 I
Coatzacoalcos, Ver. 3 de octubre de 2007. Tener conciencia del origen y del transcurso de lo que nos ha conformado en la actualidad, de la materia de que estamos hechos, es una cualidad casi exótica en los tiempos deshumanizados que corren en la sociedad occidentalizada, tan preocupada por el poder adquisitivo y por el interminable enviciamiento del consumo y la apariencia, que corre al parejo de las imposiciones mercadológicas y del poder a secas –“haiga sido como haiga sido”, frase que bien sostiene lo anterior y que sigue retumbando dolorosamente en mis tímpanos.
¿Quiénes y de dónde somos? Es una de las preguntas recurrentes, repetidas por todas las generaciones y en todas las lenguas, porque esta humanidad frágil y perentoria no ha sabido hallarle respuesta –haciendo un trío interrogador junto con el ¿hacia dónde voy?– pues no existe una forma de contestarla que sea definitiva y universal.
Empero, sin ganas de realizar generalizaciones bastas y bastardas, quizá podríamos usar la dualidad de criterios para responder o siquiera para plantearse estas preguntas y dividir tajantemente en dos a la sociedad. Ahí están los que no se cuestionan a sí mismos, los que no tienen ganas de recordar, de indagar su procedencia, de mantener su herencia, sino que se baten apresurados hacia un futuro siempre cercano, casi realizado, en el que existen palabras como “progreso”, “evolución”, “mejoras”, “enriquecimiento”. Y cuya forma de concebir y reaccionar ante la existencia responde, precisamente, con esta urgencia por poseer, por adaptarse a los valores “universales” –es decir, los que vemos en televisión, las revistas y el cine, sin pensar siquiera que esas son simples escenografías que intentan uniformarnos a ciertos patrones de consumo y desmemoria, despojarnos de la raíz y la memoria colectiva, de la oralidad comunitaria para “mejorar” individualmente.
Los otros, a cambio, los preocupados por el origen y por no extraviar el hilo conductor de la herencia, de la costumbre; parecieran atrasados, reticentes a avanzar, condenados al fracaso histórico y sin cabida en el mundo global.
Toda esta palabrería me permite hablar, por tanto, de un portento cultural que presencié en Coatzacoalcos y de su contraparte, un espectáculo generado desde el poder estatal y el centralismo para entretenimiento masivo. Me refiero al Guardarraya y al Jarocho.
II
Uno escucha a Félix José Liche Oseguera Rueda y se sorprende. El guitarrista de son y compositor suelta, como si tan sencillo fuera, en complicadas combinaciones de palabras, una descripción somera de la música que busca hacer sonar. Es un son árabe-ibero-afro-istmeño-andaluz, dice. Y en verdad nos deja atónitos porque una cosa es oír insistentemente desde la educación primaria la palabra mestizaje como parte del país que formamos y otra, muy distinta, es escuchar directamente el resultado de tanta combinación de pueblos, de razas, de costumbres, de idiomas, que conforman esta nación.
Nada raro proviniendo de un músico y de su hermana, la bailadora y promotora cultural Rubí del Carmen, por cuyas venas familiares corren dos afluentes de tierras distintas: la de Los Tuxtlas y la de Chihuitán. Los dos extremos del Istmo de Tehuantepec. La parte veracruzana y la parte oaxaqueña. O como gustan nombrarlo en Coatzacoalcos: los tecos y los jarochos y/o porteños.
Asunto comprensible, además, proviniendo de un puerto. Si el sitio de la Vera Cruz fundado por Hernando Cortez y sus huestes se consolidó, durante muchos siglos como la puerta de América –en verdad todo viajante salía generalmente de Cádiz y llegaba ahí vía Cuba, para luego enfilarse continente adentro–, no menos puede decirse de Coatzacoalcos, la ciudad cuyo esplendor debido a la industria petrolera atrajo a una amplia población, especialmente a muchos de los habitantes de la ruta transítsmica.
