Mérida, 20 de noviembre de 2006. Estimulante es el fin de semana cuando hay conciertos de música contemporánea programados en la ciudad, y es todavía más estimulante acudir a ellos cuando se da la ocasión de conocer en vivo a alguno de los compositores que aparecen en el programa que recibimos directamente en el correo electrónico. El mail suscita una doble curiosidad; primero sobre las obras y luego hacia la personalidad del artista invitado, cuyo nombre, invariablemente, tecleamos en el “buscador” para ubicarnos. Este sábado se trató de Manuel De Elías (Ciudad de México, 1939), fundador del Colegio de Compositores Latinoamericanos de Música de Arte, institución de la que pertenece, por cierto, Javier Álvarez, director de Sequenza Sur, alma de la escena contemporánea en Mérida.
De Manuel De Elías escuchamos “Poema olvidado y variación”, solo para oboe que estuvo a cargo de Sasha Ovcharov, y “Música a siete” para un formato de siete músicos, y que condujo Javier Álvarez, con lo cual Manuel De Elías hizo la broma de que a partir de ahora el título de esta pieza sería “Música a ocho”.
A mitad del concierto supimos un poco más de Manuel De Elías a través de las preguntas que Javier Álvarez le hizo expuesto al entusiasmo del público una vez concluida su participación como profesor invitado de la licenciatura en artes musicales de la Escuela Superior de Arte de Yucatán (ESAY) durante la semana pasada; tiempo en el que dos estudiantes maduraron sus propias composiciones para ser presentadas esta misma noche: Diana Andueza y Luis Leal, a quien Manuel De Elías no dudó en llamar colegas.
Sequenza Sur finalizó la noche del sábado con una pieza inteligente en el sentido de la comprensión paulatina de la música minimalista a la que nos han ido llevando de la mano: “En Do”, de Terry Riley… Luego, una vez silenciada la emoción, aun cuando los músicos seguían recibiendo abrazos, el maestro invitado compartió un poquito más de sí.
–¿Cómo vivió usted la etapa en la que ahora se encuentran los estudiantes de música de la ESAY?
–Muy intensamente, pues ocurre que como mi padre fue músico y mi abuela fue cantante y pianista, nací en ese medio y comencé a escribir –por la alimentación del subconsciente, obviamente– antes de conocer realmente las técnicas, y en ese entonces fui entendiendo por qué de niño había escrito ciertas cosas.
–¿A qué edad escribió sus primeras obras?
–No tengo memoria. Es decir, desde que yo recuerdo estaba escribiendo. Muchas cosas, por supuesto, las desaparecí porque eran balbuceos de niño y, sin embargo, desde el año cincuenta y algo para acá tengo obras.
–¿Considera estas obras parte de su haber como compositor?
–Algunos ejemplos sí.
–¿Y qué significan esas primeras composiciones para usted ahora?
–Un día ojeando mis papeles estaba un poco ausente y de pronto algo me brincó y me dije: si un joven llegara y me mostrara esto qué le diría; fue como una especie de espejo, y pensé: ahí está el niño que fui pero que no he dejado de ser. Entonces conservé ejemplos de ciertas épocas que están vigentes porque de todos modos son obra mía, soy yo. Es una sensación muy curiosa de un presente cuasi permanente, pudiéramos decir.
–¿De adolescente era consciente de que era un artista, un creador?
–Absolutamente. Mi pasión haciendo música no podía darme lugar a equivocación. Además, me metí en otras cosas por placer, por estructurar más mi pensamiento. Estuve en la escuela de Filosofía y Letras, hice literatura, a la arquitectura le dediqué un par de años y también estudié artes plásticas, de tal modo que busqué todo aquello que pudiera consolidar la vivencia y el pensamiento artístico.
–¿Pero esencialmente todo lo hizo para formarse como músico?
–Como persona. Yo no concebía que alguien sin ser una mejor persona pudiera ser un mejor artista, un punto de vista muy personal, cierto, sólo que yo así lo sentí, y ese fue mi deseo; vivía con un apetito inmenso.
–Sus constantes viajes dirigiendo orquestas y su propia música hacen pensar que mantiene ese espíritu, ¿es así?
–Sí. Soy un ser goloso. Me engolosina la idea del conocimiento, el pensamiento, etcétera... Muchos de los textos que hago para mi música vocal son textos míos porque me interesa mucho el encuentro de la fonética del texto con el componente musical.
–¿En qué momento se compenetra con la música contemporánea como creador?
–Eso sí fue un proceso porque obviamente yo venía de heredar las técnicas anteriores y en plena adolescencia, por ahí de los 14 – 15 años comencé a trazar cosas con una búsqueda completamente distinta de lo que había venido manejando dentro de la tradición, y pues parte de las obras que se conservan de aquella época muestran cómo va evolucionando el pensamiento hacia otras líneas. ¿Por qué razón? Porque lo que estábamos viviendo ya no era lo que vivieron nuestros antepasados.
–¿Cómo ve al país y todo lo que está pasando?
–Convulso, caótico. Lo que pasa fundamentalmente es que hay una profunda carencia de convicciones y de principios, y no hablo de moral, sino de ética. Es una guerra de ambiciones, y eso me parece una intensa degeneración en el sentido humano, donde a mí no me interesa nada, casi ni mi sombra. La total exacerbación del ego, y no estoy de acuerdo, ya que al no haber una ética tampoco hay rumbos más allá de la inmediatez de mi poder, y sin ética no hay nada.
–¿Puede darse en estas circunstancias cierta marginación de los artistas?
–Los momentos difíciles son momentos de reflexión para el artista, así que más bien sin escondernos nos recluimos porque nuestra lucha no se da en tribunas públicas. Nuestra lucha no puede ser esa; no nos corresponde.
–¿Alguna de sus obras está influenciada por sus ideas políticas o la música contemporánea no está ligada necesariamente a esto?
–Lo que uno vive se refleja en la música, quiera uno o no, consciente o inconscientemente. En mi caso hay cosas muy conscientes, por ejemplo, cuando hubo la catástrofe de la ciudad de México y en gran parte del país en el 85, por los terremotos, escribí una obra que se llama “Mictlán – Tlatelolco”, Mictlán porque es la región de los muertos y Tlatelolco porque ha sido el centro de grandes tragedias desde antes de la llegada de los españoles, cuando los españoles y hasta el 68, que me tocó vivir, y luego esa catástrofe… Escribí una obra como homenaje a quienes perdieron la vida ahí, y a quienes han perdido la moral y tantas cosas. Así que sí, el compromiso está ahí.
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