Las
cuatro décadas transcurridas desde el 2 de octubre de 1968 hasta hoy,
suscitan reflexiones, recuerdos y análisis que seguirán llenando
páginas. Pero surge una reflexión inmediata para quienes teníamos entre
22 y 23: ya cumplimos 63 años.
Si el del 68 fue un movimiento que hizo de su juventud una bandera y
pidió desconfiar de cualquiera mayor de 30 años, y quienes lo
analizamos ya portamos credencial del INAPAM, ¿tenemos derecho a
dirigirnos a los jóvenes de hoy para definirles una historia
polifácetica? Creo que no.
Podemos y debemos recordarla, sí, pero conscientes de las deformaciones
a que obliga la memoria. Y, sobre todo, con pudor, abiertos a las
varias voces propias, además de las ajenas.
Por ese pudor, debemos abandonar el tono magisterial ante los jóvenes
de hoy, y dejar de imponerles aquéllos como Los Años, con mayúscula.
Como si nosotros hubiéramos sido capaces de cambiar el mundo y acometer
hazañas que ellos, en un mundo en crisis, son incapaces de acometer.
En el 68, yo fui de los de a pie. De los que no militaban en ningún
partido ni estaban en ninguna cúpula. Marché en la Manifestación del
Silencio entre la masa a la que pertenecía, y vi, como muchos otros,
abrirse las puertas de Palacio para dejar salir no sabía si tanques o
granaderos. Y fui de los que ahí corrieron. Fui de los que volantearon,
trataron de convencer a los usuarios de los camiones y colgaron posters
del Che y Bob Dylan en sus paredes. Pero yo ni siquiera estuve en
México el 2 de octubre.
Soy de los que tuvieron miedo pero ningún heroísmo. De los que sólo una
cosa tenían bien clara: marchábamos por hartazgo ante el autoritarismo
dominante.
Una de las discusiones recurrentes se centra en si el 68 mexicano
derivó del francés. Al menos en mi caso, algo tuvo que ver, aunque se
conocieran poco sus postulados. Entonces no sabía yo, por ejemplo, que
el Mayo en Nanterre se había iniciado porque los estudiantes pedían
dormitorios mixtos. Sin embargo, una tontería como ésa, que chocó
contra el autoritarismo de los mentores, ya conllevaba el germen de una
revolución sexual que sí era la mía.
También se oyó aquí una de las consignas más sonadas, reflexionadas y
gritadas allá, hasta la ronquera y tal vez hasta la pérdida de su
sentido original: “¡Prohibido prohibir!”
Hoy
se evoca esa consigna lo mismo para denostar aquellos años que para
demostrar su ingenuidad, o para disparar nostalgias. Pero precisamente
lo que habitaba en ella era nuestro hartazgo ante un autoritarismo que,
en México, se llamaba (se sigue llamando) priísmo, y que el 2 de
octubre demostró hasta dónde era capaz de llegar para probar quién
mandaba a quién.
Hoy que los prohibicionismos parecen ser la tónica ascendente, vale la pena recordar aunque sea sólo eso.
Veinteañeros, ingenua o irresponsablemente, gritamos “¡Prohibido
prohibir!” Hoy. adultos mayores, en medio del miedo a la nueva
industria del secuestro y al narcoterrorismo desatado, vemos cómo la
prohibición de la droga es el aliado máximo del narcotráfico y sus
industrias delictivas subyacentes. La prohibición genera chorros de un
dinero capaz de corromper cualquier conciencia.
En vez de caer en una infinidad de falsos problemas, tal vez valdría la
pena traducir aquella consigna en esta contemporánea: “¡Despenalización
de la droga!”
No para promover adicciones (yo fui víctima y hoy no bebo alcohol,
droga legal, ni fumo). Tampoco para impedirlas. Sólo para trasladar el
problema del ámbito penal al de las conciencias adultas (como el
alcohol y el tabaco) y, sobre todo, para tres objetivos que hoy parecen
utópicos:
Primero, controlar la mínima calidad de lo que se vende a los adictos, y evitar su envenenamientos cotidiano.
Segundo, bajar los precios, para quitar la inmensa fuerza económica de los narcotraficantes.
Tercero, evitar que cada vez sea menor la edad de quienes resultan “enganchados”.
Sí.
Demostrar que la prohibición es la mejor aliada de los narcotraficantes
y nos mete a una guerra sórdida y perdida de antemano, va más por los
cauces de aquel 68 que cualquier nostalgia nuestra de adultos mayores.
Publicado en Reforma, Sección Cultura, el 26 de septiembre del 2008. panicoes@hotmail.com
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