Así que de esa dualidad fundamental –el padre veracruzano y la madre oaxaqueña– , se pueden venir en cascada los múltiples orígenes ya no familiares, sino regionales. Y tiene una de sus manifestaciones más claras y tangibles en la música. Ahí podemos hallar los rasgos, los aromas de la historia. Desentrañar las capas y las lajas que conforman, por ejemplo, un son jarocho –en el que metieron mano los españoles barrocos, los árabes ibéricos y los negros esclavizados, por nombrar sus tres raíces más fuertes, e incluso ciertas influencias nahuas y de otros habitantes originarios– y hallar en esa masa sonora pedazos de historia, trozos de los ancestros e incluso la condena a decidirse por vivir el futuro de cierta manera.
Los pobladores de Coatzacoalcos han querido hallar en sus costas el sitio del cual Quetzalcóatl abandonó los dominios toltecas y la cultura del altiplano para internarse en el mar, tras su embriaguez de pulque y sus relaciones carnales incestuosas provocadas por Tezcatlipoca. Mito o no, en verdad esta ciudad alargada, sinuosa, siempre herida de sol, alberga en sus habitantes una verdadera molienda de razas y culturas, de sonidos, olores, sabores y acentos –Liche comenta con verdadero entusiasmo que el mejor arroz frito que ha probado en su vida se encuentra en un restaurante de chinos en Coatza, incluso después de haber visitado, gracias a una gira musical, aquel país asiático, el más grande y poblado del planeta.
Pero claro, siempre visiblemente divididos en los dos principales grupos. El amor y odio que se profesan veracruzanos y oaxaqueños, es origen de no pocas disputas en ésta, la entrada atlántica al Istmo de Tehuantepec. Ahí puede escucharse el minatitleco, es decir, una de las tantas variantes dialectales del zapoteco cuando los oaxacos no quieren que los veracruces les entiendan.
En torno a la casa de Liche puede establecerse un verdadero mapa de la diversidad cultural en unas cuantas calles. Algún trompetista de una banda juchiteca por un lado, un flautista también mixteco en otro, soneros jarochos, viejos narradores con historias extraordinarias por la cabeza.
Esa vecindad tan variada fue base originaria de Guardarraya, proyecto cultural transístmico que los hermanos Oseguera Rueda montaron con músicos y bailadores de muy diversas estirpes y procedencias, y que logró presentarse –pese a toda adversidad y con la impetuosa voluntad de un gran equipo de trabajo–, el viernes primero de junio del 2007, como una de las actividades principales, aunque no suficientemente difundidas, del tercer Festival del Mar que organiza el ayuntamiento de Coatzacoalcos.
Bastaba mirar el escenario lleno de bailadores percutiendo una “Bamba” colectiva con zapateos y bailes de cinco regiones de Oaxaca y Veracruz, para entender su identidad múltiple y compleja. Sentir, escuchar y mirar las percusiones de raíz africana –cualquier Griot senegalés o maliense, desentraña muchos de esos zapateos como los antiguos ritmos sagrados para diversas ceremonias– en los pies de Adela Cazarín, América Ramos, Rubí Oseguera, Zuanny Domínguez Alfonso, Gemalí Padua, Jenny González, Krystel Patraca, Patricia Acevedo Bravo, Katia Domínguez y María José Oseguera Galván; junto con Marciano Torralba Cárdenas, Paulino Domínguez Alfonso y Ricardo Cárdenas.
Para saber cómo la trompeta de la banda oaxaqueña puede hacer mover a las mojigangas, y cómo el son jarocho puede variar de Los Tuxtlas al llano de Rodríguez Clara, o de la sierra de Soteapan al pueblo de Chacalapa, y claro, en una ciudad como Coatzacoalcos, basta atender las distintas texturas sonoras e interpretativas con que reinterpretan el cancionero del son jarocho grupos como Los Baxin, Son de Donde Brama la Leona con don Delio Morales Vidal, Los Seguidores del Son, Relicario y Son Gubidxa.
