 La Habana, 25 de septiembre de
2009. Confieso que apenas conocía la imagen del cantante Juanes. No me
eran familiares ni su rostro ni sus canciones. Había escuchado,
imposible no hacerlo, el archiconocido tema de “La camisa negra”. En
cada “almendrón” –autos americanos de las décadas del cuarenta y
cincuenta empleados como taxis privados, muy populares en La Habana–
los choferes tienen discos del artista colombiano y de la
puertorriqueña Olga Tañón, no así de Miguel Bossé. Pero yo no soy el
mejor ejemplo. Apenas escucho música. Pero,este dato es totalmente
insignificante, mejor vayamos a lo que me interesa, que no es la
música, sino la gente y el concierto Paz sin fronteras.
No fui al concierto, pero desde mi apartamento pude divisar –en la mañana–
parte de la Plaza de la Revolución y el gentío abultado que desfilaba
frente a mi casa tratando de llegar hasta ella. Luego, a las dos en
punto, noté que la Plaza ya no era la Plaza, sino un mar de telas
blancas que se movía a la espera de lo que sucedería después.
Durante
cinco horas mantuve el televisor en el canal Cubavisión, que lo
trasmitió íntegro. No pude recibir el contacto con el público, ni las
ovaciones ni las vibraciones de la música. Pero hasta mi casa llegaban –con nitidez– las sonoridades y el murmullo colectivo de la gente mientras regresaba a casa ya pasadas las siete de la noche.
Los
días previos al concierto traté de mantenerme al margen de las
noticias: tanto de las que venían de Miami como de las que se producían
aquí en La Habana. Para mí se trataba de un concierto más, uno más en
la inmensa Plaza de la Revolución, y nunca pensé ir. Jamás tuve el
interés de participar de aquello. A mi aversión a las multitudes se
sumó mi cansancio ante ese tipo de convocatorias. Pocas cosas me
convocan ya. Sin embargo, ahora sé que me equivoqué y me perdí una
linda oportunidad.
Como he dicho, la música en sí misma no me importaba. De hecho, disfruté algunos fragmentos musicales más que otros, distinguí también mejores voces que otras y bailé con emoción unos temas y otros no. Pero eso, lo repito, no importó. Lo que realmente estaba ocurriendo en la Plaza –donde la gente pudo colarse en rincones donde nunca antes había puesto un pie, por ejemplo en la colina que casi toca el lateral de la escultura de Martí, y donde ya es zona inaccesible–, era otra cosa: algo trascendental, una especie de consumación de un sueño colectivo, una manifestación de amor y algarabía, de humanidad, qué sé yo…
Como pocas veces, sentí que eso era auténtico, real, que la gente estaba donde verdaderamente quería estar. Bajo el sol, el calor, sin pensar cómo estarían las guaguas cuando aquello terminara, sin pensar en el después, sino en ese instante en que la amabilidad y cordialidad se trastocaban. Y por encima de todo esto que es, seguro, lo obvio, me impresionó la generosidad y valentía de Juanes, Tañón y Bossé, músicos comprometidos con circuitos comerciales que ni nosotros mismos sabemos a ciencia cierta cómo funcionan; y vinieron a decir sí, nos presentamos en la Plaza y qué. Ya sabemos la carga simbólica de la Plaza, pero este concierto demostró que, en efecto, ese sitio no podría tener un mejor nombre.
Con lo que ocurrió el domingo sentí otro país y sentí un orgullo inmenso por los músicos cubanos que participaron. Por su calidad, profesionalismo e inteligencia. No tengo explicaciones, y ni siquiera me las quiero inventar. Hablo, como se nota, desde el sentimiento.
El ciclón Olga fue una apertura inmejorable, al igual que Los Van Van en el cierre, con ese coro que no quería detenerse, y que una y otra vez volvía al estribillo. Como el título del concierto anunciaba no hubo fronteras, más bien, se abrieron y entró el que quiso entrar. En ambos países, hablo ahora de la Cuba de la Isla y de la Cuba de Miami, miles acompañaron a los cantantes y estoy consciente de que muchos a los de “allá” sintieron la necesidad y el deseo de cruzar el estrecho de la Florida y mezclarse entre la gente. Como también a muchos de los de aquí, atravesar medio país para apretarse con las más de un millón de personas que lo presenciaron en vivo. Quizás soy demasiado sentimental. Sólo quiero compartir esa intuición.
Algunos dicen que el concierto fue blanco, haciendo alusión al color del vestuario de los participantes o a la ausencia de una postura o carácter político con respecto al gobierno cubano. Desde la lejanía, y a través de las cámaras de la televisión, lo que yo vi en la Plaza el domingo 20 de septiembre, era multicolor: radiantes y vivos colores que nos iluminaron a todos.
|