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Guty Cárdenas, metáfora que nunca termina de cantarse
Para gloria de la música popular mexicana
Javier España
http://www.unasletras.com/v2/../data/251.cd guty.JPG


Un servidor, aunque nacido en otro estado de la república, en Quintana Roo, sabe reconocer en sus antecedentes más inmediatos de vida, la presencia de una identidad compartida por el pasado de mis padres y mis abuelos, todos nacidos en esta tierra yucateca, incluyendo a uno de mis hermanos. Tuve la oportunidad de vivir y convivir por más de 12 años con poetas y músicos de mi generación, y con otros –mayores que yo en todos los sentidos– quienes me brindaron sus enseñanzas y el amor al arte, con la generosidad que distingue a los bien nacidos yucatecos. No soy un músico, pero soy como dice y escribe Álvaro Vega: “de los que disfrutan la música popular mexicana”. La trova no es ajena a mí, y no  sólo por las razones de herencia expresadas, sino por el propio valor universal de la música, de esta música cautivante por su variedad de géneros y por su propósito original de entretejerse con la poesía escrita. Esto tal vez sea más claro si puedo presentarlo en tres referencias temáticas que, en mi opinión, permean el sentir de la canción yucateca, expresada por Guty Cárdenas.


1. El amor

Es el amor la certeza del trovador, el amor que anhela cumplirse más allá de la piel y su aroma furtivo. Es el amor la premisa o vuelo de ave que funda el canto, la palabra y su destino de ser escuchada por todos. Es el amor lo que nos arraiga a la tierra, a la mujer que nos hace quemar las naves del ego reflejado en vanos espejos, y que nos concede el otro rostro, el de la pasión convertida en imagen.
     
Y esta condición humana, más que un sentimiento propio, la ansiedad de amar a cualquier distancia, se erige en la circunstancia vivencial dentro del espíritu de los creadores yucatecos. Con esta certeza de amor, la voz de Guty Cárdenas, uno de nuestros más grandes artistas populares –y esto dicho en el mejor y más riguroso de los sentidos– de la canción mexicana, se extendió en el aliento universal de cada pulsación emotiva, rebasando el concepto de frontera geográfica y situarse así en el horizonte de la calidad expresiva.

El pináculo de este arte musical es Guty Cárdenas, porque supo trascender la forma estilística de un lenguaje, señalado certeramente como  modernista por algunos críticos, en cuanto a la postura de expresarse con excelsitud y un exacerbado trabajo métrico en los versos, donde el valor de la imagen es incomparable al plantear toda una situación emotiva en un solo par de estrofas –como sucede en la mayoría de las canciones yucatecas–, pero que mantuvo como arquetipo de creación, hablando conceptualmente, la manera de tratar la identidad amada o de la amada. Interesante es ver, o más bien escuchar, que  el tratamiento de la persona sujeta al trance amoroso, es de una absoluta cortesía, donde el cantor asume la postura de un amante rendido a los pies de una diosa.

Es importante destacar que la trova yucateca adolece de una  sensualidad en sí misma sugerente. Nunca tuvo el alarde explícito de la piel a la intemperie. La sugestiva experiencia erótica se dará, desde su inicio, como un roce hacia la experiencia sensible dentro de un mundo idealizado donde cabe el amor sólo en estos términos. Esto la hace intemporal si la comparamos con lo  que sucedía con la canción popular en otras partes del  país, especialmente en la ciudad de México, donde la concepción del amor se expresaba en territorios paganos para la cancionística peninsular, ya que era inimaginable hablar de un arrabal que, hasta vivencialmente, era desconocido por la sociedad yucateca de entonces.

Sin embargo, la intención de cada uno de los compositores responde a un mundo distinto, tal como sucede con cualquier artista verdadero. No puede saberse el riesgo al que apuesta la aventura original, es decir, al tocar el tema o asunto todo puede suceder como en un real acto de creación. Parece que cada búsqueda desemboca finalmente en el amor, sin entender del todo ni poder descifrar los pasadizos secretos que se dan en una realización de una obra artística. Cómo podemos imaginar, siquiera, lo que genera en Guty Cárdenas el deseo de musicalizar el poema “Flor” del poeta venezolano Pérez Bonalde, que sabemos trata de la muerte de su pequeña hija (según algunas fuentes), y que luego incorporaría otra estrofa de Diego Córdoba, sin afectar la vena emotiva del texto original, y que estos mismos versos de dulzura estremecedora adquieren en los labios del compositor yucateco una dimensión de ausencia amorosa, cedida al tajo de lo inevitable, es decir, a la pérdida de la correspondencia amorosa: el espejo roto. Otra vez y como constante en el decir de la canción, la sintaxis amorosa se bifurca en el desfallecer de quien ama y en la indiferencia de la amada. Esto es realmente lo que el arte puede provocar y lo logra.