Todo ello tejido mediante un guión, escrito por Álvaro de Jesús Alcántara López, Rubí Oseguera y Leopoldo Novoa Matallana, que mezcla las historias antiguas, la composición histórica y la actualidad, junto con las lenguas que confluyen en el puerto istmeño, al lado de pregones, narraciones, sones y canciones: atender la sonoridad del náhuatl en voz de Juan Hernández, del populuca con Lucio Cayetano Márquez, el acento costeño con Delfino Franyutti y Domingo de Jesús Walestrand Peña, el libanés en voz de Lila Elías Zellet y el zapoteco en boca de Silvia Ortiz Regalado y Delfino Marcial Cerqueda.
Pero ya me extendí en el asunto. Lo importante era dejar claro que los hermanos Rubí y Liche conocen sus raíces –aunque de tan complejas y mixturadas les sea arduo enumerarlas, su tierra, sus viejos y su pasado, pero también el presente. Y eso les permite reunir detrás de una veintena de micrófonos y bajo pesadas líneas de reflectores al capital humano de profundo valor artístico del Istmo.
III
A diferencia de Jarocho –el espectáculo coreográfico patrocinado por el gobierno estatal de Miguel Alemán a través de la Universidad Veracruzana– que falsea la cultura veracruzana tradicional, Guardarraya dignifica al Veracruz profundo y a sus habitantes.
Unos cuantos datos para confirmar lo anterior. Jarocho –el show, por cierto, formó parte de la programación del primer Festival del Mar– fue dirigido por un irlandés Richard O’Neal, contratado precisamente por haber sido director asistente del espectáculo internacional Riverdance que, similar a otros productos concebidos para el gran público internacional masivo con ganas de aplaudir espectáculos con mucha y bien cuidada forma pero escasos de fondo y contenido artístico con bailarines y acróbatas haciendo ritmos musicales con el cuerpo y otros objetos –línea industrial a la que pertenecen otros entretenimientos de franquicias como Stomp, Lord of the Dance, TUYO, Ashé e incluso el Circo del sol.
Es curioso que las instituciones gubernamentales se hayan interesado por montar un espectáculo que emulara estas fórmulas comerciales cuyo principal objetivo es convertirse en un negocio mundial, similar a cualquier otra franquicia. Porque indiscutiblemente esa es labor para inversionistas privados que desean y buscan recuperar y multiplicar su inversión, no hacer arte. Sin embargo, el Estado tiene otra misión: apoyar, subsidiar e impulsar la cultura y las manifestaciones creativas de la sociedad, no hacer negocio.
(Por eso la pregunta que siempre lanzo a los festivales culturales –que, desde 1972, año de la creación del Festival Internacional Cervantino– se multiplican por todo el país: ¿Por qué contratar con dineros públicos a intérpretes y famas que de cualquier forma tienen giras y boletajes vendidos por todo el país y no los ejercicios artísticos que están fuera del ámbito de acción de lo mercantil y los promotores privados? Simple cuestión de definir qué formas y expresiones culturales promover con los presupuestos estatales).
Esto se refrenda al saber que Luis Leñero –se nos presume que fue candidato en el 2003 al New York Independent Film Festival por la música de la película Sofía– compone la música incidental para acompañar los sones jarochos tradicionales, además de coreografías de Ernesto Luna –que nos presumen como “tlacotalpeño de cepa”– del Ballet Folklórico de la Universidad Veracruzana, la bailarina de flamenco canaria María Juncal y la coreógrafa de danza contemporánea Cecilia Lugo –fundadora de Contempodanza–, entre otros creadores de reconocida trayectoria.
