDA (se infectó a los 23 años, me lo dijo, y yo sentí que la que me moría era yo) y su increíble carrera como activista  y luchador incansable contra el mal. Hoy tengo que admitir que mi compromiso político lo aprendí de este increíble hombre, quien desde los 23 años hasta el presente vive para salvar vidas. Atrás quedó la literatura, pensé yo. No había tiempo para soñar. La supervivencia de miles fue la causa por la cuál Moisés dejó a medias una maestría en Literatura en Stonybrook para irse a alfabetizar a las infestas calles del Bronx, fundar ACT=UP Latino, dirigir la revista SIDAHORA, que fue , bajo su tutela, la única revista en español que publicaba noticias sobre tratamientos, programas de medicamentos gratuitos y alternativas para sobrevivir el SIDA. Luego Moisés pasó a ser asesor de la administración del presidente Clinton en el Task Force for AIDS Drugs Development en Washington y uno de los responsables de asegurar un presupuesto para pacientes de SIDA para Puerto Rico (ese mismo que se robaron los del Instituto del SIDA bajo la admisnistración de Roselló). Por su trabajo, en la Conferencia Internacional del SIDA en Vancouver se le rindió homenaje. Durante esa época, recibió incontables reconocimientos. También fue blanco de la envidia de muchos. Yo lo acompañé durante todo ese tiempo y vi la maledicencia; vi cuánto lo herían gente que se decían sus amigos. Intenté prevenirlo. Moisés nunca me escuchó. Para él siempre hubo prioridades más importantes que los dimes y diretes.

Regresó a Nueva York y trabajó por 6 años en el sector privado. Pero un día me llamó para decirme que no podía seguir haciéndole dinero a las farmacéuticas. Que ahora que estaba bien (indetectable en el contaje de virus, libre de infecciones oportunistas, por primera vez con una visión de futuro) su vida le parecía carente de propósito. Y que quería volver a escribir… Ese día se reanudó nuestro affair literario.

Este año Moisés Agosto Rosario publica su primer libro de cuentos “Nocturno y otros desamparos”. Trabajó con el compromiso que siempre lo ha caracterizado como si en cada línea de “Nocturno” se jugara su vida. No me pidió comentario de contraportada. No lo necesita. Sus cuentos hablan por sí solos mucho mejor de lo que puedo hacerlo yo.

Con este libro, y después de 18 años de vivir en los Estados Unidos, Moisés Agosto Rosario ha vuelto a Puerto Rico. Ahora vive en Santurce y  trabaja para la Tides Foundation, como Administrador de un programa que otorga fondos a organizaciones comunitarias que pelean contra el SIDA en Africa, en el Caribe y en América Latina. Viaja por islas y continentes y sigue salvando vidas. Pero también se alimenta de ellas, las ficcionaliza, las escribe. A veces me llama desde un café en Etiopía, para describirme un atardecer, a veces desde Burundi para hablarme de la sonrisa de un niño con SIDA. Y yo lo oigo asombrada, sí, a mi Moisés, este exnovio exmita, activista y ahora escritor  a quien adoro por sobre a todos los hombres (eximiendo a mi hijo y a mi novio actual, que sí me quiere bien, para mi gran sorpresa), mi gran amor literario.  Le pido perdón por mis descuidos (que han sido muchos contra él), y él me pide excusas por los suyos, unos cuantos; todo hay que decirlo. Ahora que ambos tenemos 40 años, sabemos el tipo de amor que nos une… un amor tan mágico como las palabras.