2. El  contacto con los poetas

La sinrazón, suele decirse, es fiel compañía del sentimiento –postura más que romántica, por cierto–, y esto hace que la extensión del  anhelo se vuelva infinito; sin embargo, cuando se entreteje una armonía musical para ser expresada en palabras, la razón –prudente casi siempre– se mueve en puntillas.

Esta imagen trata de recortar en una sencilla explicación, el porqué los grandes intérpretes de la música yucateca, desde su origen, hacían participar de su aventura comunicativa a los compositores, y qué mejor certeza que subir a los alcances de su voz la de los propios poetas. Esta extraña dualidad se convierte en una sola presencia en la historia de la música yucateca, y perdurará hasta las primeras décadas del siglo  pasado. Desde Jesús “Chucho Herrera”, precursor  de la trova, se presenta esta relación entre el poeta y el trovador, y lo podemos notar en canciones como  “tu  indiferencia” del poeta Eugenio de Castro, así como en el mismo repertorio de Chancil, quien musicalizó también a otros poetas. Este acierto se reproduce en su más alta efectividad creativa en Guty Cárdenas. Esta tendencia se hace presente desde la musicalización de los poemas “Blanca rosa”, “Yo pienso en ti”, entre otros, del poeta guanajuatense Antonio Plaza, nacido en las primeras décadas del siglo XIX y conocido por su popular libro “Álbum del corazón”, hasta la inclusión de textos poéticos del poeta español Gustavo Adolfo Bécquer, también poeta decimonónico. Esta intencionalidad se muestra en el bagaje musical de Guty, durante toda su experiencia artística; simplemente hay que observar sus grabaciones y encontramos esta afortunada característica en todo su material discográfico.

Guty supo incorporar a la música yucateca estos textos de poetas nacidos en otros países, así como  de autores de otras partes del país, de igual forma rigurosa y estética que lo hiciera con los poemas de poetas nacidos en Yucatán. Su interrelación con poetas como Ricardo López Méndez dio frutos perennes como las canciones “Nunca”, “Aléjate”, “Golondrina viajera” “Quisiera”, entre otras. De igual manera surgen melodías imborrables como “Fondo azul” del extraordinario poeta Ignacio Magaloni Duarte; “Rayito de sol” de Ermilo Padrón López; “Pasión” de Luis Rosado Vega; “Ojos tristes” de Alfredo Aguilar Alfaro, entre otras muchas canciones. Y, por supuesto, su relación artística con el escritor mayista y poeta Antonio Mediz Bolio, todavía ofrecería una tendencia distinta de expresar la música de esta región que puede ser ejemplicada por “El caminante del Mayab”, donde estos dos íconos de la cultura contemporánea yucateca se manifestarían en una sola voz.

Nunca habría de dejar de mencionar que a la capacidad expresiva de Guty se suman el inigualable valor creativo de excelentes compositores como Ricardo Palmerín y Pepe Domínguez. Su imaginación y talento supieron enmarcar la pasión poética  dentro del lenguaje musical de esta tierra.

3. El mito

Aun cuando el mito tiende a perder su dimensión de precisión objetiva, no deja de ser la verdad que quiere contarse para siempre. Es decir, la imaginación se permite pulsar el acertijo y el acto prestidigitador de la historia cercana y distante para crear y recrear lo que fue y lo que debe ser. ¿Alguien puede sospechar, sin estremecerse de alguna forma, ese encuentro en un barco,  de regreso a casa, entre Guty Cárdenas y Esperanza Iris, por ejemplo, en medio de un mar como único testigo, y ambos aves cantoras que estuvieron en este mismo Teatro Peón Contreras? ¿Alguien puede sujetar apenas, con los alfileres del sueño del tiempo, la imagen de Guty, conviviendo con el poeta nacional de Cuba, Nicolás Guillén, en una noche que nunca quería concluir?¿Quién concibe a un joven escritor llamado Salvador Novo, presentando a Guty durante un recital en el Teatro Regis de la ciudad de México? ¿Puede imaginarse siquiera, en medio de una página escrita en blanco y negro, a un Guty Cárdenas escribiendo su historia de vértigo y canto con su propia sangre inmortal? Sin embargo, a pesar de todas las vertientes propositivas de un mito, y de su riesgo de convertirse en un pasado fosilizado, en Guty Cárdenas esta condición mítica se nutre a diario en cada acorde estremecido y estremecedor de las emociones más esenciales al hombre cotidiano, en cada canción tejiéndose en la historia personal de cada uno de nosotros, acariciados por el arte verdadero.