Sin embargo, el hecho de mirar a unos irlandeses perfectamente sincronizados zapatear espectacularmente no significa que el son jarocho pueda usar las mismas fórmulas. Tan extraviados están, que invitan a una bailarina de flamenco –Juncal– como una de las primeras figuras del espectáculo, ignorando que el zapateado jarocho proviene del fandango –con los brazos junto al cuerpo y no libres ni haciendo figuras como en el flamenco–, un baile español barroco del inicios siglo XVIII. Es decir que la tradición del zapateo veracruzano sobre una tarima es, cuando menos, un siglo más antigua que la que se ejerce sobre el tablao andaluz.
(Recordemos una anécdota. Cuando la prima ballerina rusa Anna Pavlova bailó por primera vez en México, en 1919, mezcló en sus rutinas solistas algunos números mexicanos como una cortesía para el público nacional: ataviada con chaquiras tricolores en su ropa de china poblana –al lado del primer bailarín ruso, Alexandre Volinine, portando un traje de charro con sombrero de ala ancha y zarape veteado–, bailó un jarabe tapatío sobre las puntas, empatando el zapateado del son nacional con la alta técnica del ballet. Esa noche se inauguró el ballet folklórico mexicano, que reconoce como única técnica válida para bailar la de la tradición francesa surgida de las danzas de la corte de los luises y desconoce que el zapateado tradicional constituya otra técnica en sí misma, ibérica y africana, igualmente válida y casi igual de antigua).
Otro error del mismo tipo es insertar con calzador el cuadro de una Noche cubana con la errónea y malinchista idea que el son jarocho es hijo del cubano. Nada más lejano. La influencia negra en la música mexicana e incluso en las danzas y bailes que exportamos a Europa como las xácaras, la zarabanda, la chacona o los cumbées –lo demuestran historiadores y musicólogos–, proviene de una influencia directa de África. Lo comprueba, por ejemplo, el hecho de que fue hasta 1928 cuando el primer conjunto de son cubano llegó a Veracruz –el Son Cuba de Marianao. Así pues, la música mexicana y la cubana, han mantenido desarrollos paralelos y no necesariamente una proviene de la otra.
Pero Jarocho se jacta de que intenta: “recuperar la memoria de lo que verdaderamente es la forma de zapateo, de la narrativa y de la música”.
A pesar de todo, ningún dinero y menos ninguna emulación gratuita del éxito de un espectáculo extranjero pueden sustituir a las raíces, la memoria y la esencia. Y para ello basta saber que Rubí Oseguera ha dedicado una parte significativa de su labor a la investigación de los distintos estilos tradicionales del zapateo en la región –que, en verdad, mantienen con muy pocos cambios tres siglos de historia– y que de esa labor ha podido invitar a un grupo de bailadores y bailadoras más representativos del son jarocho del sur de Veracruz. O que Liche Oseguera, tanto en Chuchumbé como ahora en Relicario, se muestra preocupado por recolectar el intangible patrimonio sonoro de la región –basta, para comprobarlo, conseguir las dos compilaciones discográficas que hizo, tituladas Donde brama la leona– aprendiendo con paciencia, calladamente, las formas interpretativas de los viejos guitarristas de son y de los leoneros –ejecutantes de ese bajo jarocho de cuatricorde escarbado en un gran trozo de madera. Y es que Jarocho con su derroche y su pretenciosa imitación del éxito irlandés carece de toda la esencia y las raíces que Guardarraya sí posee.
La diferencia es enorme. Pero la mayoría prefiere dejarse llevar por la publicidad, por el relumbrón de lo extranjero –siempre mejor, se nos insiste machaconamente, que lo Made in México– y por el derroche. Prefiere no interrogarse, no cuestionarse, no enfrentarse consigo mismo ni con su origen, su entorno, su raíz...
Pero otros sí lo hacen. Resisten desde su origen, encarados a la realidad, y el resultado es encomiable. Conmueve y emociona, nos reconcilia con la música mexicana, con el son. Guardarraya permanece ahí, dignamente, como un espectáculo profundamente jarocho, verdaderamente veracruzano.
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