 Mérida, jueves 14 de septiembre. De todos los concursos que el guitarrista Cecilio Perera (Mérida, 1983) ha ganado, quizá el más importante sea el Nacional de Guitarra de Taxco, Guerrero, 2002. Parte del premio fue la guitarra de Paracho, Michoacán a la que, aun dentro de su estuche, Cecilio mira con respeto, como si se tratara realmente de un ser vivo. Una guitarra a la que se le empiezan a notar los años, sí, y que, sin embargo, como el intérprete, está en su punto.
Aclaro: se le ve sano y muy decidido a volver ya a Salzburgo, Austria, donde reside desde hace un año como estudiante del Mozarteum. Y aunque Cecilio prácticamente regresa a Europa con el mismo tono de piel que llegó a pasar las vacaciones de verano, se advierte que en algún momento fue a la playa a tomar el sol. Sólo se le perdonaría no haberlo hecho por los múltiples compromisos que adquirió, en primer lugar como becario del Instituto de Cultura de Yucatán (ruedas de prensa, recitales, etc.) y, en segundo, como intérprete, tanto en compañía de la Orquesta Sinfónica de Yucatán (con la que actuó el fin de semana) como en conciertos de carácter más íntimo, por ejemplo, el que brindará en unasletras este jueves 14 de septiembre a las 9 de la noche.
–Es una maravilla que hayas aceptado tocar en unasletras dado que, como ves, el escenario es completamente improvisado.
–No es algo que normalmente suelo hacer, pero no le quito méritos al lugar en función de que sea mejor o peor. Siempre es un placer tocar, ante todo cuando hay público. Este caso va a ser diferente porque el ambiente propiciará que el público esté más cerca de mí físicamente y el contacto puede ser más casero, por decirlo de alguna forma.
–¿Más íntimo?
–Sí. Estoy abierto a que me hagan preguntas sobre la música, sobre la guitarra… Que sea un concierto, pero no tan formal. Si me quieren preguntar de las obras y todo, adelante.
–¿Qué guitarra tocarás?
–La guitarra con la que llevo cuatro años tocando, de Paracho, Michoacán, construida por un laudero que se llama Arnulfo Rubio. Hecha a mano o algo así. Me la gané en un concurso de Taxco, Guerrero en el 2002. Fue parte del premio, y con esa guitarra toco desde ese momento hasta la fecha.
–¿Por qué ésta y no la griega que ganaste en Cuba [Primer Premio en el XII Concurso Internacional de Guitarra "Leo Brouwer" en la Habana, 2004] y que cuesta 5 mil euros? –Ambas guitarras son muy buenas, pero ésta como ya hace un par de años que la estoy tocando, digamos que la madera ha cobrado vida… La madera se despierta con tanto tocar las cuerdas y el sonido en la caja de resonancia. La madera cobra vida y, cómo te puedo decir, se destapa. Obviamente todas las maderas de una guitarra suenan, pero ésta como que ya ha soltado sus pecados. Se ha abierto mucho en el sonido porque la he estado tocado siempre, constantemente. Digamos que la he obligado a hablar más.
La guitarra griega que tengo me encanta, es una buena guitarra, pero todavía tengo que tocarla más para que despierte. Esa guitarra se presta para la música antigua o barroca, y esta guitarra –la de Paracho– me gusta más para la música contemporánea.
A veces pasa eso, una guitarra pega más para un tipo de música y otra con otro. No es que tenga que ser así a fuerza, pero más o menos te ayuda un poco para el estilo de la obra.
–¿Conoces al laudero michoacano que la hizo?
–Sí, me dijo que las maderas no son de altísima calidad, salvo la tapa, que es de madera canadiense. Esa sí es muy buena; la caja es Palo escrito mexicano, una madera buena para guitarras de concierto, para sonidos finos, y es buena porque le da resonancia a la guitarra, pero lo que le da el sonido realmente es la tapa, lo que está adelante. Lo de atrás es el sostén del sonido. Finalmente, son maderas buenas, pero no son de las mejores del mundo, pero a mí me ha respondido bien a mi timbre, a mi toque. Siempre estoy buscándole el sonido, buscándole timbres, sonidos y colores, y eso es lo que hace a las maderas despertar.
–¿Es como si tuviera vida?
–Claro.
–¿Y vivirá muchos años más?
–No tanto como un piano o un violín. El uso óptimo antes de que empiece a dar lata, es de 10 años. No es mucho tiempo, realmente, quizá 15... Luego se va cansando un poco, a diferencia del violín, que entre más años de antigüedad tenga es mejor. Hay violines que son de hace 200 años y suenan increíble. El piano más o menos es así. La guitarra no tiene tan largo lapso de vida.
–¿Cómo definirías tu timbre? ¿Tu toque?
–Un estilo de tocar con muchos colores. Me gusta mucho explotar eso en la música, que la música hable, cuente una historia, un cuento, una pequeña peliculita o algo así. Que te diga algo, y me gusta tocar siempre desde un punto de vista muy orquestal. Eso es fundamental en la manera de tocar de cualquier persona. Eso mismo te lleva a hacer diferentes timbres, colores: metálico, dulce, muy metálico, muy dulce… y eso te permite escuchar de una guitarra los violines, la flauta, la trompeta, el corno… inclusive percusiones.
–¿Aunque no necesariamente lo marque así el compositor en la partitura, verdad?
–Algunos. Ginastera, por ejemplo, te especifica en la partitura en qué lugar de la guitarra pegar si se trata de una percusión grave o aguda…. También puedes escuchar en la guitarra flautas, el cantar de una voz humana. Hacer cantar la línea melódica... Tocar la guitarra, pero que no suene tanto a guitarra es lo que me gusta hacer a mí.
–Eso suena sumamente complicado, ¿no?
–Es lo más difícil de lograr en cualquier instrumento, que suene una línea de canto, pero en sacarle todo el jugo al instrumento, está la clave. Ahí tengo todavía mucho camino por delante.
–Hablas de que te interesa contar una historia al tocar, pero dudo que sea esa la intención de los compositores de música para guitarra.
–A veces sí y a veces no. A Leo Brouwer, el gran compositor y autor de varios libros, al que respeto muchísimo una vez le preguntaron qué siente cuando va a un concierto de un guitarrista y escucha como un oyente más que toquen una obra suya y cómo la califica. El respondió que desde el momento en que el intérprete toca una obra suya en el escenario, desde la primera nota, ya es parte de él. “En ese momento mi obra le pertenece a él”. Eso dijo, y se me hace interesante, pues también tienes que tomar como intérprete las bases de la obra, su lenguaje y ya de ahí si tienes tus ideas y todo eso, se las pones y la haces crecer. Puedes ponerle de tu parte a la obra y hacerla tuya si partes de un buen fundamento, no a lo loco.
–Por eso se magnifica el genio del intérprete y se le rinden tantos honores.
–Sí, muchas veces explotas algunas partes de la obra que ni el compositor había previsto.
–¿Y en música existe –como en el lenguaje escrito– algo así como un texto que se puede leer entre líneas? Es decir, que no está precisamente señalado en la partitura.
–Pasa bastante, depende de qué compositor. Por ejemplo Bach o John Dowland son compositores que no te permiten explayarte metiéndole de tu cosecha, y eso no quiere decir que sean ellos mejores que nosotros, pero en cambio hay compositores que sí se prestan a hacerlo. A Bach se le debe tocar como dice la partitura, aunque se le puede ornamentar, ponerle trinos y hacer más elegante la obra, pero compositores como él llegas hasta cierto límite, pero en compositores como… es que yo realmente pienso que hay que tocar la música como está escrita, pero hay compositores como Roland Dyens o un poquito como Villalobos, músicos clásicos académicos relacionados con la música popular, con quienes tienes libertad de juguetear un poco, hasta con la música de Leo Brower, inclusive. Hay que conocer las reglas para luego romperlas.
La originalidad no está en poner cosas que no están escritas, sino tocar religiosamente lo que está en el papel pero con tu idea musical. Eso es muy bueno.
–¿Cuál es tu idea musical?
–Depende del carácter de la obra. Si es agresivo, romántico o poético… pero me gusta abordar la música desde un lado poético y reflexivo. Sentirlo yo primero y que el público sienta una reflexión, una poesía, unos paisajes.
–Por todo lo que dices, el público es realmente importante para ti.
–Sí, siempre trato de que el público entienda la música. Si el que está tocando no sabe lo que toca, pues lo que capta el público va a ser muy vago. A mí me interesa que el público la pueda entender no en el sentido técnico, sino que pueda captar algo. Que se vaya con algo del concierto.
–Hacer sentir una emoción, digamos.
–Exacto.
–Uno tiene que estar en lo suyo, pero al fin de cuentas el artista trabaja para el público. Sin público no hay concierto.
–¿Quiénes son tus maestros más importantes en el Mozarteum? ¿Cómo son?
–Mis dos principales maestros de guitarra son Eliot Fisk y Ricardo Gallén. Como Fisk es muy famoso y se la pasa grabando discos, además de que da clase en dos escuelas (Boston y Salzburgo), y la mayor parte del tiempo vive en Boston, viaja una vez al mes a Salzburgo, y se queda de 7 a 8 días. Las clases son todos los días y me tocan tres clases durante esa semana de un poco más de una hora cada una. De ahí lo vuelves a ver hasta el siguiente mes. El tiempo que te queda es para asimilar esa información y aplicarlo a lo que estás tocando para ir subiendo el nivel.
Ricardo Gallén hace lo mismo. Vive entre España y Salzburgo, igual va al Mozarteum una vez al mes. Cuando se va Eliot se queda Ricardo Gallén. Me toca tomar un par de clases con él y hace lo mismo. Es responsabilidad de uno madurar la información que te da y adaptarla a las obras que estés tocando.
Justo a través de Fisk y Gallén quise ver a Perera al empezar a investigar un poco sobre lo que vive ahora y lo que, me imagino, le depara el futuro. De paso, en Internet, vi el paisaje de Salzburgo y la casa del Mozart niño, donde Cecilio suele ir a dar la vuelta cada vez que siente el llamado del genio... Mozart, por cierto, no está contemplado en el programa de esta noche, pero no descartamos que por ahí se cuele entre Heitor Villalobos, Alberto Ginastera, Leo Brouwer, John Dowland y Francisco Tárrega… A quienes Cecilio Perera y su guitarra "libre de todo pecado" reviven en su CD con título que alude a los Reyes Magos: Epifanía (INJUVY, 2006 a la venta esta noche).
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